martes, 2 de julio de 2013

Sociología del cuerpo


Robinson Salazar
Universidad Autónoma de Sinaloa/México
salazar.robinson@gmail.com
 

INTRODUCCIÓN 

El cierre de ciclo del Siglo XX encapsuló la certidumbre, todos los esfuerzos, avances científicos, los logros de las luchas políticas y las instituciones que el Estado fue creando para ofrecer un ambiente de seguridad y bienestar en lo posible fue abortado con el advenimiento del Siglo XXI, cuyo binomio Globalización de mercados y modelo neoliberal desarticuló todo el armazón que sostenía la certeza, sembró en la subjetividad colectiva la sensación de una levedad en grandes segmentos sociales. Las acciones improntas despacharon por la borda la construcción de sentido, los hechos significativos de la vida que fueron elementos coadyuvantes para armar el entramado de la sociedad, tales como la amistad, el amor, las solidaridades, el lazo social, la convivencia comunitaria, la familia, el cuadro axiológico en su conjunto, fueron desvaneciéndose ante la fuerza demoledora de la ideología del consumo, la individualidad, la competencia y la libertad basada en el dinero. 

No hubo campo de las emociones del cuerpo que no fueran atendidas por la ideología del poder plutocrático, que desde los centros de operaciones habilitaron los resortes y estrategias para incidir de maneras rotunda en el pensamiento, propagaron sobre la amplia capilaridad social un modelo de producir pensamiento seductor y sin complejidad, donde lo instantáneo evita construir procesos, indagar el pasado, revisar articulaciones y lógicas de encadenamiento. La síntesis es lo más importante dado que es el producto que no tiene explicación y atrae la atención de todos por los atributos que ofrece, sin embargo su vida está periodizada porque dentro de poco, en otro instante, será remplazado por otra síntesis o producto de mayor velocidad, utilidad y propiedades novedosas. La duración deja de ser un valor y se constituye en un defecto. 

Es un modelo de pensamiento que desecha, remplaza, destruye y consume con voracidad lo nuevo, no le da importancia a lo sustituido, porque el pasado no tiene significancia y el futuro es el presente prolongado de acuerdo con el horario que tenga internalizado el actor en su vida cotidiana, porque el largo plazo fue desconectado de su laboratorio de ideas y por vez primera, los modelos adelantan el calendario y lo acomodan de tal forma que hacen pensar que puedes vivir el futuro antes de que llegue. 

Torcieron la historia a su antojo, el tiempo perdió la batalla, todo es inmediato y la búsqueda del éxito abrió la competencia de manera desordenada, sin mediar preparación ni objetivos; lo importante es ganar dañando a todos y trascender sin conocer hasta dónde. 

El nuevo individuo con estas debilidades y sin soporte social, fue blanco de certeros mensajes mediáticos, vulnerable en su condición humana, punto de atracción para aplicar violencia física y simbólica y destino del miedo y terror. 

Ahora bien, en una sociedad desvertebrada y quebrantada en sus hilos asociativos, el sujeto no suma, queda expuesto a los vendavales de los enemigos y su única herramienta de lucha es su cuerpo, mediante el cual exhibe sus prendas de vestir, joyas, colores y bellezas que el mundo del consumo le brinda, pero a su vez es el muro de contención de golpes, violencia física y psicológica, destino de los mensajes del miedo y el terror, blanco de estrategias intimidatorias y núcleo receptor de todas las vejaciones que pretendan infringir sobre él. La individualidad deja en indefensión absoluta al hombre, lo aísla de todo soporte y los otros lo ven, al momento que es ultrajado, como un cuerpo que recibe castigo o merecedor de su situación infausta porque trasgredió alguna norma vigente del Estado o quebró la débil línea de la convivencia social. 

Entonces vivir en el aislamiento nos deja en situación de riesgo permanente, eres vulnerable ante los represores pero tus congéneres dudan de tu reputación al momento que eres agredido, dado que el otro es ajeno o es visto como un potencial agresor o transgresor del orden. 

DE LA VIOLENCIA FÍSICA A LA VIOLENCIA SIMBÓLICA 

La violencia física o simbólica a través de la historia siempre fue y sigue percibiéndose como un acto bochornoso, abominable y censurable desde toda perspectiva humana. Todo acto de violencia indica que se trata de un ejercicio de coerción doloroso que experimenta un cuerpo ante la acción del ejecutor; el actuar intencionalmente sobre el otro lleva y no cuenta con la anuencia de la víctima, así que es un acto contra la voluntad del agredido. 

Pero va más allá del acto de coerción, sino que tiene una finalidad, una meta que puede ser la venganza, el odio, el desprecio, la obtención de un beneficio económico y político o la ostentación del poder. Toda violencia busca debilitar, reducir y doblegar al otro hasta conseguir un propósito, ya sea moral, de honor o económico-político, pero el interés siempre está en la expectativa del acto violento. 

Existe la violencia física que es observable empíricamente a través de los golpes, lesiones en el cuerpo, muerte propinada, tortura, secuestro, entre otras; también hay espacio para la violencia simbólica que pasa por los mecanismos de vigilancia y control como le denominada Foucault en su memorable libro Vigilar y Castigar, donde el castigo y sadismo administrado en el Siglo XVIII, fue remplazado por el celo, la persecución, el miedo y el control del cuerpo, del individuo, lo que abrió el sendero de glorificar la violencia con ausencia de dolores visibles pero lesiones perdurables en el subconsciente de los hombres. 

La violencia simbólica es más efectiva, aunque no es directa ni es detectada por registros de golpes o lesiones, pero con el tiempo asume el papel de violencia estructural porque poco a poco va filtrándose por la capilaridad institucional, por los vasos comunicantes del Estado y trasciende por los ramales que entroncan con los distintos segmentos de la sociedad. Es tan eficaz que los individuos la asumen como algo natural, la legitiman con su aceptación, no la cuestionan y, aunque impide que desarrollemos todas nuestras habilidades y derechos humanos, es incuestionable por nuestras conciencias. 

Hoy los dos tipos de violencias conviven, no se excluyen, antes por el contrario, son complementarias y ambas van dirigida al mismo objetivo. La violencia física está encargada de la agresión para provocar dolor y la violencia simbólica “desestructura la vertebración del pensamiento, construye escenarios de riesgos insertados en la subjetividad de los colectivos humanos. El objetivo es alterar los estados de ánimo en las personas que conduzcan a desordenarle las coordenadas que dan estabilidad a la vida cotidiana, puesto que la angustia, el temor y la sensación de estar en peligro los lleva a estados depresivos y de angustia colectiva”. 

En el campo de la sociología del cuerpo, los espacios de análisis han transitado por la actitud corporal, los ademanes, la vestimenta, actos comportamentales, expresiones del gesto, timbre de voz y otras esferas que son propias de los hombres que conforman los ámbitos socio genético y psicogenético. Sin embargo, los avances en la sociología incorporan otros terrenos que competen al lenguaje y el discurso, hasta quedar estructurado el cuerpo como un territorio donde el dolor, la maldad, el odio, el malestar, la tensión, el signo y la política encuentran un espacio de expresión en quién lo habita y quién lo enajena. 

Desde esa perspectiva, sería plausible observar en los cuerpos cómo se expresa el malestar social y la crisis de relaciones sociales, a partir de considerar que el problema de la expropiación del poder del cuerpo o del dominio del cuerpo, se produce porque históricamente se constituye un ámbito de relaciones sociales que visibiliza eso y el otro ámbito de relaciones sociales que lo obstaculiza. 

El cuerpo contiene subjetividad, ideas, racionalidad, intencionalidad, sentido y pertenencia a un territorio; nombre, apellido, ideología y es un banco de conocimiento. Ese cuerpo al construir vínculos afectivos, identitarios o axiológicos crece, expande sus fronteras y es blanco de políticas públicas, como de reconocimiento, simpatía, identidades colectivas hasta llegar a ser una tipología de cuerpos acorde a las relaciones sociales prevalecientes que al crecer y consolidarse, dan base para una corporeidad culturalmente hegemónica. 

Lo interesante del cuerpo es que es el núcleo residente de emociones, sensaciones donde el pudor, la vergüenza, el dolor y las alegrías son construcciones sociales que derivan de procesos socio-económicos, políticos y mentales… De ahí que todo cuerpo ocupa un lugar-tiempo, moldeado por las relaciones sociales que lo disciplinan, lo agreden, lo ajustan pero también internaliza ideas, lo desarma y arman instintos, pasiones, valores que son inculcados a través de pautas de comportamiento, de un cuadro axiológico o sentidos que aparecen como normales o aun sanciones, pero socialmente aceptadas o compartidas. 2 

TORTURA 

Ahora bien, si concebimos la tortura como el aniquilamiento del sujeto por parte de fuerzas represivas u opositoras a través de golpes, instrumentos sofisticados para producir dolor físico, vejación, destrucción anímica hasta llegar a punto de inflexión en la resistencia de la víctima, es el cuerpo y su contenido descrito, el blanco de toda acción violenta. 

Los ataques físicos tienden a producir vivencias de aniquilamiento y destrucción del esquema corporal, lo que implica una pérdida de reconocimiento de la identidad personal. El objetivo es que la persona agredida se sienta desindentificada consigo mismo, donde el vehículo que lo desconfigura es el dolor y por tanto las consecuencias mismas en el cuerpo de él o de otros torturados, tiene un mensaje que es: “así quedarás marcado por tu comportamiento” o “así quedarás si no haces lo que te pedimos”. 

La parte medular de un ejercicio de tortura es la vejación, donde el primer paso es romper la vertebración valórica, esto es, desnudar a la víctima para vulnerar la intimidad, sus secretos, su espacio privado resguardado ante los ojos escrutadores del otro; al ser rasgado el velo queda expuesto al vacío, la incertidumbre y al pudor devaluado. Aunado a todo esto está la deprivación sensorial y motriz que funge como maquina demoledora del esquema de resistencia, no sólo porque limita a la víctima a movilizarse o hacer sus necesidades básicas fisiológicas y que aun peor, está atenida a los permisos del custodio y vigilancia de su desnudez. 

Es una situación que tiene el movimiento pendular entre la muerte y el mañana; no sabe si vivirá el día siguiente, aunque en su mente tenga borrada la temporalidad y espacialidad por el encierro, los golpes y pérdida del don de la ubicuidad. Lo pendular es una ventana de soledad, aun si está en un recinto acompañado. El desconocer al otro o a la intencionalidad o situación de quien vive esta experiencia común, la confianza queda rota porque no se percibe como un colectivo o producto social, sino como un individuo aislado, sin elementos de defensa y expuesto a la fuerza del secuestrador y a los límites de tu resistencia. 

Todo esto orilla a destruir también la autoestima del secuestrado a través de la humillación, vejación sexual, gritos, golpes, ofensas y culpabilidad que le inculcan cada vez que sufre un dolor o tortura. La autoestima es la idea de quién soy y mis valores que dan soporte a la idea de mí mismo. Es la valoración que un sujeto posee de sí, desde una perspectiva psicoanalítica es un producto de la relación entre el Yo y el ideal del Yo. Esto está conformado de acuerdo con determinados valores a los que aspira cumplir el sujeto. El resultado es traumático porque cae en el abismo de las depresiones, angustia y hasta intento de suicidio por la desvalorización o denigración sufrida. 

Otro aspecto que no podemos desdeñar es el silencio guardado una vez liberados, que muchas veces es percibido como la prolongación del secuestro, dado que no superan la experiencia registrada frente al horror infringido en su cuerpo, pudor deshilado, la rabia contenida y rumiada en su resistencia impotente, el desconcierto de tu pasado con el presente, el futuro como ser vejado y resentido socialmente y la imposibilidad de ordenar todas las vivencias, cargas de sentido y compartirla con alguien que guardará el secreto o le ayude a dotarla de sentido. Es todo imposible por estar roto el lazo de confianza, que es un mecanismo de reducción de la complejidad y de la incertidumbre en la medida que abre caminos de diálogos, acompañamientos y acciones conjuntas en el futuro. Es una apuesta hecha en el presente hacia el futuro y fundamentada en el pasado; debido a que el cúmulo de experiencias vividas y los beneficios obtenidos en lo personal y en el ámbito colectivo, son tierra fértil para sostener la creencia de que confiar en otra persona en el presente puede ser útil en el futuro. 

Indudablemente, la confianza equivale a una suerte de cuenta corriente, de la cual es posible gastar hasta un cierto monto, pero es necesario depositar para evitar caer en la falta de fondos. Existe, por consiguiente, un cierto umbral que, si es traspasado, conduce a la pérdida de confianza.3 No toda traición a la confianza conlleva a la desunión, todo reside en la gravedad del incumplimiento y capacidad de resarcir el daño con acciones futuras de reconstrucción de confianzas deterioradas o lastimadas. 

El silencio esconde sufrimiento y dolor, oculta verdades y es una fortaleza íntima en el torturado que blinda sin palabras y oculta en el pasado el rostro de la amargura. Especialistas en el tema de la tortura han señalado 4 posibles mecanismos que dan cuenta del porqué del silencio:
1/ En la tortura, por el intenso y prolongado dolor, se produce un shock neurogénico que conlleva a estados de inconsciencia en diversos grados, desde la obnubilación (enturbiamiento y estrechamiento de la conciencia) hasta el estupor (estado de inercia, vacío o suspensión de la actividad psíquica). Esta situación afecta la memoria de fijación durante el episodio traumático y la memoria evocativa subsecuente. Se produce así una amnesia lacunar, con vacío de la memoria que puede persistir largo tiempo, incluso de por vida. Posteriormente conlleva a situaciones esporádicas o continuas de angustia.

2/ El ataque al cuerpo (trauma corporal) afecta el núcleo básico de la identidad que es el Yo-Corporal. La persona se encuentra en un estado de indefensión extrema que remite a las experiencias corporales primitivas de desamparo y desnudez. Es una regresión con secuela de escotomas en el registro de lo vivido.

3/ Produce una disociación esquizoide defensiva. La disociación es un mecanismo de defensa características de los niveles mentales más primitivos y son instrumentados frente a vivencias de aniquilación en actos de tortura. La representación del propio cuerpo es escindida y proyectada al exterior, “el cuerpo no me pertenecía”, la persona no es la misma que era antes y no es siempre consciente de esta diferencia.

4/ Los sentimientos de pudor, vergüenza, humillación, que dificultan la comunicación de lo ocurrido durante la tortura, están vinculados a ciertas vivencias “intimas” en las que queda comprometida la relación del Yo y el Ideal del Yo, produce una fisura entre la imagen y la realidad de mi cuerpo y desata los bloqueos del silencio. 4
Por lo anterior, el silencio es un vestido protector que aparece por la quebradura de la cofia que cubría el pudor y la vergüenza y jurídicamente es difícil contabilizar el monto o dimensión del daño ocasionado al torturado porque muchos de los sufrimientos y lesiones son de carácter psíquicos y quedan refugiados en el rincón del silencio miedo o sepultado en la soledad del torturado. 

En síntesis, la tortura, como actividad mafiosa, producto de la debilidad estatal si hablamos de secuestros, pero terror si la practica el Estado, busca lucrar, obtener información y silencio, doblega a las comunidades, es eficaz como estrategia de intimidación y asegura la viabilidad de un gran negocio (industria del secuestro) si está ligada a las trampas de la corrupción. De todas maneras la tortura veja, lastima, destruye vectores de la vida y obnubila a la victima para llevar a cabo una convivencia sana, pulveriza su autoestima y deja como resultado un despojo humano sin horizonte en el futuro. 

ACOSO LABORAL Y TORTURA PSICOLÓGICA 

La destrucción del Estado por parte de los grandes poderes que dan soporte al modelo neoliberal, no sólo pretendía desregular las economías nacionales, sino que su ambición estaba por encima de lo meramente comercial, pretendía dominar el mundo saqueando las riquezas del ente político a fin de evitar un proceso político reversible. Esto es, si una fuerza política adversaria arribaba al poder, no contaba con los recursos para sobrevivir, porque el Estado no tenia activos públicos, tampoco suficiente dinero para dotar de certidumbre a la sociedad. Un Estado en bancarrota, supeditado a los organismos y finanzas internacionales no representaba ningún riesgo si lo gobernaba la izquierda, derecha o cualquier fórmula política, dado que el capital está fuera de las esferas pública y cuenta con una constelación de organismos multinacionales que aíslan o boicotean todo intento emancipador desde el estado. 

La formula elaborada y puesta en práctica desnutrió al Estado para que no garantizara derechos, desciudadanizara a la población, borrarara de su imaginario los referentes institucionales que avalaban los postulados de justicia necesarios para la convivencia social y el desarrollo humano. Arrojaba al individuo a una situación de inequidad, sin privilegios y expuesto a la inseguridad y abuso de la autoridad despótica. 

Así fue asomándose el acoso laboral bajo la estrategia de la crisis económica que sobresaltó los pronósticos por indisciplina fiscal, déficit presupuestario excesivo, endeudamiento desproporcionado, insolvencia por falta de liquidez de los bancos o desequilibrio en la balanza de pago y el comercio, escenario caótico que conlleva a recortar derechos sociales, disminuir el salario, y también desaparecer prestaciones sociales en aras de mantener la fuente laboral. 

Esta es una estrategia que a corto plazo genera riquezas a los empleadores, pero a mediano plazo las políticas de austeridad no son eficaces, son económicamente ineficientes. Permítame explicarme. ¿Qué pasa con las políticas de ajuste, de austeridad? Se reducen los salarios, se disminuyen las pensiones, se destruyen los servicios públicos. Todo ello desemboca en una contracción de la economía. La gente consume menos porque tiene menos poder adquisitivo. Entonces las empresas reducen su producción porque baja la demanda. Si se reduce la producción despiden a empleados, lo que aumenta la tasa de desempleo. Por consiguiente, el Estado tendrá que gastar más dinero en ayudas a los desocupados y tendrá menos ingresos puesto que los parados dejarán de pagar impuestos.5 

Es ante todo, entonces, un modelo de represión que busca con el miedo hacer que la gente no proteste, no asita a las manifestaciones porque se va a encontrar con problemas, y crea miedo entre los propios activistas porque se están jugando la piel porque “vamos a ir por vosotros”. Se intenta separar la opinión pública mayoritaria de los sectores más activistas, pero esto a veces les puede funcionar y otras veces no y puede tener un efecto inverso al deseado. Hasta ahora la represión ha sido tan desproporcionada que en algunos lugares ha detenido la indignación, en otros han fracasado en su intento. 6 

Es una comunicación hostil, coactiva, sin reserva ética orientada de manera sistemática por jefes de área de recursos humanos y empresarios hacia el grupo o segmento de trabajadores, acosándolos psicológicamente hasta disminuirles su potencial deliberativo; arrinconan sus espacios de cavilación, fragmentan las ligas de diálogo, revientan las fibras de resistencia colectiva para encerrarlo en un mutismo donde, intercambiar opiniones o argumentos con otro trabajador, lo coloca en la bandeja de la vulnerabilidad y el despido. Es un estado de indefensión absoluta, quebrando de entereza analítica y arrinconada bajo el paraguas del acoso que poco a poco mina su capacidad de respuesta, pero ante todo un estado anímico y de salud. 

Millones de trabajadores de diversos rincones del mundo están en situación de riesgo de salud, producto de la estrategia del miedo, acoso y represión psicológica que responde a la coerción adocenada que impera en los centros de trabajo. Y sólo la han confrontado las movilizaciones, que de otra manera, es la estrategia de persecución que desmonta derechos, aniquila los gremios sindicales, derrota la movilización política y encierra en la jaula del mutismo a los que aceptan la amenaza del desempleo. 

LA TORTURA PSICOLÓGICA DE LOS MEDIOS 

2001 fue el inicio del Siglo XXI y también la nueva era de los medios en el campo de la guerra, con las disputas por mantener incólume el modelo neoliberal. Las incursiones que habían logrado en el terreno cultural, en los años 80 del Siglo XX, fueron reforzadas al principio de la nueva centuria con el fin de convertir a los medios de comunicación en la artillería de primera línea, cuyo fin es la de desarticular las memorias colectivas, quitar el freno a la ambición consumista, sembrar el escenario de mercancías descartables, liberar de toda atadura la “libertad del mercado” y ante todo, obnubilar las mentes de los pobladores de las ciudades y comunidades a donde los medios llegaran. 

Algunos escritores le han denominado el Plan Cóndor mediático, dado que su incursión en la política fue y sigue apareciendo frontal, sin solapamiento ni hipocresía, aunque disfrazado con un vestido confeccionado con epidemia lenguaraz de independencia, imparcialidad y supuesto apego a la democracia. Esta es la era de la mentira y el ocultamiento de verdades que prevalecen en la realidad social. 

Indudablemente, la asunción de los medios en la cadena de torturas fue posible porque los grandes centros de poder tomaron conciencia que el Estado como ente político y de cohesión social, entraba en una fase de implosión por la expansión del capitalismo en su fase denominada globalización, cuyas frontera porosas fueron desaforadas por diversos agentes: entre ellos las empresas multinacionales, crimen organizado, guerras y las transacciones comerciales que dejaron sin fuerza al Estado para vigilar su territorio. Pero aún hay más, con el avasallamiento de los contagios de la globalización, incontrolable por los mismos creadores y que idearon la construcción ideológica-política de Seguridad Democrática, cuyo vector es situar la amenaza como cuña incómoda que desestabiliza el sistema emocional y de equilibrio en cualquier persona. 

La amenaza es una representación, una señal o signo, una disposición, gesto o manifestación que aparece en el subconsciente colectivo o individual, percibido como el anuncio de una situación de riesgo, malestar, de inseguridad o deterioro no deseado y además, que vulnera en quien lo percibe, la coraza de certeza y lo pone en peligro absoluto y cercano a la muerte. 

Es una atmosfera de miedo perpetuo, de movilidad recortada, de ausencia de propiedad sobre el espacio, temeroso del tiempo, ciego ante las oportunidades e inflexible para articular posibilidades de escapatoria o nuevos escenarios. Es una jaula de acero invisible que atrapa no sólo el cuerpo de las personas, sino el pensamiento y la libertad de imaginar. 

Las amenazas son multivariadas, súbitas, atemporales y mortales; van desde el terrorismo, revolución, limpieza social, crimen, contaminación, enfermedades desconocidas y emergentes, crisis económica y alimentaria, de bienes de consumo como el agua, energía, transporte, pandillas, vendetta, narcotráfico, militarismo, envenenamiento nuclear, bombas entre otras, que son sobredimensionadas o magnificadas por los medios para controlar estallidos sociales o reclamos ciudadanos. 

El sistema emocional está secuestrado por la TV, periódicos, la Internet y la radio, cuyos mensajeros actúan bajo la férula de los empresarios y magnates que controlan el mundo y les interesa gobernar y dirigir el universo de los negocios bajo e paraguas del caos. El caos es una forma de administrar la política de dominación en la medida que mantienes influencia en los factores vitales que mueven el mundo (economía, tecnología, armamento, recursos naturales estratégicos y medios de comunicación) y los hace invisible ante los enemigos, manipulando el comportamiento de cada uno de los elementos mencionados y asignándole de manera irreal, trayectorias erráticas que descontrolan la percepción de los adversarios y cargan de inseguridad al enemigo. 

Entonces vivimos en un universo inestable, errático, con trayectorias inverosímiles que nos lleva a un estado de angustia, temor y tortura, toda vez que carecemos de la certeza necesaria para emprender una acción determinada. Sin la confianza pertinente, el perceptor de señales e información no cuenta con la disposición y voluntad para interactuar, ni tampoco puede compartir u opinar sobre los temores introyectados en la subjetividad, revelando así un estado de bloqueo en sus facultades asociativas y de dialogo con otros. 

Alguna de las veces despersonaliza afectando la paranoia y esquizofrenia como rasgos de su personalidad; los actos compulsivos son frecuentes y la dársena de la soledad le pide que ancle ahí los años de vida que le quedan. Ahora bien, los medios de manera permanente nos dejan caer una lluvia de amenazas, cuyo proceso de mentalización pasa por varias etapas. En la primera, se produce un derrumbe de la organización mental cercana al pánico y terror. En la segunda, se busca dar un nombre o encontrar signos mediante los cuales semantizar la manera de intentar resolverla, evitarla e implementar sistemas defensivos para controlarla, anularla. Luego en la etapa siguiente, se produce una oscilación entre denegación y concientización, y en el mejor de los casos, se restablece una organización vital cuyo eje ilusorio es impedir la efectivización de la amenaza. Los mecanismos de adaptación imponen la vida a cualquier precio. Es probable que éste sea el momento en el cual el agredido se entrega al agresor en un intento de salvar su vida. Es también el momento de la creación de baluartes o mitos que conllevan a la fatalidad.7 

Las amenazas suelen aparecer en coyunturas favorables para el gran capital y casi siempre están cerca de procesos electorales riesgosos para los mercados, bajo el techo de asonadas de movimientos sociales, decisiones de gobiernos con perfil popular, insolvencia financiera de los bancos, instauración de una situación de guerra, interés por militarizar regiones y privatizar recursos públicos. Justo en esos contextos están las fuentes borboteantes de los miedos, temores y amenazadas que torturan las subjetividades colectivas. 

El carácter coyuntural, la incertidumbre que predomina en lo que va del Siglo XXI, el agotamiento del modelo neoliberal y la política guerrerista que el coloso del norte instrumenta, son los factores que torturan, en la medida que agotan la capacidad de resistencia de la humanidad; no hay lugar seguro, las confrontaciones bélicas aumentan, los actos homicidas súbitos, la crisis financiera que utilizan para desemplear y negar derechos. La tendencia incremental del crimen organizado nos pone en una nube que puede desprenderse en una lluvia que ahogue las pocas esperanzas ancladas en las comunidades y colectivos humanos. 

La certeza ausente y la confianza deteriorada, nos deja sin una apuesta hecha en el presente para afianzar el futuro, porque la ruptura del eje conectivo del tiempo nos desalojó el pasado de la memoria. No hay referentes seguros de las anteriores certezas que nos ayuden a otear la sociedad futura; tampoco un ideal para luchar o un horizonte político y una ideología cimentada en hechos históricos. Hoy quedamos huérfanos y toca luchar en medio de la oquedad de la política, del vaciamiento de las instituciones y de la debilidad del estado. Justo ahí, el mercado y su constelación de consorte como son los banqueros, los medios, los partidos políticos, el sistema judicial y las organizaciones internacionales, se juntan en forma de guirnalda y encapsulan las esperanzas y siembran la incertidumbre y el caos. 

La desestructuración de la confianza fue el blanco de los medios, que descalabrada al momento que irrumpieron en el cuerpo social para vejar y deteriorar las comunidades y gremios; con la destrucción de las comunidades se atacó de manera contundente la confianza, devenida de las relaciones sociales cargadas de reciprocidades para intercambiar saberes, intereses y bienes. Si el marco de interacción social está influenciado por el individualismo, el lucro, el consumo y el hedonismo, la confianza se desvanece: las comunidades paralizan la red de intercambios y la fragmentación aflora, hasta arrojar una comunidad imaginaria pero que en la realidad es sólo un lote de fragmentos humanos que viven pero no comparten. 

Y así viven miles de comunidades en la tortura de la inseguridad y la vocería de los medios; se distingue claramente los miedos por el temor al crimen y a los malhechores. Predomina la desconfianza en los demás y en sus intenciones, así como también la actitud que niega o considera imposible tener fe en la constancia y en la fiabilidad del compañerismo humano. Castel atribuye esta situación al individualismo contemporáneo; sugiere que la sociedad de hoy, al suprimir las comunidades y corporaciones estrechamente unidas, que antes, las mismas leyes delimitaban y velaban por su cumplimiento, las sustituye ahora por el deber de ocupase cada uno de sí mismo y de sus propios asuntos: se ha edificado sobre el terreno pantanoso de la incertidumbre. En una sociedad de este tipo es inevitable que la inseguridad y el temor a peligros acaben siendo males endémicos. 8 

Por lo anterior, las vorágines que existe en la actualidad nos invita a vivir inseguros, angustiados, presos de las noticias que alojan la incertidumbre en el subconsciente y rodeados de desconocidos, sin un lazo social habilitado, fragmentado en el ancho cuerpo del planeta y en permanente riesgo real o imaginario, pero seguro de que nuestras vidas están en una situación de peligro. 

LA VIDA INCONMENSURABLE Y LA TORTURA DE LA MUERTE 

Finalmente, los miedos en los medios, han desnaturalizado la información; las fuentes de opinión que se constituían en el fragor del debate público fue desalojada por la pre-fabricada en gabinetes de empresarios y directores de noticias, ligados a consorcios, grandes negocios y monopolios de la economía de portafolio, hasta convertir la televisión en un medio con características de “jaula digital” donde la realidad importa poco. Los intereses de las mayorías se invisiblizan, las demandas populares son criminalizadas y el espacio público privatizado para enjaular a la ciudadanía en los reductos del espacio privado y tenga como único interlocutor a la caja de resonancia con sus mentiras y argumentos falaces que desvertebran el pensamiento crítico. 

La “jaula digital” está diseñada de manera tal que busca ahuyentar toda crítica de la mente de la audiencia; desmentaliza al auditorio, impone la imagen como único recurso que remplaza el argumento y tiene mayor validez por el manipuleo que se haga de ella. Conjeturar, sentar premisas, reflexionar y elaborar dilemas no es oficio de un comunicador, es cosa del pasado; ahora interesa hablar menos, seducir con la imagen e incentivar el consumo como herramienta de movilidad social: si no consumes, no eres parte de la dinámica de la sociedad. 

Otro factor que esgrimen es la desideologización del discurso, en caso de que haya reclamos, réplicas o exigencias de la audiencia. La ideología es un tema del Siglo XX, y no tiene lugar ni impacto, según el criterio de los comunicadores: lo que importa es comprar, vender, consumir y sentir placer de hacer esas actividades que el modelo neoliberal nos quiere ofrecer como la culminación del desarrollo humano y la calidad de vida deseada. 

Develar la ideología que hay tras de los medios, del mensaje, la noticia, el sesgo informativo, los melodramas, los culebrones telenovelescos, los programas de entretenimiento es un asunto de imaginación distorsionada, porque los medios no están sujetos a que les cuestionen esa parte de la intencionalidad oculta. Ellos prefieren desdeñar la ideología y presentarla como una actitud de conflicto en los seres humanos que aun viven en predisposición de crear zonas de incertidumbre o zozobra en las relaciones humanas. Es menester desmontar toda postura ideologizada, porque todo escenario que se intente analizar sin contar con un reservorio ideológico, con seguridad nos lleva a un conocimiento plano, corto, simplista de una situación determinada y por consiguiente, fácil de llegar a aceptar la opinión de los medios como la verdad y la ventana que nutre con veracidad lo que acontece en el entorno inmediato. 

Vista así, la incertidumbre es la espada que obnubila y venda los ojos; también puede vestir de frivolidad el mundo y de disfrazarlo de oportunidad o sembrar incertidumbre. Los medios son los ojos de muchos ciudadanos que prefirieron descansar sin pensar y entregaron a los instrumentos mediáticos la confección de verdades y mentiras, de los mundos inciertos y peligros súbitos que nos enmudecen y atribulan hasta convertirnos en entes temerosos y encerados en el espacio privado o intimo. 

Entonces tienen la oportunidad extensa de construir ideológicamente más sobre riesgos permanentes; sus programas televisivos siembran con persistencia que no hay lugares seguros, que nada nos protege y vivimos la vulnerabilidad absoluta: de ahí que la seguridad está en encerrarnos, comprar seguros de todo tipo y privilegiar los lugares cerrados y privados. 

La inseguridad, vulnerabilidad e inexistencia de lugar seguro, prefigura un mundo donde la vida es incommensurable y no podemos medir con ningún parámetro las enfermedades emergentes, el terrorismo, las crisis económicas, el desempleo, el crimen organizado y los desastres naturales. Éstos son parte de la amplia constelación que está articulada en el mapa de riesgo, donde las dos salidas que tenemos son: Inseguridad y contingencias. 

Crimen, narcotráfico y terrorismo cubren el ala de la inseguridad y las contingencias son dibujadas por virus, enfermedades emergentes, accidentes, desastres naturales, crisis de sistemas de seguridad social, de salud, riesgos de la vejez, nuevas epidemias, crisis alimenticia y la muerte súbita. Al final de cuentas, no hay argumentos que valide lo enunciado: lo instantáneo e inesperado se impone y el temor por arriba de la subjetividad a través de los medios de comunicación, se instala como miedo percibido, cuyas características son: la fuente del temor, la inseguridad o contingencia que está invisibilizada; la noticia que propagan es conspiratoria, manipulante y fragmentadora y quien la recibe, de inmediato busca un lugar seguro, estar a salvo primero él antes que los demás. Lo que conlleva, con el devenir de los años, será una alteración del genoma de las relaciones sociales, donde el otro pierde su significancia y el individualismo prevalence; la muerte es una sombra que nos acompaña, la vida es súbita y las contingencias están a la orden del día y en cualquier momento, la muerte nos arranca la vida. 

NOTAS 

1) Salazar, Robinson, 2006, Visibilizando al enemigo: EE.UU Vs América Latina. En revista Utopía y praxis latinoamericana. Universidad del Zulia, Venezuela, pag. 87-102, Año II, No 33, abril-junio 

2) Marín, Juan Carlos, Forte Gustavo, Pérez Verónica, Antón Gustavo y otros, 2010, El cuerpo territorio de poder, Ediciones P.i.c.a.s.o, Argentina. 

3) Ídem 

4) Rodríguez Mansilla Darío, 1996, Introducción a libro Confianza, de Luhmann Niklas, Universidad Iberoamericana y Anthropos, España. 

5) Kordon Diana, Edelman Lucila, Lagos Darío y Kersner Daniel. 2005, La tortura, más allá de la extrema soledad en Efectos psicológicos y psicosociales de la represión política y la impunidad. Ediciones Madre de Plaza de mayo, Argentina. 

6) Lamrani, Salim 2012, “Las políticas de austeridad son económicamente ineficientes” leído 4 de mayo 2012 en http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/17139-salim-lamrani-%E2%80%9Clas-pol%C3%ADticas-de-austeridad-son-econ%C3%B3micamente-ineficientes%E2%80%9D.html 

7) Antentas J.M. y Vivas E. 2012) “La crisis es un punto de inflexión, nunca se vuelve al antes de la crisis”, entrevista a Josep Maria Antentas y Esther Vivas a raíz de la publicación de "planeta indignado. ocupando el futuro" leida 4 de mayo de 2012 en 

8) Puget Janine 2006, La violencia social y psicoanálisis. De lo ajeno estructurante a lo ajeno ajenizante, en Puget janine y Kaës René, Violencia de Estado y psicoanálisis, Lumen, Argentina.

9) Bauman, Zymunt, 2006, Confianza y temor en la ciudad. Vivir con extranjeros. Edit. Arcadia, España. 


La reinvención derrideana de lo judío; Lectura filosófico-política del mesianismo


Dra. Gabriela Balcarce - Universidad de Buenos Aires
ResumenEl presente trabajo intenta trazar uno de los posibles recorridos en torno a la cuestión de lo judío desde la filosofía derrideana. Evocando la tradición que pudiere consignarse entre Franz Rosenzweig, Emmanuel Lévinas, Walter Benjamin y Jacques Derrida. Creemos que pueden delimitarse lecturas de la mesianicidad y de lo judío que contribuyen a revisar el aparato teórico político contemporáneo y su continuidad, en muchas oportunidades, con nociones modernas secularizadas que nos presentan la actualidad política como un escenario incuestionable, incluso desmontado, en el sentido de un ocultamiento de lo político que responde, por cierto, a lo político mismo en su variante liberal. De este modo, nos interesará señalar cómo un pensamiento de lo judío permite poner en cuestión las categorías centrales del pensamiento moderno centrado sobre la idea de subjectum. Esta tradición se encuentra, al menos en un punto, en la subversión de los niveles clásicos de conceptualidad filosófica: la ética y la política son lo primero. Frente al despliegue de una metafísica fundamental, de la cual se derivaría todo saber práctico, la temática del mesianismo, a la luz de la tradición que queremos aquí reconstruir parece mostrar la primacía de lo práctico, la interpelación de un otro anterior a toda sistematización en nombre de un sí-mismo. The reinvention of what Derrida Jewish philosophical-political reading of messianism

 AbstractThis paper tries to draw one of the possible routes on the issue of the Jewish from the Derridean philosophy. Evoking the tradition that might be included between Franz Rosenzweig, Emmanuel Lévinas, Walter Benjamin and Jacques Derrida. We believe that the messianic and the Jewish readings to help revise the contemporary political theoretical apparatus and its continuity, on many occasions, with secular modern notions that we have the political agenda as an unquestioned, even disassembled, stage in the sense of a cover-up of the political response can be enclosed by the way, to the same political in its liberal variant. In this way, we want to point out how a thought of as Jewish makes it possible to call into question the central categories of modern thought about the idea of subjectum. This tradition is, at least at one point, in the subversion of the classical philosophical conceptuality levels: ethics and politics come first. With the deployment of a fundamental metaphysical, which would lead to all practical knowledge, the theme of messianism, in the light of the tradition that we are here to rebuild seems to show the primacy of the practical, the questioning of one another prior to any systematization in the name of a self.

Palabras claveLo judío - alteridad - mesianicidad

KeywordsJewishness - Otherness -  Messianic

I.
Gideon Ofrat comienza el Prefacio de su libro The Jewish Derrida advirtiendo que un abordaje de la filosofía derrideana que considerase a ésta en su dimensión judía sería quizás un error1. La misma respuesta encontré, cuando tuve la oportunidad de preguntarle a una de las autoridades contemporáneas de la historia del judaísmo y de la Cábala, en particular.2 Derrida no ha sido un destacado pensador en el abordaje de los Jewish Studies (historia judía, misticismo judío, literatura judía). En el gran compendio que podría ensayarse de una obra tan cuantiosa, abocada a tan diversas temáticas, sólo marginalmente ha hecho referencia al pensamiento judío.
Sin embargo, esta marginalidad invita a la confección de una forma, de un prestar oídos tanto a las temáticas judías, como también al/los momento/s en que el judaísmo ha aparecido en su escritura. Hélene Cixous describe a Derrida como un "marrano", un secreto judío, "uno de esos judíos sin siquiera saberlo […], guardián del libro que no sabe cómo leerlo." 3 Por su parte, en una de sus últimas reuniones con Jacques Derrida, Emmanuel Lévinas le habría pedido a aquél que confesara que en realidad era un representante de hoy en día de la Cábala Luriánica.4
Quizás en el mismo gesto de equívoco de estas citas aquí evocadas, o la empresa de escribir un libro sobre “el judío Derrida”, como es el caso de Ofrat, nos permita sentir el amparo que muchas veces alienta a sumergirse en una misma apuesta. Sin embargo, la diferencia de nuestra lectura radica en que el escenario de nuestro análisis no será, por ejemplo, la temática de la autobiografía –temática sumamente vinculada a la cuestión de lo judío en nuestro autor-, tampoco nos interesará indagar el judaísmo del propio Jacques Derrida, sino situar las coordenadas de un pensamiento mesiánico de lo judío, implicado en la reflexión filosófica histórica y política.5 A nuestro entender, allí pueden delimitarse lecturas de la mesianicidad y de lo judío que contribuyen a revisar el aparato teórico político contemporáneo y su continuidad, en muchas oportunidades, con nociones modernas secularizadas que nos presentan la actualidad política como un escenario incuestionable, incluso desmontado, en el sentido de un ocultamiento de lo político que responde, por cierto, a lo político mismo en su variante liberal.
La tradición que quizás pudiere consignarse entre Cohen, Rosenzweig, Benjamin, Lévinas y Derrida, nos conduce a un quiebre de la historia de la filosofía, cuyo nacimiento ha sido localizado históricamente en Atenas, para llegar a Jerusalén, a ese Otro de la cultura Occidental que ha acechado en una constante conversación desencontrada entre los filósofos que asignamos a la historia de occidente, aquellas filosofías de la decadencia, según las palabras de Nietzsche, de la violencia metafísica que elimina la finitud de lo existente, de lo que, en su devenir, se diferencia, subsumidos en una forma, en un concepto, en una dinámica. 6
Una tradición que, desde principios del siglo XX ha recorrido caminos sinuosos, acercándose en algunos casos a cierta lectura talmudista, parecían desequilibrar los sistemas filosóficos desde lugares inesperados e inesperables, si se los considera también desde las condiciones de posibilidad que un sistema pudiera otorgar a lógicas posibles en su interior. Esta tradición, a su vez, marcaría una renovación del vínculo entre filosofía y teología, como lo resaltan todos estos autores en más de una ocasión.
II.
Para la tradición judía la Revelación constituye un proceso inacabable, ya que “nunca se presenta como el registro mimético del discurso divino por parte de un sujeto que lo recibe”7, la Revelación se inscribe en una situación, abre una nueva perspectiva sobre un estado de cosas presente.
Los judíos medievales tenían un concepto metodológico llamado Pilpul (פלפול) mediante el cual realizaron la tarea de poner por escrito una tradición oral monumental. Junto con la revelación escrita de la Torá, Moisés habría recibido también una Ley oral, trasmitida bajo esta modalidad durante generaciones, hasta los tiempos de la destrucción del segundo Templo. El texto resultante, la Mishná, fue luego comentado por rabinos posteriores confeccionando la Guemará – sumado a algunos comentarios posteriores, como el de Rashí- cerrando el texto del Talmud.8
Los judíos medievales tuvieron que heredar textos de otros tiempos y para ello, utilizaron el Pilpul. Este método –si pudiéramos así llamarlo- consistía en la combinación de diferentes técnicas: confrontar versículos, interpretaciones lejanas y cercanas, lecturas donde se cambian los signos de puntuación, dando a las frases sentidos inéditos, pero al mismo tiempo, actuales, es decir, que respondían a preguntas históricamente situadas. Era una lectura anfibia, que intentaba dilucidar contenidos revelados a la luz de las exigencias del “aquí y ahora” realizando combinaciones posibles de estos textos.9
Firma contra firma10, heredar es inventar, in-venire, dejar venir. Es por ello que la herencia nunca es algo dado, sino una tarea11, una tarea que lejos de representar la imagen de un pasatiempo, constituye uno de los núcleos centrales de nuestra existencia. Derrida, siguiendo esta senda judía, afirma:
“Somos herederos, eso no quiere decir que decidamos esto o aquello, que tal herencia nos enriquezca un día con esto o aquello, sino que el ser de lo que somos es, ante todo, herencia, lo queramos y lo sepamos o no.”12
El Talmud es el acontecimiento del choque de infinitas firmas. Ellas construyen quizás cierta arquitectura ejemplar de aquello que intentamos delimitar como herencia. Yerushalmi señala que aquello “que se incluyó en el canon bíblico establecía, por decirlo de algún modo, un contrato constante renovable con la vida.”13 Un juego de voces.14 Y es por esta convergencia de singularidades que la herencia tiene la estructura del acontecimiento. Hay algo que adviene y que escapa al despliegue de cualquier cálculo programático. Un futuro anterior, un (re) aparecido, la inscripción de algo que no patentiza una huella original, sino antes bien, desplazamientos de huellas an-árquicas. Y no debemos olvidar que esta literatura no es solamente agádica sino también halájica, es decir, legal. Más aún, la revelación, en primer término, es ley.15
La herencia tiene la forma del perverformativo: en cuanto se dice, se dice otro, otro dice por mí y me dice. Rosenzweig decía que:
“En el mismo momento en que se desarrolla el diálogo verdadero acontece algo: yo no sé por anticipado lo que el otro me dirá, porque de hecho, yo aún no sé lo que yo mismo voy a decir.”16
En la Estrella de la Redención, Rosenzweig hablaba de una “danza estática de lo posible”17 Lévinas, por su parte, decía lo siguiente:
“El Otro puede desposeerme de mi obra, tomarla o comprarla, y dirigir así mi comportamiento mismo. Me expongo a la instigación. La obra se consagra en esa Sinngebung ajena, desde su origen en mí [...]. El querer escapa al querer. La obra es siempre, en un cierto sentido, un acto fallido. No soy enteramente lo que quiero hacer. De ahí un campo ilimitado de investigación para el psicoanálisis o la sociología que capten la voluntad a partir de su aparición en la obra, en su comportamiento o en sus productos.”18
Y Derrida:
“Si la legibilidad de un legado fuera dada, natural, transparente, unívoca, si no apelara y al mismo tiempo desafiara a la interpretación, aquél nunca podría ser heredado.”19 
Una herencia nunca se re-úne, nunca es una consigo misma y es en esa dislocación que la herencia, antes que el mero ejercicio de conservación responde a un devenir de aquello que es leído a la luz del peligro presente. Pertenece al tiempo disyunto, a la lógica del contratiempo. Quizás en uno de estos “contratiempos” hemos reunido aquí a un grupo de autores en torno a ciertas figuras de lo mesiánico.
III.
Deconstruir la religión, heredar esta noción, es ponerse frente a una tradición política, más aún, metafísica de continuidad de una serie de operaciones filosóficas que enmarcarían un lenguaje común, el lenguaje del subjectum como autós, de la repetición o despliegue de lo mismo. La deconstrucción nos sitúa en la constelación de esas nociones comunes “que con frecuencia nos permiten aislar lo político, para limitarnos a esta circunscripción, siguen siendo religiosas o en todo caso teológico-políticas.”20
Las fuentes etimológicas que Derrida recupera del vocablo latino religio son dos. Relegere, de legere: recoger, reunir. Religare, de ligare: vincular, unir.21 Estas nociones estarán vinculadas a un pensamiento de la Sammlung, de la reunión, como base metafísico-política que articularía el ser de lo común.
“Ninguna justicia parece posible o pensable sin un principio de responsabilidad, más allá de todo presente vivo, en aquello que desquicia el presente vivo, ante los fantasmas de los que aún hoy no han nacido o de los que han muerto ya, víctimas o no de guerras, de violencias políticas o de otras violencias, de exterminaciones nacionalistas, racistas, colonialistas, sexistas o de otro tipo; de las opresiones del imperio capitalista o de cualquier forma de totalitarismo.” 22
La venida del otro no puede ser incorporada en la dimensión del presente vivo – “el Presente Viviente (lebendige Gegenwart) es la forma universal y absoluta de la experiencia trascendental”23-, sino que infinitiza hasta desquiciar el presente en su identidad consigo. El tiempo dona lo otro.
La figura de lo judío como resto parece insertarse en la lógica del don, de la ruptura de la circularidad del ipse y, rompiendo, de este modo, el círculo del intercambio económico. Estamos muy lejos de las caracterizaciones del judío como el agente económico, presentes en Hegel, en Weber, en Marx y Schmitt24. Sin embargo, ello no significa que lo judío como don no encuentre un vínculo con lo económico, pero para detenerlo, desbaratarlo.
“La oikonomía tomaría siempre el camino de Ulises”25, del retorno a casa, del recogimiento de sí, de la simetría, la medida común. Lo judío no es la experiencia de la apropiación ni de la tierra, ni de la raza, ni del Geist, es el resto que desbarata el ejercicio de apropiación, de otorgamiento de sentido, siempre posterior, a posteriori. El judío es la cicatriz del círculo, el lugar donde la palabra (miilah) es corte (milah) y alianza.26
El por-venir irrumpe bajo la figura del contratiempo, por venir no es futuro, así como el pasado tampoco es algo que ha cesado de existir. Y en esta dislocación, anuncian la urgencia del aquí y ahora para la aparición espectral, es decir, para aquello que todavía resta pensar. “El judío es la cripta”27, aquella que estremece una sólida arquitectura del edificio greco-cristiano de la filosofía de Occidente:
“El judío puede ser una figura ejemplar, pero todos los otros ejemplos son también figuras ejemplares, todos los excluidos, la mujer, el no-europeo, el inmigrante, se puede decir todo aquel que viene en posición de cripta excluida en el interior.”28
“Yo soy el último de los judíos”, una fórmula que Derrida afirma y repite en un texto que recoge la pregunta por su judaísmo.29 Y en esta repetición, vuelve a las páginas deCirconfesión, allí donde él mismo se autodesignaba30 a través de la figura del último. ¿Por qué último? La cuestión del último revela la “exclusión al interior de una relación”31, la pertenencia escatológica de una no-pertenencia: “Un preferido excluido”.32 “Yo soy póstumo así como respiro, lo cual es poco probablemente, lo improbable en mi vida, ésa es la norma que desearía seguir […]”33 “El blasón de mi genealogía es el eskhatón”34. Y el límite no es simplemente el final, antes bien, es la interrupción de una serie de constantes conceptuales.
Lo judío como corte, como último, como “desnudo de una herida fotografiada; la escara cauterizada por la luz de la escritura, a fuego, a sangre, pero también a ceniza.”35 Como “quemadura espectral del vientre”36. “Nunca he hablado más que de la circuncisión”37, del discurso del límite, pero también, de la escritura del cuerpo.38 “Allí donde el corte debe también unir”.39 Bensussan detecta allí el desplazamiento central que está operando sobre la base de la lectura derrideana: “el último de los judíos es el judío imposible”40. ¿Pero, qué significa esta última afirmación? No solamente la apertura del ipse, como señalábamos hace un momento, sino, antes bien, que lo judío puede constituir uno de los elementos filosóficos para pensar la deconstrucción en el terreno de la historia y la política de los estados nacionales (y fundamentalmente nacionalistas); lo judío como el lugar de la memoria y la promesa.
IV.
Los trazos judíos del pensamiento de la deconstrucción entablan una familiaridad con nociones derrideanas por cierto anteriores a la tematización explícita (aunque breve) de lo mesiánico. La différance, la huella, la justicia, el fantasma, el extranjero, entre otras, son nociones que convergen en más de un sentido en el tratamiento de lo mesiánico en tanto pensamiento de lo imposible. El núcleo de este pensamiento, así como de los autores que hemos aquí evocado, quizás pueda formularse como la exigencia de volver a pensar la cuestión de la temporalidad. Una temporalidad diferente de las especulaciones modernas-seculares, es decir, aquellas que han entendido al tiempo de manera funcional al proyecto epistémico moderno de continuidad con las ciencias naturales y su alucinada idea de progresión infinita. Porque el mesianismo aquí en juego es el desgarro del tiempo, la puesta en abismo de la historia, una inscripción de finitud que impide la apropiación monótono-teísta de lo político.41 El mesianismo desbarata el tiempo del Rey porque es la desproporción del tiempo. Un “Es gibt” que no unifica epocalmente sino que arroja los dados del azar, redoblando la destinación. No hay identificación del don. Ça donne.42
Un tiempo diferente, diferenciador, que rompa con la unidimensionalidad e irreversibilidad, en consonancia con una concepción de la subjetividad moderna como subjectum. En este sentido, a la base del pensamiento derrideano, cabe todavía especificar una influencia no-judía que, como sabemos, es otra de las grandes marcas de nuestro autor. Nos referimos al pensamiento de Martin Heidegger. “La época de la imagen del mundo” y algunos fragmentos de los Seminarios sobre Nietzsche aportan, en la caracterizaciones allí presentes, elementos de gran relevancia acerca de la relación entre ciencia moderna y metafísica moderna. Heidegger recupera en el primero de estos textos una de las notas centrales del proceder científico como “proceder anticipativo”43 que articulado con la idea moderna de observación activa, i.e., el experimento, hacen de la “base empírica” la confirmación de una ley formulada de antemano (en última instancia, en ello radicaría el proceder básico del método hipotético-deductivo). El conocimiento científico comienza poniendo como base una ley.44 “El experimento es un método de confirmación de la ley en el marco y al servicio del proyecto exacto de la naturaleza.”45 “Tanto en las ciencias históricas como en las naturales el método tiene como meta representar aquello que es constante y convertir la historia en un objeto.”46 “En el cálculo anticipatorio casi se instaura la naturaleza, en el cálculo histórico a posteriori casi la historia”47.
En el desmontaje heideggeriano de la práctica científica se encuentran las premisas claves de una posición metafísica como la moderna. La anticipación es el núcleo de un proceder que nos arroja su supuesto metafísico: el autoaseguramiento del subjectum como auto-posición de sí. Lo que se anticipa es la apropiación de aquello que, sólo por adelantado puede ser modalizado bajo las condiciones de posibilidad de lo comprensible, de lo inteligible, de lo que, en última instancia, intentaba mostrar Descartes en su famoso ejemplo de la cerca de la Segunda Meditación Metafísica. Lo que importa de la pregunta por la experiencia de la cera es la posibilidad de autoafirmación de un subjectumentendido como res cogitans.
Pensar la temporalidad, el tiempo, es, en última instancia, pensar al otro, al otro como don. Desde los inicios de la Filosofía, la neutralización de la temporalidad, de la historicidad ha sido, quizás, una de sus operaciones centrales. En última instancia, sólo lo que es constante, trascendental, podría reproducir de manera inalterada una identidad. Las diversas variantes de esta última frase nos arrojan al variopinto mundo de las figuras de lo inteligible: la Idea, Dios, lo trascendental, todos ellos, ensayos de dejar fuera al tiempo, porque el tiempo trae al otro como don.48
V.
El aporte de Derrida, según Beardsworth, se ubica en la articulación de su reflexión sobre lo político con su lectura de la metafísica.49 En ese sentido, se inserta en una tradición filosófica que intenta, no obstante, deconstruir el rol fundacional de lo metafísico para otorgarle un espacio diferente: el espacio del encuentro con el otro, contaminante, que ilumina una dimensión política sumamente relevante, la de la promesa. La promesa no se inserta en el juego de las garantías, antes bien se halla en el núcleo de la articulación entre el tiempo y la ley,50 haciendo de estos dos últimos elementos irreductibles el uno al otro. Frente al anhelo de eternidad que hemos detectado junto con Rosenzweig en la configuración de lo político, un anhelo que se ha hecho presente también en Lévinas y en cierta lectura de la separación de la violencia divina benjaminiana, lo político siempre era considerado como el despliegue de un horizonte totalizador. La separación, así, impedía, en alguna medida, la reinvención de lo político mismo, en tanto sostenía nociones modernas tales como soberanía y pueblo, bajo el esfuerzo de pensar una conceptualidad oponente.
Creemos que el caso derrideano nos permite detectar la exigencia de repensar las categorías modernas de la política, antes que oponerles un nuevo arsenal. A diferencia de la modernidad, nuestra época, signada por la muerte de Dios, nos consigna a una tarea de herencia del pensamiento. Pensar es heredar. Y heredar es inventar.51 Pero para entender lo que inventar significa, debemos en principio abandonar la ilusión de que un genio romántico sea una figura evocable. La herencia es la tarea del espectro, sin la mediación ilustrada benjaminiana, nos encontramos en el lugar de una escucha apropiadora, porque, tenemos que admitirlo, hablamos en nombre del otro. Pero, al mismo tiempo, el otro habla por nosotros, nos dice.
En el caso de la herencia del mesianismo, nos encontramos fuertemente interpelados por la cuestión de la ley. La ley como aquello que acomuna, que brinda o encarna un espacio de lo común. Como hemos visto, el mesianismo ha encontrado momentos de máxima tensión con la religión de la Ley, en tanto movimiento antinómico. En el desplazamiento filosófico contemporáneo, el enfrentamiento entre advenimiento mesiánico y ley adquieren una nueva complejidad, la complejidad resultante de una convivencia entre ellas.
Ley y advenimiento mesiánico están, de alguna manera, impelidos a comparecer. El resultado de este enlace con el problema de la ley, a través de una concepción de la temporalidad que, como veremos a propósito de la justicia, se presenta, en primera instancia, como puesta en abismo de la ley, anunciando una política de la finitud. Una política de la finitud que es el enclave de un despliegue abierto, cuya inscripción de finitud (desde cierto pensamiento de la huella) permite reabrir la discusión de la tradición que aquí reconstruimos sorteando el problema de la separación metafísica y, por tanto, poniendo en contacto las nociones derrideanas con las modernas desde una peculiar operación.52La deconstrucción muestra la necesidad de tomar seriamente el tiempo y la diferencia en toda comunidad.
El encuentro entre mesianismo y ley recubre el doble movimiento de la invención: por un lado, la puesta en abismo, como decíamos antes, pero también, por otro, la venida. Hay algo que viene, el venir no es simplemente el movimiento de la desarticulación, antes bien, pareciera que ruptura y positividad –si se nos permite utilizar esta palabra a través de un cierto desplazamiento- colisionan haciendo de la ruptura la donación de la ley (del otro) y más aún, la exigencia de la repetición. Volveremos sobre estas cuestiones, fundamentalmente sobre el doble movimiento de la invención, de la repetición como iteración, pero queremos mencionar aquí, aunque sea de una manera un poco apresurada, y por ello sin las mediaciones necesarias, que la dimensión de la promesa aporta un elemento central en el entrelazamiento entre positividad e iteración. Creemos que la cuestión de la ley es sumamente relevante para pensar lo comunitario, sin embargo, ha de tenerse en cuenta que la secularización del pensamiento de lo ley no debería abandonar la noción de esperanza como elemento fundamental, como elemento convocante del proceso de devenir constituyente de lo comunitario.
VI. 
Lo judío como ruptura de la circularidad auto-reproductiva, un exterior al interior del sistema (el afuera es el adentro), que no solamente lo corroe, sino que lo interrumpe y altera.Lo judío como particularidad o resto frente al universalismo de la humanidad, ejemplarmente comprometida en la alianza de Dios con el pueblo de Israel.
Lo judío como ruptura de la Historia Universal (Rosenzweig), como crítica a la historia, como errancia consagrada a una ética de lo infinito, de la hospitalidad al otro (Lévinas). Y en esta hospitalidad, la acogida de lo completamente otro hace obra. “Él habrá obrado”, el carácter acontecimental de una herencia que se revela como invención. Un diálogo –como diría Rosenzweig- que se toma en serio el tiempo, y que encuentra en la finitud, la condición de toda responsabilidad. Y allí se produce la invención del otro, es lo que rompe lo posible, el tiempo de la presencia en el presente-a-sí.
“El resto no es, hay el resto que se da.”53 Porque toda invención supone contrato, promesa, compromiso, institución, derecho, legalidad y legitimación. Pero, al mismo tiempo, supone un discurso imprevisible, nuevo, original, singular, que rompería con ciertas reglas, cierto consenso, cortesía y sociabilidad, dado que la invención supone cierta ilegalidad, la ruptura de un contrato implícito e introduce un desorden en la organización de las cosas, podríamos decir, del decoro.54
Creemos que esta tradición se encuentra, al menos en un punto, en la subversión de los niveles clásicos de conceptualidad filosófica: la ética y la política son lo primero. Frente al despliegue de una metafísica fundamental, de la cual se derivaría todo saber práctico, la temática del mesianismo, a la luz de la tradición que queremos aquí reconstruir parece mostrar la primacía de lo práctico, la interpelación de un otro anterior a toda sistematización en nombre de un sí-mismo.
Por su parte, la filosofía quizás pueda verse desde cierto prisma como un río que, hacia el comienzo de su desembocadura, se ha sumergido más y más en las aguas del Jordán. Pero esta condensación produce el desplazamiento de la invención que toda herencia representa, porque la finitud nos consigna a la situación, la herencia situada, histórica. A la luz del peligro del presente, nos instala de nuevo en el juego de los ecos judaicos del último de los judíos, el más allá, el sin judío. Un resto del judaísmo hace de su tradición una tarea inagotable, de escucha y diálogo, de escrituras y (re) escrituras.


Gabriela Balcarce PHD. Doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y docente del Departamento de Filosofía de dicha institución. Su actual área de investigación es la filosofía de la historia y política contemporánea, con especial interés en las lecturas y elaboraciones derrideanas en torno a la temática de la justicia y del mesianismo. Actualmente posee una beca post-doctoral del CONICET.



Fecha de recepción: 19 de noviembre de 2012 

Fecha de aceptación: 20 de diciembre de 2012


1 G. Ofrat, The Jewish Derrida, Pre-face, trad. Peretz Kidron, Syracuse University Press, 2001.p.1.
2 El encuentro con Moshe Idel se produjo el día 20 de abril de 2009 en la sede de la Fundación Amigos de la Universidad Hebrea de Jerusalem, Buenos Aires. Extrañamente, el encuentro giró en torno a su trabajo en el volumen colectivo Judéités, en el cual, si hacer caso a su mismo consejo, Idel establece una fina relación entre la noción derrideana de textualidad y la concepción del lenguaje de la Cábala. Quizás simplemente no haya comprendido mi pregunta o el encuadre de su pertinencia. En cuanto al texto mencionado, analiza la cercanía de algunas ideas derrideanas en torno a la textualidad y su vinculación con la Cábala, allí señala: “Rabí Menajem Recanati, el cabalista tradicional de la Edad Media y Jacques Derrida, el deconstruccionista posmoderno, coinciden en un punto capital: la centralidad absoluta del libro en la vida espiritual. Para Recanati, el libro de la Torá es el prisma transparente en el que se puede percibir el Dios infinito. Para Derrida, el texto es el prisma que permite descubrir una infinidad de significaciones. Lo que cambia es la naturaleza del infinito considerado por cada uno de estos dos autores. Pero ambos afirman de manera tajante el carácter totalizante del texto. La fórmula de Derrida sugiere que, en la relación entre el autor y el libro, el autor es el que pierde. Queda completamente excluido. En otras palabras, la fusión cabalística del autor y del libro ha preparado el terreno a la absorción del autor en el seno de su texto, tal como ocurre en la deconstrucción derrideana.” (« Jacques Derrida et les sources kabbalistiques » en J. Cohen y R. Zagury-Orly, Judéités. Questions pour Jacques Derrida, Paris, Galilée, 2003, p.140).
3 H. Cixous, Portrait de Jacques Derrida, en jeune saint juif, Paris, Galilée, 2001, p.15.
4 Comentario referido en S. Drob, “Jacques Derrida and the Kabbalah”, New York Jewish Review, 2006.
5 De reciente aparición, cabe mencionar la obra de Silvia Geraci L'ultimo degli ebrei. Jacques Derrida e l'eredità di Abramo [Milano, Mimesis, 2010], donde la autora asume un desafío, por cierto, muy cercano al nuestro en el intento de recuperar aquellos elementos judíos que pudieran hallarse en el extenso recorrido de una obra que, sin embargo, sólo marginalmente se ha abocado a tal cuestión. Entre los análisis de esta obra, es de especial recomendación aquel consignado a la figura del marrano en consonancia con la temática de la cripta y del secreto.
6 En el comienzo de Philosophie et judaïsme. H. Cohen, F. Rosenzweig, E. Levinas (Paris, Puf, 2008), Sophie Nordmann postula una filiación profunda entre Cohen, Rosenzweig y Lévinas. Más allá de las diferencias que evidencian puntos claros de ruptura entre estos pensamientos, puede encontrarse una inquietud común: el amor al extranjero, preconizado a la luz de un carácter intrínsecamente ético del judaísmo. El reconocimiento explícito de Rosenzweig a su maestro Cohen en La Estrella , reivindicando el movimiento filosófico de este último en el hallazgo de un órganon del pensar nuevo, diferencial, que no parte de la nada vacía y esencial del idealismo, “una nada que se coordina con el elemento que busca”, abriendo la vía de la negación de la nada, una nada que remite a un algo, permitiendo a Rosenzweig, sobre este esquema, arruinar el paradigma filosófico del pensar occidental: el sistema hegeliano. Por su parte, Lévinas, en su prólogo al conocido libro de Mosès, Système et Révélation (« Préface » en Système et révélation. La philosophie de Franz Rosenzweig, Paris, Éditions du Seuil, 1982, p.8) señala que la novedad profunda deLa Estrella está ligada al carácter primordial de una cierta racionalidad, en defensa de la diversidad irreductible (op. cit., p.13). Más aún –señala Nordmann- es el lugar del judaísmo, de sus categorías, de la postulación de una trascendencia que insiste en la alteridad divina y en el otro como el espacio donde se juega la labor, o la esperanza, de aquello que Rosenzweig denomina “acelerar el Reino”.
7 S. Mosès, Eros y la Ley, trad. Alejandrina Falcón, Buenos Aires, Katz, 2007, p.55.
8 Cabe mencionar la existencia de dos Talmudes, uno procedente de Jerusalén y otro de Babilonia. Generalmente, el uso de este último es mucho más frecuente. Sin embargo, nos resulta interesante en el contexto de esta indagación señalar que esta dualidad del texto, que se evidencia en la no-identidad de estos dos libros es un ejemplo por cierto ilustrativo para caracterizar la construcción judía de la tradición transida por una fuerte hermenéutica.
9 “Uma página do Talmude, coletânea das leis orais judaicas e das suas exegeses pelos rabinos, ilustra um entrelaçamento de texto e interpretações, provenientes de tempos e espaços múltiplos. A disposição dos comentários no Talmude, em vez de sugerir a presença de uma hierarquia entre eles, permite que se vislumbre, em seu arranjo associativo aparentemente livre, a polifonia que o constituiu - evidência de que, no pensamento rabínico, o geral esteve sempre sujeito a constante escrutínio, de que houve uma busca constante pelas explicações alternativas, exceções e variações, contribuindo para o estabelecimento de uma tradição de interpretação no contexto judaico.” (M. C. Castellões de Oliveira, “De rabinos e cabalistas a Benjamin, Rosenzweig e Derrida” en E. Nascimento (org.) Jacques Derrida: pensar a desconstrução, Rio de Janeiro, Editora Estacao Libertade, 2005, p.301).
10 J. Derrida, “Escoger su herencia” en Y mañana qué…, p.12. [De quoi demain... Dialogue (con E. Roudinesco). Paris, Fayard/Galilée, 2001. Y mañana que…, trad. V. Goldstein, Buenos Aires, FCE, 2002].
11 Spectres de Marx (SM), p.98 / 67. [Spectres de Marx. L'État de la dette, le travail du deuil et la nouvelle Internationale, Paris, Galilée, 1993. Espectros de Marx El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional, trad. José Miguel Alarcón y Cristina De Peretti, Madrid, Trotta, 1995].
12 SM, p.99 / 68.
13 Y. H. Yerushalmi, Zajor. La historia judía y la memoria judía, Madrid, Anthropos, 2002, p.17. “Tanto el lenguaje como el gesto están montados para incitar, no tanto un salto de la memoria como una fusión del pasado y el presente. Aquí el recuerdo no es ya la reminiscencia, que aún conserva un sentido de distancia, sino la reactualización” (op. cit., 53).
14 A. Sucasas, Lecturas del palimpsesto, Buenos Aires, Lilmod, 2006, p.174.
15 Volveremos sobre esta cuestión más adelante, a propósito de la cuestión del mesianismo en la sección VI.
16 F. Rosenzweig, El nuevo pensamiento, trad. Ángel García-Maturano, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2005, p.34.
17 F. Rosenzweig, La Estrella de la Redención, trad. Miguel García Baró, Sígueme, Salamanca, 1997, p.129.
18 E. Lévinas, Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad, Valencia, Sígueme, 1999, p.254.
19 J. Derrida, op. cit., p.30.
20 J. Derrida, Fe y Saber [FS], p.71. [Foi et savoir / Le siècle et le pardon, Paris, Éditions du Seuil, 2001. El Siglo y el Perdón seguido de Fe y Saber. trad. de El Siglo y el Perdón: M. Segoviano, trad. de Fe y Saber: C. de Peretti y P. Vidarte, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2003]. En su artículo “Autour du théologico-politique” (Judeités, pp.277-302), Hent de Vries caracteriza a la filosofía derrideana como el lugar de la intersección de lo mesiánico en el terreno de la teología política. A partir de su lectura de Fe y saber –en particular, del análisis de la mundialatinización caracterizada como el efecto del cristianismo romano que subdeterminaría el lenguaje del derecho, de la política e, inclusive de un “retorno a lo religioso” - cierto mesianismo judío parecería entrar en escena para solicitar dicha conceptualidad. La cuestión de lo religioso es, como podemos notar en la extensa cita del epígrafe, una cuestión romana. “Pensar la religión es pensar lo romano” y, con ello, las bases del pensamiento político occidental.
21 FS, p.83.
22 SM, p.16 / 13.
23 J. Derrida, De la Gramatología, cap. 2, § 2 “El afuera es el adentro”. [De la Grammatologie, Paris, Minuit, 1967. Versión castellana: De la Gramatología, trad. Oscar del Barco y Conrado Ceretti, México, Siglo XXI, 1985].
24 La lectura de La cuestión judía, allí donde el judío es caracterizado como el individuo económico ejemplar. Dotti señala que “la modernidad comienza con una primacía de lo político y concluye con su sometimiento a lo económico” y es de este modo que La cuestión judía puede leerse en términos de “la articulación entre la representación teológico-política y la económica” Si el judío representa el elemento particularista del egoísmo mercantil, la articulación entre política y economía parece quedar trunca, en la medida en que toda universalidad predicable caería en una mera abstracción: “Si el judaísmo auténticamente tal, sustentado y afianzado en su religiosidad, rechaza una universalidad inmediatamente presente en los nexos de los hombres entre sí […] y es receloso de la mediación cristiana, pues ninguna representación de Dios es justa y sacra, y la única actitud ante el Mesías es la fe y la esperanza esperanzada, entonces la mediación inter-humana (es decir, no limitada al pueblo de Israel) queda circunscripta al único espacio donde no hay inmediatez natural ni mediación teológico-política, y que es a su vez la Ley que permite y regula: la sociedad civil, o sea, […] el intercambio capitalista con su lógica dineraria y el espacio público no estatal con su pluralismo doxológico.” (« Filioque », Prólogo a la trad. castellana de C. Schmitt, La tiranía de los valores, trad. Sebastián Abad, Buenos Aires, Hydra Editorial, 2009, pp.9-86). Hemos caracterizado al judío desde un lugar, por cierto, diferente del que aquí encontramos. Lo judío como corte, interrupción del proceso de intercambio. Y es bajo esta perspectiva que nos interesará aquí esbozar un camino de indagación que, de alguna manera, recupere algunos de los elementos que hemos evocado. Entre ellos, la cuestión del tiempo y del otro, porque es sobre la base de estas nociones que el mesianismo derrideano iluminará un espacio de interrogación acerca de estas cuestiones que aquí referimos.
25 J. Derrida, Dar (el) tiempo [DT], p.18 / 17. [Donner le temps. 1. la fausse monnaie, Paris, Galilée, 1991. Dar (el) Tiempo. I. La moneda Falsa, trad. C. de Peretti, Barcelona, Paidós, 1995].
26 J. Derrida. “Cironfesión” [CF], p.109-110. [en Jacques Derrida, Paris, Le seuil, 1991, con G. Bennington. “Circonfensión”, trad. M.L. Rodríguez Tapia, en Jacques Derrida, Madrid, Cátedra, 1994]. Derrida ensaya una operación análoga a la que realiza con el vocablo ‘différance’, haciendo uso de las homofonías. En este caso, el acercamiento permite la idea de la palabra y discurso como corte, más aún, la literatura misma como un pedido de circuncisión: incisión en el circum. El círculo es la figura privilegiada del ipse.
27 J. Derrida, « Un témoignage donné » en Questions du judaïsme, p.86.
28 J. Derrida, op. cit., p.87.
29 J. Derrida, « Abraham, l’autre » (en Judéités, op. cit.). También en « L’invention de l’autre », p.171. [Psyché : inventions de l’autre, Paris, Galilée, 2003].
30 La cuestión de la autobiografía es uno de los temas centrales de la obra derrideana. Más allá de algunas elaboraciones que, desde nuestra perspectiva, arrojen líneas de vinculación con esta temática, no abordaremos in extenso la cuestión, dado que excede los propósitos de esta investigación. En « Autobiographie et judéité chez Jacques Derrida », Régine Robin centra la cuestión de la aporía autobiográfica a la luz de la cuestión del judaísmo. Por un lado, la experiencia del margen en la Argelia de su infancia y el análisis posterior de los lugares de domicilio derrideano: Paris, Estados Unidos. Autobiografía como experiencia de la errancia, de la no-pertenencia, es el recorrido que la autora, a través del judaísmo derrideano, de su condición de judío, pero también desde la reinvención derrideana de lo judío como “judeidad sin judaísmo” (elaborada en “Abraham, l’autre”) señala: « Comme beaucoup de juifs français de sa génération, le poids de l’assimilation a rendu le judaïsme totalement extérieur. Il ne peut s’appréhender par des textes, des rites, une langue spécifique, une mémoire. Il ne peut que s’inscrire en creux. Identité de désinstallation, de décentration, sans positivité. On conçoit que les tentatives de réappropriation tardive de cette génération aient pu être violentes, extrêmes, qu’elles aient pris un aspect religieux ou toute autre forme culturelle. Comme on le voit, Jacques Derrida, dans son rapport au judaïsme, a su échapper à ces formes de « reterritorialisation » simples.” (Études Françaises, 38, 1-2, p.213).
31 G. Bensussan, « Le Dernier, le reste… » en Judeités, p.43. Bensussan señala que : « Exclu-inclus, dedans-dehors, telle serait donc la position du “dernier des Juifs”, une position mobile si l’on peut dire, l’arpentage d’un espace crypté, d’une architecture faite de passages secrets. » (p.44).
32 CF, p.284.
33 CF, p.49.
34 CF, p.97.
35 CF, p.77.
36 CF, p.90.
37 CF, p.93.
38 Ibid.
39 CF, p.313
40 G. Bensussan, op. cit., p.45.
41 En una línea cercana, Biset afirma: “La cuestión de la invención política, de la política mesiánica, del más-allá-dentro, permiten oponer dos políticas. Habría una política posible, es decir, aquellas instituciones que conforman el dispositivo político en un cierto tiempo y lugar. Esto significa que las instituciones políticas de una época conforman una estabilización del campo de fuerzas en el cual se ubican. Un dispositivo que es, como el derecho, deconstruible y perfectible. Habría, a la vez, una política imposible, aquella que no tiene una figura determinada, que no tiene instituciones estables.” (Violencia, justicia y política, Tesis doctoral. Universidad Nacional de Córdoba, Facultad de Filosofía y Humanidades - Université Paris 8 – Vincennes-Saint-Denis U.F.R. Arts, Philosophie & Esthétique, École Doctorale Pratiques et Théories du Sens, 2009, en prensa, p.232).
42 DT, p.31. « [T]he givenness of phenomena, into an analysis of the paradoxes of a present which is not present, of a givenness, of what cannot be anticipated, and what cannot be reciprocated, without annulling the status of the given, as gift.”(J. Hodge, Derrida on Time, London & NY, Routledge, 2007, p.67).
43 M. Heidegger, “La época de la imagen del mundo” en Caminos del bosque, p.66. [Holzwege (GA, 5). Caminos del bosque, trad. Helena Cortés y Arturo Leyte, Madrid, Alianza, 1995].
44 M. Heidegger, op. cit. p.67.
45 M. Heidegger, op. cit., p.68.
46 Ibid.
47 M. Heidegger, op. cit., p.72.
48 « Car l’homme, s’il es tout entier temps, l’est dans le scandale d’une désappartenance et d’une désappropriation. » (G. Bensussan, Le temps messianique. Temps historique et temps vécu, Paris, Libraire Philosophique J. Vrin, 2001, p.34).
49 R. Beardsworth, Derrida y lo político, Buenos Aires, Amorrortu, 2008, p.17.
50 Ibid.
51 Para poner de relieve esta operación que, a nuestro juicio, es central en Derrida, recordamos al lector que incluso la palabra “déconstruction” es producto de la herencia –traducción del Abbauheideggeriano y la Destruktion nietzscheana. Cf. “Lettre à un ami japonais” en Psyché (op. cit.).
52 Somos conscientes de que la filosofía derrideana ha sido considerada en más de una ocasión como apolítica. Tal es el caso de Johnatan Culler, quien afirma que la deconstrucción pertenece al terreno de un retoricismo, el cual, en todo caso, invitaría a la literatura a una lectura filosófica. (Cf. Theory and Criticism after Structuralism Ithaca – NY, Cornell University Press, 1983). Sin embargo, nuestra lectura intentará situar las nociones derrideanas aquí exploradas en un terreno de absoluta vinculación con la reflexión política, más aún, creemos que Derrida ensaya una operación conceptual profunda de las estructuras básicas del pensar metafísico que, en última instancia, operan de manera directa en el terreno de la política y las instituciones.
53 DT, p.11 / 13. En un bello texto en torno a la figura del resto Gérard Bensussan afirma: « Le reste, c’est sans doute cela: ce qui résiste dans sa « restance » et, du coup, ce qui autorise un accueil inconditionnel à l’arrivant imprédictible, imprédicible. « Si le Messie vient ‘aujourd’hui’, le Reste est prêt à l’accueillir » écrit Rosenzweig en croisant les motifs de l’inanticipable et l’ouverture. » (« Le dernier, le reste… Derrida et Rosenzweig » en Judéités, pp.46-47).
54 Cf., « L’Invention de l’autre », p.57. 
 Revista Observaciones Filosóficas - Nº 14 / 2012


lunes, 1 de julio de 2013

Toni Negri sobre Foucault, entrevista





Pregunta 1: ¿Los análisis de Foucault mantienen su actualidad para comprender el movimiento de las sociedades? ¿En qué terrenos le parece que deberían ser renovados, reajustados, prolongados?

Respuesta 1: La obra de Foucault es una extraña máquina; en realidad, no permite pensar la historia más que como historia presente. Probablemente, una buena parte de lo que Foucault escribió (Deleuze lo subrayó muy acertadamente) debería hoy ser reescrito. Lo que resulta asombroso -y conmovedor- es que en ningún momento cese de buscar; hace aproximaciones, deconstruye, formula hipótesis, imagina, construye analogías y cuenta fábulas, lanza conceptos, los retira o los modifica… Es un pensamiento de una inventiva formidable. Pero esto no es lo esencial; yo creo que lo fundamental es su método, porque éste le permite estudiar y a la vez describir el movimiento del pasado al presente y del presente al porvenir. Es un método de transición del cual el presente representa el centro. Foucault está ahí, en ese hueco, ni en el pasado, del que hace la arqueología, ni en el futuro, del que a veces esboza la imagen -"como en los límites del mar, un rostro sobre la arena"-. Es a partir del presente como resulta posible distinguir los demás tiempos. A menudo se le ha reprochado a Foucault la legitimidad científica de sus periodizaciones; es comprensible la actitud de los historiadores, pero al mismo tiempo me gustaría decir que no se trata de un verdadero problema: Foucault se encuentra allá donde se instale la problemática, y esto partiendo siempre de su propio tiempo.

El análisis histórico se convierte, con Foucault, en una acción; el conocimiento del pasado, en una genealogía; la perspectiva futura, en un dispositivo. Para quienes proceden del marxismo militante de los años 60 (y no de las tradiciones dogmáticas caricaturescas de la Segunda y la Tercera Internacional), el punto de vista de Foucault se percibe, de forma natural, como absolutamente legítimo; se corresponde con la percepción del acontecimiento, de las luchas, y de la alegría de arriesgarse fuera de toda necesidad y de toda teleología preestablecida. En el pensamiento de Foucault, el marxismo queda completamente desmantelado, ya sea desde el punto de vista del análisis de las relaciones de poder o de la teleología histórica, del rechazo del historicismo o de cierto positivismo; pero, al mismo tiempo, el marxismo se ve también reinventado y remodelado desde el punto de vista de los movimientos y de las luchas, es decir, desde el punto de vista, en realidad, de los sujetos de tales movimientos y tales luchas: porque conocer es producir subjetividad.

Pero antes de seguir avanzando, me gustaría volver atrás por un instante. Es habitual distinguir tres Foucault: hasta finales de los años 60, Foucault estudia la aparición del discurso de las ciencias humanas, es decir, de lo que llama una arqueología del saber y, al mismo tiempo, de su economía después de tres siglos, y lleva a cabo una gran lectura de la modernidad occidental a través del concepto de episteme; más tarde, en los años 70, vienen las investigaciones sobre las relaciones entre los saberes y los poderes, sobre la aparición de las disciplinas, del control y de los biopoderes, de la norma y de la biopolítica, es decir, una analítica general del poder y, al mismo tiempo, la tentativa de hacer la historia del desarrollo del concepto de soberanía desde su aparición en el pensamiento político hasta nuestros días; y finalmente, en los años 80, el análisis de los procesos de subjetivación bajo la doble perspectiva de la relación estética con uno mismo y de la relación política con los otros -aunque, sin duda, en este caso se trata de la misma indagación: el cruce entre la estética de uno mismo y la preocupación política es lo que también se llama ética-.

En realidad, no sé si podemos distinguir tres Foucault, ni siquiera dos, pues antes de la publicación de Dichos y Escritos y de los cursos en el Collège de France, se tendía a no tener verdaderamente en consideración al último Foucault. Me parece, en efecto, que los tres temas sobre los que se centró la atención foucaultiana son perfectamente continuos y coherentes; coherentes en el sentido de que forman una producción teórica unitaria y continua.

Lo que cambia es, probablemente, la especificidad de las condiciones históricas y de las necesidades políticas a las que Foucault se enfrentaba y que determinan de forma absoluta los campos por los que se interesa. Desde este punto de vista, asumir la perspectiva foucaultiana consiste también -se lo digo con mis propias palabras; sólo espero que también hubieran podido ser las de Foucault- poner un estilo de pensamiento (ese que reconocemos en la genealogía del presente, ese que no deja de reactivarse cuando habla de producción de las subjetividades) en contacto con una situación histórica dada. Y dicha situación histórica es una realidad histórica de las relaciones de poder. Foucault lo repite a menudo cuando habla de su pasión por los archivos y del hecho de que la emoción de su lectura procede de que nos narran fragmentos de existencia: la existencia, pasada o presente, ofrecida en papeles amarillentos o vivida día a día, es siempre un encuentro con el poder; no es más que eso, pero es algo enorme.

Cuando Foucault se pone a trabajar sobre la transición de finales del siglo XVIII a comienzos del XIX -es decir, a partir de Vigilar y Castigar-, se encuentra frente a una dimensión específica de las relaciones de poder, de los dispositivos y estrategias que éste implica, es decir, en realidad frente a un tipo de relaciones de poder totalmente articuladas sobre el desarrollo del capitalismo. Éste exige un control total de la vida en la medida en que la constitución de una fuerza de trabajo, por un lado, y las exigencias de la rentabilidad de la producción, por otro, lo demandan. El poder se convertía en biopoder. Ahora, si bien es verdad que Foucault utiliza a continuación el modelo de los biopoderes para tratar de hacer una ontología del presente, se buscarán en vano, en los análisis consagrados al desarrollo del capitalismo, la determinación del paso del Welfare-State a su crisis, de la organización fordista a la organización posfordista del trabajo, de los principios keynesianos a los de la teoría neoliberal de la macroeconomía. Pero es verdad también que en esta sencilla definición de la transición del régimen de la disciplina al de control, a comienzos del siglo XIX, ya se puede comprender que lo posmoderno no representa una retirada del Estado con respecto al dominio sobre el trabajo social, sino un perfeccionamiento de su control sobre la vida.

En Foucault, uno encuentra, en realidad, esta intuición desarrollada por todas partes, como si el análisis de la transición a la era post-industrial constituyese un elemento central de su pensamiento, cuando lo cierto es que nunca habla de ello directamente. El proyecto de una genealogía del presente, que estructura por completo su relación con el pasado desde comienzos de los años 70, y la idea de una producción de subjetividad, que permite, desde el interior del poder, tanto modificar y quebrar su funcionamiento como crear subjetividades nuevas, son impensables al margen de la determinación material de dicho presente y la transición que ha encarnado en él. El paso de la definición de lo político moderno a la de lo biopolítico posmoderno, he aquí lo que -a mi parecer- Foucault intuyó de forma extraordinaria.

En Foucault, el concepto de lo político -y el concepto de la acción en un contexto biopolítico- difieren radicalmente tanto de las conclusiones de Max Weber y sus epígonos del siglo diecinueve como de las concepciones modernas del poder (Kelsen, Schmitt, etc.). Foucault fue probablemente sensible a sus tesis, pero tengo la impresión de que, a partir del 68, el marco cambia radicalmente y Foucault no puede dejar de tenerlo en cuenta. Para nosotros que continuamos utilizando a Foucault a su pesar, más allá de él mismo -y es un regalo el que nos hizo de una generosidad extraordinaria; Foucault fue un hombre de pensamiento generoso, es demasiado raro para que se insista lo suficiente-, no hay nada que renovar ni que corregir en sus teorizaciones: basta con prolongar sus intuiciones sobre la producción de subjetividad y sus implicaciones.

Cuando Foucault, Guattari y Deleuze apoyan, por ejemplo, las luchas sobre la cuestión carcelaria en los años 70 construyen una nueva relación entre el saber y el poder: tal relación no concierne solamente a la situación en las prisiones, sino al conjunto de situaciones en las que pueden desarrollarse, conforme al mismo modelo, espacios de libertad, pequeñas estrategias de torsión del poder desde el interior del poder mismo, la reconquista de la propia subjetividad individual y colectiva, la invención de nuevas formas de comunidad, de vida y de lucha; en una palabra: lo que nosotros llamamos subversión. Foucault no es grande solamente por la notable analítica del poder que llevó a cabo, por sus fulgores metodológicos, o por la manera inédita en que entremezclo la filosofía, la historia y la preocupación por el presente. Foucault nos deja intuiciones cuya validez no cesamos de constatar; en particular, redefinió el espacio de las luchas políticas y sociales y la figura de los sujetos revolucionarios con respecto al marxismo "clásico": la revolución, para Foucault, no es -o, en todo caso, no es sólo- una perspectiva de liberación; es una práctica de libertad. Es producirse a uno mismo y con los otros en las luchas; es innovar, inventar lenguajes y redes; es producir, reapropiarse del valor del trabajo vivo. Es volar el capitalismo desde su interior.

Pregunta 2: ¿No le parece que asistimos a una cierta marginación de Foucault por parte de la mayoría de las corrientes que afirman querer retomar la crítica social y política en Francia? ¿Qué ocurre en el resto de Europa (en Italia, por ejemplo) y en los Estados Unidos?

Respuesta 2: Los medios académicos detestan a Foucault. Creo que se le marginó ya en los años 60; después, vino la promoción en el Collège de France para aislarlo aún mejor -y no solamente porque la Universidad no perdona el éxito a los intelectuales-. El positivismo sociológico a lo Bourdieu ha resultado sin duda muy fecundo, pero no ha sido capaz de asimilar el pensamiento foucaultiano, del que ha denunciado su subjetivismo. Ahora bien, evidentemente no hay subjetivismo en Foucault. Bourdieu, probablemente, se dio cuenta en sus últimos años.
Lo que Foucault refuta siempre, en todos los rincones de su obra, es el trascendentalismo, las filosofías de la historia que no aceptan poner en juego todas las determinaciones de lo real frente a la red y al conflicto de las potencias subjetivas. Por trascendentalismo, en suma, entiendo todas las concepciones de la sociedad que pretenden poder evaluarla o manipularla desde un punto de vista externo, autoritario. No, tal cosa no es posible. El único método que nos permite el acceso a lo social es el de la inmanencia absoluta, el de la invención continua de la producción del sentido y de los dispositivos de acción. Como otros autores importantes de su generación, Foucault ajusta las cuentas con todas las reminiscencias del estructuralismo; es decir, con la fijación trascendental de las categorías epistemológicas que ésta prescribe (hoy en día, este error se reproduce con una cierta renovación del naturalismo, en funcionamiento en la filosofía y en las ciencias sociales…).

Y luego, en Francia, Foucault es rechazado porque, desde el punto de vista de la crítica, no se inscribe en las mitologías de la tradición republicana: no hay nadie más alejado que él del soberanismo, aunque sea jacobino; de la laicidad unilateral, aunque sea igualitaria; del tradicionalismo en la concepción de la familia y de la demografía patriótica, aunque sea integradora, etc. Pero, entonces, ¿la metodología de Foucault no se reduce a una posición relativista, escéptica; es decir, a la degradación de una concepción idealista de la historia? No, de nuevo no. El pensamiento de Foucault propone fundar la posibilidad de la subversión -el término es más mío que suyo; Foucault hablaría de "resistencia"- mediante un liberación total con respecto a la tradición moderna del Estado-nación y del socialismo. Una propuesta que es del todo distinta de la del escéptico o el relativista; una propuesta que, por el contrario, se construye sobre la exaltación de la Aufklärung, de la reinvención del hombre y de su potencia democrática, después de que todas las ilusiones del progreso y de la reconstrucción común hayan sido traicionadas por la dialéctica totalitaria de lo moderno. En suma, Foucault podría apropiarse de la frase del joven Descartes: Larvatus prodeo, "camino enmascarado".

Cada uno de nosotros debe -creo yo- admitir lo siguiente: el nacional-socialismo es un puro producto de la dialéctica de lo moderno. Liberarse de él significa ir más lejos. La Aufklärung, nos recuerda Foucault, no es la exaltación utópica de las luces de la razón; al contrario, es la des-utopía, es la lucha cotidiana en torno al acontecimiento, es la construcción de la política a partir de la problematización del "aquí y ahora", de los temas de la emancipación y la libertad. La batalla de Foucault en torno a la cuestión de las prisiones, llevada a cabo con el GIP a comienzos de los años 70, ¿le parece a usted relativista o escéptica? ¿O la toma de posición en apoyo de los autónomos italianos en el momento más difícil de la represión y del compromiso histórico en Italia?

En Francia, Foucault ha sido a menudo víctima de la lectura que hacían de él sus amigos, sus alumnos y sus colaboradores. El anticomunismo ha desempeñado aquí un papel crucial. Se ha presentado la ruptura metodológica con el materialismo y el colectivismo como una reivindicación del individualismo neoliberal. Cuando deconstruía las categorías del materialismo dialéctico, Foucault era muy apreciado; pero también reconstruía las del materialismo histórico, y eso ya no valía. Y cuando la lectura de los dispositivos y el trabajo sobre la ontología crítica del presente hacen referencia a la libertad de las multitudes, a la construcción de bienes comunes, al desprecio por el neoliberalismo, entonces sus alumnos se retiran. Tal vez Foucault murió en buen momento.

En Italia, en Estados Unidos, en Alemania, en España, en América Latina y ahora, cada vez más, en Gran Bretaña, no hemos conocido este perverso juego parisino que se ha puesto en marcha para marginar a Foucault de la escena intelectual. Foucault no ha pasado por la criba asesina de las querellas ideológicas de la intelligentsia francesa; se le ha leído en función de lo que dijo. La analogía con respecto a las tendencias de renovación del pensamiento marxista de finales de los años 70 también se ha considerado a menudo fundamental. Sin embargo, no sólo se reconoce la coincidencia cronológica: se trata, más bien, de la sensación de que el pensamiento foucaultiano ha de comprenderse en medio de toda una serie de tentativas -prácticas o teóricas- de emancipación y de liberación, en un enmarañamiento de preocupaciones epistemológicas y perspectivas ético-políticas que implica una crítica violenta de los partidos, de la lectura de la historia y de los sujetos que en ella se reconocen. Creo que los obreristas europeos y las feministas americanas, por ejemplo, han encontrado en Foucault numerosas pistas para la investigación y, sobre todo, la incitación a transformar sus metalenguajes en una lengua común, tal vez universal, para el mundo que viene, o en todo caso para el siglo que viene.

Pregunta 3: Michael Hardt y usted mismo escriben, en Imperio, que "el contexto biopolítico del nuevo paradigma es absolutamente central para nuestro análisis". ¿Puede explicarnos el vínculo, que no tiene nada de inmediatamente evidente, entre las nuevas formas de poder imperial y el "biopoder"?

Pregunta 4: Su deuda con respecto a Michel Foucault, de la que da fe a menudo, no está exenta de ciertas críticas. Así, escribe usted que Foucault no consiguió aprehender "la dinámica real de la producción en la sociedad biopolítica"? ¿Qué quiere decir con esto? ¿Hay que deducir de aquí que los análisis foucaultianos conducirían a una suerte de callejón sin salida político?

Respuestas 3 y 4: Partiendo de estas dos cuestiones, quisiera tratar de esclarecer lo que, en Imperio, Michael Hardt y yo hemos tomado en préstamo a Foucault y aquello a propósito de lo cual hemos, por el contrario, hecho ciertas críticas. Al hablar de imperio, no solamente hemos tratado de identificar una nueva forma de soberanía global diferente de la forma del Estado-nación; hemos tratado de captar las causas materiales, políticas y económicas de tal desarrollo y, al mismo tiempo, de definir el nuevo tejido de contradicciones que necesariamente encierra. Para nosotros, desde un punto de vista marxiano, el desarrollo del capitalismo (incluida la forma extremadamente desarrollada del mercado mundial) echa raíz en las transformaciones, así como en las contradicciones, de la explotación del trabajo. Son las luchas de los trabajadores las que transforman las instituciones políticas y las formas de poder del capital. El proceso que ha conducido a la afirmación de la hegemonía de la regla imperial no es una excepción: después de 1968, después de la gran rebelión de los trabajadores asalariados en los países desarrollados y de los pueblos colonizados en el tercer mundo, el capital ya no puede (en el terreno económico y monetario, militar y cultural) controlar y contener los flujos de la fuerza de trabajo dentro de los límites del Estado-nación. El nuevo orden mundial corresponde a la exigencia de un nuevo orden en el mundo del trabajo. La respuesta del capitalismo toma forma en diferentes niveles, pero el de la organización tecnológica de los procesos de trabajo es fundamental.

Se trata, en efecto, de la automatización de la industria y de la informatización de la sociedad: la economía política del capital y la organización de la explotación comienzan a desarrollarse cada vez más a través del trabajo inmaterial, la acumulación concierne a las dimensiones intelectuales y cognitivas del trabajo, a su movilidad espacial y a su flexibilidad temporal. La sociedad entera y la vida de los hombres se convierten así en objeto de un nuevo interés por parte del poder. Marx había previsto perfectamente (en los Grundrisse y en El Capital) tal desarrollo, al que él llamaba "subsunción real de la sociedad en el capital". Foucault comprendió -creo yo- este paso histórico, puesto que, por su parte, describió la genealogía del control de la vida - tanto de la vida individual como de la vida social- por el poder. Pero la subsunción de la sociedad en el capital (así como la aparición de los biopoderes) es mucho más frágil de lo que creemos, y, en particular, mucho más frágil de lo que el capital mismo cree, o de lo que el objetivismo de los epígonos marxistas (como la Escuela de Francfort, por ejemplo) quiere reconocer.

En realidad, la subsunción real de la sociedad (es decir, del trabajo social) en el capital generaliza la contradicción de la explotación a todos los niveles de la sociedad misma, del mismo modo que la extensión de los biopoderes abre la puerta a una respuesta biopolítica de la sociedad: no ya los poderes sobre la vida, sino la potencia de la vida como respuesta a tales poderes; en suma, esto abre la puerta a la insurrección y a la proliferación de la libertad, a la producción de subjetividad y a la invención de nuevas formas de lucha. Cuando el capital se adueña de la vida entera, la vida se revela como resistencia. Es, pues, en este punto en el que los análisis foucaultianos de la transformación de los biopoderes en biopolítica han influido en los nuestros sobre la génesis del imperio: en suma, cuando las nuevas formas del trabajo y de las luchas, producidas por la transformación del trabajo material en trabajo inmaterial, se revelan como productoras de subjetividad.

Con todo, no sé si Foucault estaría totalmente de acuerdo con nuestros análisis -¡yo espero que sí!-; porque producir subjetividad, para Michael Hardt y para mí, es en realidad hallarse en una metamorfosis que conduce al comunismo. En otros términos, pienso que la nueva condición imperial en la que vivimos (y las condiciones sociopolíticas en las que construimos nuestro trabajo, nuestros lenguajes y, en consecuencia, a nosotros mismos) pone en el centro del contexto biopolítico lo que nosotros llamamos lo común: no lo privado o lo público, no lo individual o lo social, sino lo que, todos juntos, construimos para asegurar al hombre la posibilidad de producirse y reproducirse. En lo común, nada de lo que constituía nuestras singularidades queda suspendido o borrado: simplemente, las singularidades se articulan las unas con las otras para obtener un "agenciamiento" -el término es de Deleuze- en el que cada potencia se ve multiplicada por la de los otros, y en la que cada creación es también inmediatamente la de los otros.

La vías que unen la revisión creativa del marxismo (a la que nos adherimos) con las concepciones revolucionarias de lo biopolítico y de la producción de la subjetividad elaboradas por Foucault son -creo yo- muy numerosas.

Pregunta 5: Las dos últimas obras de Foucault sobre los modos de la subjetivación parecen haber atraído menos su atención. ¿La construcción de una ética y de estilos de vida ajenos o resistentes al biopoder es una vía demasiado alejada de lo que ustedes proponen (la figura del militante comunista)? ¿O bien existen posibilidades de un acuerdo más profundo que nosotros no hemos percibido?

Respuesta 5: Las últimas obras de Foucault han tenido una gran influencia sobre mí; creo que lo que acabo de decirle a propósito de Imperio lo muestra con claridad. Permítame que le cuente un recuerdo un tanto curioso: a mediados de los años 70 escribí un artículo sobre Foucault en Italia -sobre eso que hoy se llama el "primer Foucault", el Foucault de la arqueología de las ciencias humanas-. Trataba de señalar los límites de ese tipo de indagación y esperaba una especie de paso hacia delante, una insistencia más fuerte sobre la producción de subjetividad. En aquella época, yo mismo estaba intentado salir de un marxismo que, sin bien resultaba profundamente innovador en el terreno teórico -puesto que se preguntaba si era factible un "Marx más allá de Marx"-, presentaba en cambio, en el terreno de la práctica militante, el riesgo de terribles errores.

Quiero decir con esto que, en los años de lucha apasionada que siguieron a 1968, en la situación de feroz represión que los gobiernos de derecha ejercieron contra los movimientos sociales de protesta, muchos de nosotros corrimos el peligro de una deriva terrorista y algunos cedieron a ella. Pero, tras este extremismo, estaba siempre la convicción de que el poder era uno y solamente uno, de que el biopoder convertía a la derecha y a la izquierda en algo idéntico, que sólo el partido podía salvarnos -y si no el partido, las vanguardias armadas estructuradas como pequeños partidos en versión militar, en la gran tradición de los "partisanos" de la Segunda Guerra Mundial-. Nosotros comprendimos que esa deriva militar era algo de lo que los movimientos no se recuperarían; y que no sólo se trataba de una elección humanamente insostenible, sino de un suicidio político. Foucault, y junto a él, Deleuze y Guattari, nos pusieron en guardia contra dicha deriva. A este respecto, eran ellos los auténticos revolucionarios: cuando criticaban el estalinismo o las prácticas del "socialismo real", no lo hacían de manera hipócrita y farisaica, como los "nuevos filósofos" del liberalismo; trataban de hallar el medio de afirmar una nueva potencia del proletariado contra el biopoder del capitalismo.

La resistencia al biopoder y la construcción de nuevos estilos de vida no están, pues, alejados del militantismo comunista, si se acepta pensar que el militantismo es una práctica común de libertad y que el comunismo es la producción de lo común. Como en Imperio, la figura del militante comunista no se toma en préstamo de un viejo modelo. Al contrario, se presenta como un nuevo tipo de subjetividad política que se construye a partir de la producción (ontológica y subjetiva) de las luchas por la liberación del trabajo y por una sociedad más justa.
Para nosotros, pero creo que también para los movimientos sociales de hoy en día, la importancia de las últimas obras de Foucault es, en consecuencia, excepcional. La genealogía pierde aquí todo carácter especulativo y deviene política -una ontología crítica de nosotros mismos-, la epistemología es "constitutiva", la ética asume dimensiones "transformadoras". Pero no se trata de un nuevo humanismo; o, más exactamente, se trata de reinventar al hombre en el seno de una nueva ontología: así, sobre las ruinas de la teleología moderna, recuperamos un telos materialista.

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