jueves, 2 de septiembre de 2010

El holocausto gitano: ayer y hoy por José Steinsleger


La Jornada
En 1496: auge del pensamiento humanista. Los pueblos rom (gitanos) de Alemania, son declarados traidores a los países cristianos, espías a sueldo de los turcos, portadores de la peste, brujos, bandidos y secuestradores de niños.
1710: siglo de las luces y de la razón. Un edicto ordena que los gitanos adultos de Praga sean ahorcados sin juicio. Los jóvenes y las mujeres son mutilados. En Bohemia, se les corta la oreja izquierda. En Moravia, la oreja derecha.

1899: clímax de la modernidad y el progreso. La policía de Baviera crea la Sección Especial de asuntos gitanos. En 1929, la sección fue elevada a la categoría de Central Nacional, y trasladada a Munich. En 1937, se instala en Berlín. Cuatro años después, medio millón de gitanos mueren en los campos de concentración de Europa central y del Este.

2010: fin de los metarrelatos y de las ideologías (sic). En Italia, (donde nació la razón de Estado), y Francia (sede mundial del cotorreo intelectual), los gabinetes en pleno de ambos gobiernos (con fuerte apoyo popular, o sea, democráticos), fichan y deportan a miles de gitanos a Bulgaria y Rumania.

La tragedia de los rom empezó en los Balcanes. ¿Qué drama europeo no empezó en los Balcanes? A mediados del siglo XV, el príncipe Vlad Dracul (o Demonio, uno de los héroes nacionales en la resistencia contra los turcos), regresó de una batalla librada en Bulgaria con 12.000 esclavos gitanos. Por cierto… ¿no era gitano el misterioso cochero del conde Drácula?

El doctor Hans Globke, uno de los redactores de las leyes de Nuremberg sobre la clasificación de la población alemana (1935), declaró: los gitanos son de sangre extranjera. ¿Extranjeros de dónde? Sin poder negar que científicamente eran de origen ario, el profesor Hans F. Guenther los clasificó en una categoría aparte: Rassengemische (mezcla indeterminada).

En su tesis de doctorado Eva Justin (asistente del doctor Robert Ritter, de la sección de investigaciones raciales del Ministerio de Salud alemán), afirmaba que la sangre gitana era sobremanera peligrosa para la pureza de la raza alemana. Y un tal doctor Portschy envió un memorándum a Hitler sugiriéndole que se los sometiera a trabajos forzados y a esterilización en masa, porque ponían en peligro la sangre pura del campesinado alemán.

Calificados de criminales inveterados, los gitanos empezaron a ser detenidos en masa, y a partir de 1938 se los internó en bloques especiales en los campos de Buchenwald, Mauthausen, Gusen, Dautmergen, Natzweiler y Flossenburg.

En un campo de su propiedad de Ravensbruck, Heinrich Himmler, jefe de la Gestapo (SS), creó un espacio para sacrificar a las mujeres gitanas que eran sometidas a experimentos médicos. Se esterilizó a 120 niñas cíngaras. En el hospital de Dusseldorf-Lierenfeld se esterilizó a gitanas casadas con no gitanos.

Millares de gitanos más fueron deportados de Bélgica, Holanda y Francia al campo polaco de Auschwitz. En sus Memorias, Robert Hoess (comandante de Auschwitz), cuenta que entre los deportados gitanos había viejos casi centenarios, mujeres embarazadas y gran número de niños.

En el gueto de Lodz (Polonia), las condiciones resultaron tan extremas, que ninguno de los 5.000 gitanos sobrevivió. Treinta mil más murieron en los campos polacos de Belzec, Treblinka, Sobibor y Maidaneck.

Durante la invasión alemana de la Unión Soviética (Ucrania, Crimea y los países bálticos) los nazis fusilaron en Simvirpol (Ucrania) a 800 hombres, mujeres y niños en la noche de Navidad de 1941. En Yugoslavia, se ejecutaba por igual a gitanos y judíos en el bosque de Jajnice. Los campesinos recuerdan todavía los gritos de los niños gitanos llevados a los lugares de ejecución.

Según consta en los archivos de los Einsatzgruppen (patrullas móviles de exterminio del ejército alemán), se habría asesinado a 300.000 gitanos en la URSS y a 28.000 en Yugoslavia. El historiador austríaco Raoul Hilberg, estima que antes de la guerra vivían en Alemania 34.000 gitanos. Se ignora el número de sobrevivientes.

En los campos de exterminio, sólo el amor de los gitanos por la música fue a veces un consuelo. En Auschwitz, hambrientos y llenos de piojos, se juntaban para tocar y alentaban a los niños a bailar. Pero también era legendario el coraje de los guerrilleros gitanos que militaban en la resistencia polaca, en la región de Nieswiez.

“También yo tenía / una gran familia / fue asesinada por la Legión Negra / hombres y mujeres fueron descuartizados / entre ellos también niños pequeños [versos del himno rom, Gelem, gelem (anduve, anduve)].

Las exigencias de asimilación, expulsión o eliminación (no necesariamente en este orden) justificarían la afición de los pueblos rom por los talismanes. Los gitanos llevan tres nombres: uno para los documentos de identidad del país donde viven; otro para la comunidad y un tercero que la madre musita durante meses al oído del recién nacido.

Ese nombre, secreto, servirá como talismán para protegerlo contra todo mal

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