miércoles, 2 de marzo de 2011

Andorra, Max Frisch por Ferran Benito


Max Frisch es uno de los más notables dramaturgos de todo el siglo XX, y sin embargo es prácticamente un total desconocido para los lectores hispanohablantes. Es verdad que Frisch, de quien este año se celebra por cierto el centenario, ha alcanzado alguna nombradía con sus dos principales novelas, Homo Faber y No soy Stiller, que han gozado de alguna atención entre nosotros; pero su faceta teatral ha pasado lamentablemente mucho más inadvertida, y apenas algunas ediciones, descatalogadas en su mayor parte, dan testimonio de sus grandes dotes en este campo. Buen ejemplo de ellas es Andorra, pieza que marca un momento clave dentro de su heterogénea producción dramática.

La Andorra de esta obra es un pequeño país ficticio, sin ninguna relación con el principado pirenaico del mismo nombre, y bajo cuya superficie adivinamos fácilmente la Suiza natal de Frisch, aunque este se esforzara en subrayar que se trataba de hecho de un arquetipo sin ningún referente extraliterario concreto. Sea como fuese, lo fundamental es que esta Andorra le servirá a Frisch como marco para plantear una situación que articule los dos principales ejes temáticos de toda su obra: por un lado, la cuestión del problema identitario, y, por el otro, la crítica social, entroncada con el desvelamiento de los mecanismos de hipocresía y de cinismo que rigen la sociedad humana, y que el autor siempre censuró especialmente a sus compatriotas. Los mismos temas habían sido ya planteados por Frisch en un pequeño cuento radiofónico en el año 1949, «El judío andorrano», donde esbozaba ya la historia de la presente pieza, y donde trataba parabólicamente los recientes y trágicos sucesos de la Segunda Guerra Mundial.

Andorra fue escrita en 1961, pero no hay cambios significativos respecto a aquel breve cuento. Los andorranos son gente pacífica, que se dedican, como cada año, a pintar de blanco sus casas para la festividad de San Jorge. De blanco, porque así son, nos lo repiten sin cesar todos ellos, los andorranos: buenas personas, puros, humildes, valientes, y orgullosos por todo ello de su patria. Nada que ver con el país vecino, el llamado país de los Negros, el reino del terror, la tiranía y la crueldad. Los andorranos viven con el temor de la siempre amenazante invasión de aquellos, que, como todo el mundo sabe, tienen envidia de su bondad y de su humilde nobleza. Por ello se aplican en blanquear, con el mayor esmero, sus casas, intentando olvidar sus preocupaciones al tiempo que se distinguen de los Negros.

Entre los andorranos vive un judío. Se trata de un joven de 20 años, Andri, que el Maestro del pueblo salvó del país de los Negros unos años atrás, convirtiéndose así en el héroe del lugar. Todos aprecian al judío, claro, puesto que ningún andorrano es racista, aunque tampoco nadie olvida que es judío, y achacan a este hecho algunas de las manías o pequeños defectos de Andri. Todo el mundo tiene presente que es judío, sí, salvo la joven Barblin, la hija del Maestro, cuyo profundo amor hacia Andri le permite desdeñar las diferencias que lo separan aparentemente de los demás.

El problema, pronto lo sabemos, es que Andri no es verdaderamente judío, sino el hijo real que el Maestro tuvo con una mujer del país de los Negros. No obstante, nadie conoce la verdad, ni tan solo el propio Andri, y cuando el Maestro, corroído por la culpa, lo de a conocer, nadie querrá escucharle. Todos aceptan al judío, pero este no puede ser otra cosa que judío, y por lo tanto, el portador de la serie de virtudes y defectos que cualquier judío posee: el amor al dinero, el orgullo, la inteligencia, la cobardía y la lascivia. Que el joven Andri carezca de todo ello, no importa; nadie va a querer verlo. Que Andri quiera ser carpintero, tampoco no es relevante: el destino de todo judío es ser mercader, no carpintero; y si acaso Andri hace alguna silla bien ensamblada, tiene forzosamente que ser una casualidad.


Andri, sin embargo, no quiere otra cosa que dejar de ser diferente, pasar a ser un andorrano más. De hecho, no es capaz de ver las grandes diferencias que todos parecen advertir entre él y los otros andorranos. Pero su empeño de ser igual a los demás está destinado al fracaso, porque cada día debe oír constantemente la palabra maldita, ese “judío” que le acompaña como una nube y que tiñe todas sus acciones de gris; «basta una mirada suya para transformarse en lo que ellos dicen», sentenciará Andri, desolado. Y cuando pida al Maestro la mano de Barblin (que es en realidad su hermana, sin él saberlo) y este se la niegue, pensará, sin querer escuchar las excusas de su padre, que el motivo es que él es judío.

El Cura, por su parte, le amonestará cariñosamente, con sus mejores intenciones: «¿Por qué te obstinas en ser como todos los demás? Eres mucho más inteligente que ellos, créeme, mucho más despierto. ¿Por qué no admitirlo? Hay en ti… una chispa. […] Eres capaz de pensar. ¿Es qué no pueden existir criaturas con más cerebro que corazón? Si yo os admiro es precisamente por eso». A lo que añadirá: «Te he dicho, Andri, como cristiano te he dicho que te quiero… pero me veo obligado a constatar que todos tenéis el mismo defecto. Cada cosa que en esta vida os sucede, la relacionáis inmediatamente con el hecho de ser judíos».

El cuadro sexto supone finalmente un punto de inflexión en la obra. Después de oír innombrables veces lo que debe ser todo judío, después de haber oído, acompañando siempre su nombre, un plural que incluye todos los judíos del mundo, Andri acaba por convertirse en lo que los otros esperan de él. Y como el odio engendra odio, nacerá en su pecho un profundo rencor hacia todos los andorranos y su pequeño país, una intensa codicia, una astucia mezquina. Lo irónico del caso es que, dado que los defectos que los andorranos atribuían a Andri eran en realidad los suyos propios, cuando este se convierta en lo que todos dicen que debe ser un judío, pasará a ser, como nunca lo había sido antes, un andorrano más, en el sentido más estricto.

A partir de aquí, los hechos se precipitarán en un torbellino sangriento. Por lo pronto aparecerá en escena un nuevo personaje, la Señora, proveniente del país de los Negros y auténtica madre de Andri. El Cura, informado de la verdad por el Maestro, intentará explicar a Andri que él no es judío, pero él ya no querrá saberlo: «Desde que tengo uso de razón, se me ha dicho siempre que era distinto de los otros y he pasado mi vida tratando de comprender si era así, como me decían. Y sí, Padre; así es: soy distinto. […] Usted, Padre, me ha dicho que era necesario aceptar todo esto y lo he aceptado. Ahora les toca a ustedes, Padre. Les toca aceptar a este judío». La charla quedará sin embargo interrumpida por la noticia de la muerte de la Señora, apedreada por alguien en una callejuela. Poco después entrará en el país, a la postre, el ejército de los Negros, el perfecto mecanismo burocrático del horror. Para tranquilidad de los andorranos, no obstante, lo único que los Negros quieren es acabar con los judíos, tras lo cual les devolverán su tan querida libertad. La tragedia culminará así en una gran farsa en la que un examinador especialista en judíos, un funcionario-observador ideal y disciplinado como una máquina, adivinará en Andri (tras tres o cuatro intentos, eso sí) al judío, provocando el fatal desenlace. Al fin, el sombrío poste que desde el principio de la obra había marcado con su muda presencia el curso de los acontecimientos adquiere todo su significado. Solo el suicidio del Maestro, la pérdida de cordura de Barblin, restarán como las únicas huellas que hablen todavía en este pueblo de la atroz crueldad de la que ha sido escenario, y de la que los andorranos, posiblemente, ya hayan comenzado a olvidarse.

Andorra es una pieza escrita y construida con admirable destreza. En su forma se nos muestra deudora del teatro épico de Brecht, aunque solo hasta cierto punto. Frisch, a diferencia de Brecht, no buscaba una transformación política, sino social, y por ello no renuncia al recurso a la empatía del que tan bien sabe valerse en la obra que nos ocupa. A pesar de ello, no renuncia tampoco Frisch a los efectos de distanciamiento con los que Brecht había revolucionado el teatro, y no es extraño por tanto que entre cuadro y cuadro haga el autor desfilar por el proscenio los distintos personajes de la pieza, que nos desvelarán a priori, antes de verlos en las tablas, los acontecimientos que marcarán su argumento.

Uno por uno, pues, los habitantes de Andorra irán apareciendo en el proscenio, donde, declarando ante el tribunal de su propia consciencia, confirmarán su participación en la gran farsa del judío sin reconocer sin embargo su propia culpabilidad. Prácticamente todos ellos comenzarán su confesión con un «Lo admito», en el que solo reconocerán faltas relativamente pequeñas, y todos se apresurarán en añadir que todo lo demás no fue por su culpa, a limpiarse las manos delante de la tragedia y a achacar, en definitiva, la responsabilidad al propio Andri. Solamente el Cura, uno de los pocos personajes que despierta en el lector alguna simpatía, es capaz de entonar sinceramente el Mea culpa: «Yo también fui culpable entonces». También es él quien nos dará la clave moral de la obra: «No formarás imagen del Señor, tu Dios, ni del hombre, criatura suya», tras lo cual agregará: «Yo también formé una imagen de él, yo también le encadené, yo también le he atado al poste».

De entre todos los andorranos que adquieren un papel activo en la tragedia, únicamente uno, dejando al margen a Andri y a Barblin, no saldrá al proscenio para su confesión. Se trata del Maestro. A diferencia de sus dos hijos, el Maestro no es designado con un nombre propio, por lo que debemos entender que en el fondo es un andorrano más; sin embargo, vemos en su gran amor hacia su hijo un reducto de humanidad en este pueblo donde la hipocresía ha cubierto la faz de todos los ciudadanos. De hecho, él desea dar a conocer a sus compatriotas la verdadera identidad de Andri, arrancarle el estigma que él mismo, tiempo atrás, le había colgado. Pero cuando finalmente lo hace, es ya demasiado tarde. El pueblo entero se ha recreado en la mentira que él mismo tejió años atrás, cuando hizo pasar a su propio hijo, hijo también de una ciudadana del país de los Negros, por un niño judío, ganándose el respeto de todos los andorranos. ¿Por qué no haber confesado la verdad cuando la gente empezó a despreciar a Andri? Por temor: temor a perder el respeto de sus compatriotas, de ser él mismo objeto de desprecio por haber amado a una mujer del país de los Negros. Así nos lo atestiguan las amargas palabras que la Señora, auténtica madre de Andri, dirigirá a su hijo: «Éramos jóvenes como tú, sabíamos que todo lo que nos habían enseñado era un crimen. Despreciábamos nuestro mundo, habíamos adivinado cómo era y queríamos un mundo distinto. No queríamos tener miedo de la gente, de nada en la vida. Anhelábamos escapar de todo aquello… Y escapamos. Pero pronto nos dimos cuenta de que no hacíamos más que escondernos, los unos a los otros, nuestro miedo. Entonces, comenzamos a odiarnos. Nuestro mundo distinto no duró mucho tiempo». En cuanto al Maestro, hombre miserable e infeliz cuyos ideales han quedado tristemente derrumbados, podemos añadir todavía que es, de entre todos los andorranos, el único que reconoce desde el primer momento su culpa y en cuya consciencia adivinamos el grito de dolor de la justicia acallada. Su suicidio, al final de la obra, pone el sello a la tragedia de Andorra.

Es fácil imaginar, como ya hemos dicho, que la pieza Andorra constituía un duro ataque contra esa Suiza que se había mantenido neutral durante la Segunda Guerra Mundial. Podemos sin dificultad creer que estamos escuchando la voz de Suiza cuando oímos al Médico decir: «No niego en absoluto que todos hemos, por decirlo así, sucumbido al peso del momento histórico. No debemos olvidar que era una época muy agitada…». Esta es una solución muy cómoda. No obstante, repetimos, Frisch remarcó en el comienzo de la obra que el ficticio país que en ella se recreaba era en verdad un arquetipo. Hacia el final de la obra, Andri dirá todavía, recordando las palabras de la Señora, «que los otros países no son ni mejores ni peores que Andorra». Andorra es la consciencia pequeñoburgués, que se limpia las manos ante las desgracias que ocurren a su alrededor y que se afana mientras tanto en blanquear sus casas. La consciencia de quien critica al país vecino, pero no ve la paja en su propio ojo. La consciencia, en definitiva, de quien ha visto y despreciado el horror, pero cree que para seguir viviendo es preciso olvidar esas cosas. Llegados a este punto, quizá cabría preguntarse si, en el fondo, no somos todos un poco andorranos.

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