martes, 4 de enero de 2011

El precio de la ocupación en valores presupuestarios por Carlos Braverman


Este informe se confecciona con datos de Paz Ahora, en base al presentado por Hagit Ofran, Directora del Observatorio de los Asentamientos.
Según los cálculos de Paz Ahora, el presupuesto del Estado en diversos items incluyen al menos 400 mil millones de euros dedicados a los asentamientos y el mantenimiento de los territorios ocupados. Sin embargo, el presupuesto invertido en los asentamientos es mucho más grande, pero está oculto entre las diversas partidas presupuestarias.
Si se busca una línea de fondo con un número final es muy difícil estimar el precio de la ocupación y los asentamientos. La dificultad no es sólo debido a que Israel paga precios muy altos para el mantenimiento de los asentamientos y la continua ocupación en términos de su seguridad, sus valores nacionales, la salud de su sociedad y el prestigio internacional, sino también por qué en el presupuesto del estado no se especifica la asignación a los asentamientos de forma explícita. La mayoría de las partidas presupuestarias están redactadas de una manera general, sin un desglose geográfico y sin la lista de las comunidades para que se designe el dinero. Sin embargo, algunos intentos de estimar el precio de los asentamientos alcanzó a los 500 mil millones de euros.
Algunas de las figuras se pueden encontrar en las publicaciones del Ministerio de Hacienda y la Oficina Central de Estadística de las transferencias del Estado a los consejos locales. La información se publica después de la finalización del ejercicio presupuestario y se recoge con carácter retroactivo basada en la ejecución del presupuesto actual. Las transferencias a los consejos locales son sólo una parte de la inversión total en los asentamientos. De acuerdo con cifras del Ministerio de Finanzas, en 2007 las transferencias del Estado a los Ayuntamientos en los territorios ascendió a 220 millones de euros. Eso equivale a 8,9% del total de transferencias del Estado a los consejos de ese año. En ese momento el número de residentes en los asentamientos es 3.8% de los residentes de Israel. Por lo tanto el presupuesto para los asentamientos fue más del doble de su tamaño relativo en la población.
La inversión bruta en construcción pública en Judea y Samaria (sin incluir Jerusalén Este) en 2009 fue de 86 millones de euros, lo que constituye 15,36% del total de las inversiones públicas en la construcción de viviendas de ese año. Cabe señalar que parte de ese importe está incluido en el importe transferido por el Estado a los consejos locales.
Para los siguientes ejemplos trabajemos estos datos con valores en Shkalim, para euros divida por 5 y para dólar por 4. Seguridad en el este de Jerusalén - NIS 76 millones en 2011 y NIS 70 millones en 2012 para proteger los colonos que viven en el centro de los barrios palestinos de Jerusalén oriental, o sea 3160 NIS por mes por cada colono. Se trata de un aumento del 40% del presupuesto en 2010 que fue de NIS 54,5 millones.
Maale Adumim, NIS 58 millones en 2011 y NIS 31 millones en 2012. En 2011, 200 unidades de vivienda están programados para ser vendidos en Maale Adumim.
Har Homa NIS 114 millones en 2011 y NIS 124 millones en 2012. En 2011, 500 unidades de vivienda están programados para ser vendidos en Har Homa.
El presupuesto sólo se especifica en particular a los grandes proyectos, pero hay muchos otros proyectos en los asentamientos que no están especificados en los documentos presupuestarios.
Ayuda de vivienda en áreas prioritarias. - casi todos los asentamientos se consideran áreas de prioridad nacional y los compradores de vivienda tienen derecho a una NIS 97.200 en préstamos con subsidio (el presupuesto no distingue entre las áreas de desarrollo dentro de Israel y los asentamientos El presupuesto total de la ayuda de vivienda es de NIS 87.368 millones en 2011 y NIS 86.518 millones en 2012. Parte de ella está dedicada a los asentamientos).
Descuentos en el precio de la tierra - la mayoría de los asentamientos se definen como una prioridad las zonas donde la Administración de Tierras de Israel subvenciona el precio del suelo en un 69%, o de prioridad las zonas B, donde la subvención es del 49% del valor de la tierra.
Otra forma de alentar a los asentamientos es que éstos se definan como zonas de prioridad nacional. Además del presupuesto ordinario, los ministerios del gobierno también proporcionan diversos beneficios a las comunidades y los residentes de acuerdo con el ministerio de mapas de cada una de las áreas prioritarias. Este presupuesto, aunque se detalla en las partidas presupuestarias, no incluye un desglose por zonas y localidades. En diciembre de 2009, el gobierno de Netanyahu decidió en el mapa de las áreas prioritarias que se definen casi todos los asentamientos como zonas de prioridad nacional.
Continuar con los asentamientos y la ocupación de los territorios es una cuestión controvertida en Israel. El precio financiero de al menos 400 mil millones de euros en un año es tremendo.
Se debe terminar con este estado de cosas, el pueblo del Estado de Israel necesita trabajo, desarrollo personal, una sociedad más sana, terminar con grandes carencias de infraestructuras y servicios, modernizar las prestaciones sociales y hacerlas realistas y válidas, así también la atención sanitaria, recibir la adecuada asignación al rubro de educación, elevar el monto relativo a ciencias e innovaciones y recuperar credibilidad internacional poniendo fin a la ocupación para retomar nuestros valores.
Es decir una sociedad que contenga los valores universales de la democracia y la justicia social aún en condiciones adversas para ella. El problema de Israel hoy está en la desintegración de estos valores, debido principalmente a la intoxicación con el éxito militar y la creencia de que la superioridad militar es un sustituto para construir una sociedad digna de ser vivida.
Un Estado que por la fuerza invade el ámbito sagrado de la conciencia de cada ciudadano y que impone penas a las personas cuyas opiniones y creencias no se ajustan a las opiniones de las autoridades y las prescritas según el "carácter" del Estado, deja de ser una democracia y se encamina a convertirse en un Estado Fascista. Nuestra Declaración de la Independencia dice: "El Estado de Israel se basará en la Libertad, Justicia y Paz, según lo previsto por los profetas de Israel, asegurará la completa igualdad de derechos sociales y políticos a todos sus habitantes, independientemente de su religión, raza o género, garantizará la libertad de religión, conciencia, idioma, educación y cultura, salvaguardará los Lugares Santos de todas las religiones y será fiel a los principios de la Carta de las Naciones Unidas"
Yo soy un patriota de izquierdas, me guío por los valores fundacionales de mi país y digo no a la ocupación y sí al progreso social para nuestras mayorías populares, hoy estas están sofocadas por una economía controlado por 18 familias y de alta concentración del capital. Las mejores narraciones nacionales que dan motivo a nuestra existencia están en peligro en el contexto actual con la situación planteada y de acuerdo al camino en curso.
*Carlos Braverman (Israel): Politólogo y Psicólogo, miembro de la Asociación de Derechos Civiles de Israel. Activista por una coexistencia judeo-árabe mutuamente justa y el altermundialismo. Miembro del Partido Meretz (Partido Socialista de Israel - Tel Aviv). Presidente del Instituto Campos Abiertos (Investigaciones en Ciencias Políticas).
Derechos reservados Instituto Campos Abiertos Israel ISBN 965 387 008 9 זכויות יוצרים

EL MARXISMO Y LAS DESVENTURAS DE LA BONDAD EXTREMA por Mauricio Rojas


Cuadernos de Pensamiento Político nº 24, Octubre / Diciembre 2009
"Lo más perturbador del éxito del totalitarismo es el altruismo genuino de sus partidarios"
Hannah Arend
Muchas veces me han preguntado por qué dejé de ser marxista e igual cantidad de veces he dado respuestas bastante convencionales y evasivas, entendiendo que no todo se puede reducir a una cuantas frases y que la complejidad del asunto difícilmente se presta para ser tratada en el marco de una entrevista periodística o de una simple conversación. Ahora bien, la respuesta que he evitado dar es muy corta, pero requiere de una larga explicación: "me asusté de mí mismo".
EL MAL ABSOLUTO COMO CARICATURA DEL MARXISMO
Para las personas amantes de la libertad, así como para todos aquellos que algo saben de las desventuras del totalitarismo, no deja de ser chocante ver cómo se endiosa a una figura como la de Ernesto Guevara, tal como se pudo constatar a propósito de la conmemoración del cuarenta aniversario de su muerte. Ello muestra que hay una gran fuerza de atracción en su imagen de mártir moderno y encarnación del hombre más admirable que se pueda imaginar, aquel dispuesto a entregar generosamente la propia vida por una causa idealista.
Frente a esta idealización, que quiere elevar a Guevara a las alturas de un Mesías moderno, vemos un esfuerzo por parte de sectores liberales por crear una especie de anti-imagen del guerrillero argentino-cubano, donde se le reduce a aquella "efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar" de la que el mismo Guevara hablase en su famoso Mensaje a la Tricontinental de 1967. Se trata de crear la imagen de una especie de anticristo, del mal absoluto encarnado en un hombre, para contraponerla a la de este nuevo Cristo popular.
El problema que yo veo en este intento es que termina combatiendo una caricatura con otra caricatura, quedándose en una lucha de imágenes que puede convencer a los ya convencidos, pero cuyo efecto sobre quienes se sienten atraídos por una figura como la de Guevara es mínimo. Y lo mismo pasa con el marxismo en general.
La visión de Che Guevara como encarnación del mal absoluto coincide con la apreciación de muchos críticos del marxismo, que sugieren que la fuerza de atracción de esta doctrina reside en su capacidad de concitar una serie de sentimientos o rasgos negativos: envidia, destructividad, resentimiento, deseo de dominar a otros o de venganza, sadismo, etc. Por ello, serían personalidades caracterizadas por esos rasgos las que se sentirían atraídas por el marxismo, formando su núcleo activo. El marxismo sería así una ideología que concita los instintos más bajos o, simplemente, la maldad humana, para darle rienda suelta bajo la forma de un movimiento donde estas personalidades atávicas se refuerzan mutuamente.
No niego que haya una buena parte de todo esto en la fuerza de atracción tanto del marxismo como de otros movimientos políticos extremos, y que una parte de los elementos que se congregan en torno a esa ideología adolezcan de rasgos atávicos de personalidad. Aun así pienso que se trata de una forma de aproximarse a este tipo de fenómenos que es fundamentalmente errada, ya que si bien capta una parte de los mismos deja de ver lo que para mí es la verdadera fuerza motora que les da a las ideologías mesiánicas su tremenda capacidad de atraer a aquellos sin los cuáles estos movimientos no llegarían muy lejos, a saber, a los altruistas e idealistas o, para decirlo cortamente, a los buenos, a aquellos que se van a entregar a la causa de la revolución con la devoción de un santo, poniendo de una manera ejemplar todas sus fuerzas e inteligencia al servicio de "la causa", una causa que para ellos representa la bondad absoluta personificada. En fin, se trata de seres que están muy lejos de ser basuras humanas y que se hacen marxistas para hacer el bien pero que terminan -si tienen la oportunidad- haciendo un mal espantoso. Esta es para mí la paradoja que hay que explicar y hacerlo es más difícil que trabajar con la hipótesis simplona de la maldad tanto de las ideas marxistas como de quienes las propagan.
LAS DESVENTURAS DE LA BONDAD EXTREMA
El hecho de tratar de entender al marxismo desde esta perspectiva tiene una explicación tanto personal como intelectual. La personal es que he conocido demasiada gente buena, respetable, culta e inteligente que ha puesto su vida al servicio de las ideas marxistas como para ignorarlas o creer que son raras excepciones. La intelectual es que leyendo las obras claves del marxismo, particularmente de Marx, no veo en ellas un llamado a lo más bajo del ser humano sino, por el contrario, a lo más sublime.
Esta última constatación me llevó a una larga investigación, emprendida hace yamás de veinticinco años, sobre las fuentes del marxismo, entendiendo que su tremenda fuerza era inexplicable si su visión del mundo y sus propuestas no se hiciesen eco de vetas profundas de nuestra civilización cristiano-occidental. Esa investigación terminó siendo mi tesis doctoral, que bajo el título en latín de Renovatio Mundi defendí en 1986 en la llamada Casa del Rey de la hermosa ciudad universitaria de Lund, situada al sur de Suecia.
Mis conclusiones fueron que el marxismo es una especie de secularización modernizada del pensamiento mesiánico que atraviesa, creando grandes tensiones y conflictos, muchas veces sangrientos, toda la historia del cristianismo. Se trata de la idea del retorno inminente del Mesías y la pronta instauración de un paraíso en la tierra, un reino milenario de armonía y felicidad que definitivamente superaría la condición precaria de la vida tal como la hemos conocido hasta ahora, recreando al mismo ser humano, que sería así convertido en un hombre nuevo -el famoso homo bonus de las huestes medievales de Dolcino- destinado a poblar un mundo depurado del mal y plenamente renovado (de allí el título de mi tesis, Renovatio Mundi). Este reino celestial en la tierra duraría, según la profecía bíblica, mil años y de allí viene el nombre de milenarismo, con el que comúnmente se denomina a estas corrientes mesiánicas.
Propio del mesianismo milenarista es la creencia no sólo en la cercanía de un paraíso terrenal, sino en la intervención de un grupo iluminado que juega un papel protagónico en la conflagración final que, según el arquetipo del Apocalipsis bíblico, precedería a la recreación del mundo y del hombre. Se trata de esa revolución, para decirlo en términos profanos, que conducida por una vanguardia iluminada abre paso al fin de la historia con el cual se instaura una sociedad sin clases ni envidias donde todos pueden realizar lo que son y nadie sufre carencias materiales. Se trata, en suma, del comunismo de la utopía marxista que viene así a restaurar, después de un largo peregrinar por el "valle de lágrimas" de las sociedades de clase, aquella prístina armonía del paraíso original o "comunismo primitivo", según la terminología del marxismo.
En el marxismo esta matriz cristiano-milenarista se seculariza y pasa a revestirse de un lenguaje seudocientífico propio de la modernidad. Se constituye así aquello que, usando la expresión de Ludwig Feuerbach, se puede llamar "una religión atea", una fe que busca realizar "el reino de Dios, sin Dios y sobre la tierra", tal como lo dice Karl Löwith. Al mismo tiempo, esta religión atea transforma la idea de la Providencia en la predeterminación de las "leyes de la historia", finalmente descubiertas por Marx y plasmadas en el así llamado materialismo histórico o socialismo científico. Así, la victoria del comunismo no es vista como un acto antojadizo de voluntad -si bien requiere de ella en la forma de esa violencia revolucionaria a la que Marx y Engels le dieron un papel tan protagónico- sino una conclusión necesaria e inexorable de la historia de la humanidad.
Este fue el marxismo que me "robó el alma" cuando yo era muy joven. Me dio -al menos así lo creía entonces- una comprensión total de la historia y un rol sublime en una gesta épica de proporciones grandiosas. ¿Cómo negarse entonces a ser un actor de ese capítulo extraordinario de la historia de la humanidad? ¿Cómo perderse esa fiesta de liberación de nuestra especie de todos aquellos males que siempre la habían aquejado? ¿Cómo no ser santo, misionero, mártir o inquisidor de una causa tan bella por la cual, sin duda, valía la pena dar la vida propia y también la de muchos otros? O, para usar las palabras de Fidel Castro, que Che Guevara hace suyas en su ya citado Mensaje a la Tricontinental, "qué importan los peligros o sacrificios de un hombre o de un pueblo, cuando está en juego el destino de la humanidad".
Pero es justamente allí donde se enturbian definitivamente las aguas cristalinas de la utopía y la sombra de Maquiavelo aparece, donde la bondad extrema del fin se puede convertir en la maldad extrema de los medios, donde la supuesta salvación de la humanidad puede hacerse al precio de sacrificar la vida de incontables seres humanos, donde se puede "amar" al género humano y despreciar a los hombres. Es justamente en ese intersticio siniestro donde puede surgir aquella "máquina de matar" en que Guevara nos insta a convertirnos para realizar el sueño del hombre nuevo. Es en ese mismo intersticio de amoralidad absoluta -también llamada "moral revolucionaria"- donde se ubica la alabanza a la violencia de la revolución comunista hecha por Marx o el llamado de Lenin a "no escatimar métodos dictatoriales" e incluso no trepidar en usar "medios bárbaros" para imponer el "progreso". Los "campos de la muerte" de Pol Pot o el intento demencial de la revolución cultural de Mao y sus guardias rojos de borrar la herencia cultural de la humanidad para crear, desde cero, un nuevo tipo de ser humano, son hijos del mismo mesianismo donde un fin que cree ser el más sublime justifica los medios más atroces.
LA ALTERNATIVA LIBERAL Y SUS TENTACIONES
Esto fue lo que entendí un día, pero lo entendí no como un problema de otros o de una categoría especial de seres singularmente malos, sino como un problema mío y de los seres humanos en general. Vi todo ese potencial de hacer el mal que todos, de una u otra manera, llevamos dentro, y vi cómo se desarrollaba, cómo me transformaba en un ser absolutamente inmoral y despiadado respecto del aquí y el ahora con el pretexto de un más allá y un mañana gloriosos. Y vi en mí al criminal político perfecto del que nos habló Albert Camus en L'Homme revolté, aquel que mata sin el menor remordimiento y sin límites ya que cree hacerlo en nombre de la razón y del bien. Y vi que yo no era esencialmente distinto de los grandes verdugos del idealismo desbocado, de los Lenin, Stalin, Mao o Pol Pot, pero también, a su manera, de los Hitler y los totalitarios de todos los tiempos. Y me asusté de mí mismo y me fui a refugiar en el pedestre liberalismo que nos invita a la libertad pero no a la liberación, que defiende los derechos del individuo contra la coacción de los colectivos, que no nos ofrece el paraíso en la tierra sino una tierra un poco mejor, que no nos libera de nuestra responsabilidad moral sino que nos la impone, cada día y en cada elección que hacemos.
El liberalismo, para ser fiel a sí mismo, debe ser integral. Abarcar tanto el aquí y el ahora como el mañana, y jamás reducirse a una esfera de la vida social como la económica. Debe por ello ser la doctrina de los medios más que la de los fines o, para decirlo de otra manera, donde los medios son el fin, aquella doctrina que sabe que "al andar se hace camino" y que la vida no es más que un eterno hacer camino. Esto no hace al liberalismo, sin embargo, completamente inmune de la tentación de justificar los medios con los fines. Esta es una lección triste de la historia del liberalismo, que no podemos ignorar cuando miramos el lado oscuro del ser humano en el espejismo de bondad que irradia Che Guevara. Y digo esto porque hace tiempo dejé de creer en el maniqueísmo y aprendí a desconfiar de toda visión de la vida que reduce su paleta de colores al blanco y al negro.
Ser liberal no es pertenecer a "los buenos" o a los absolutamente inmunes a las tentaciones liberticidas, sino simplemente entender la dualidad del ser humano y la brutalidad que potencialmente se alberga incluso en los espíritus más admirables. El ser humano, como Kant dijese una vez, está hecho de un leño torcido del cual nada que sea absolutamente recto puede tallarse. El liberalismo no es una manera de enderezar aquella naturaleza humana precaria y torcida, sino de contener sus instintos más dañinos, especialmente cuando se esconden tras el manto de la bondad absoluta o se ven propulsados por los destellos encandiladores de la utopía. El destino de un Che Guevara no nos es por ello, por paradojal que parezca, del todo ajeno.
EPÍLOGO SOBRE LA SOBERBIA
Al escribir estas líneas no he podido sino recordar a mi abuelo y nuestras conversaciones de hace ya mucho tiempo. Él siempre me hablaba de la soberbia. Me contemplaba con cariño pero también con temor cuando yo le contaba, lleno de entusiasmo, de mis ideas revolucionarias, de cómo pronto cambiaríamos el mundo y liberaríamos al ser humano de todo aquello que lo atribulaba, humillaba y empequeñecía. Él, que era profundamente religioso, no podía dejar de reconocer la veta mesiánica en su nieto. Conversábamos largamente bajo el parrón de nuestra casa en ese Santiago de Chile de comienzos de los años sesenta que pronto vería llenarse sus calles de jóvenes como yo, deseosos de revolución. Mi abuelo insistía en la soberbia y yo lo miraba como una reliquia del pasado.
Reflexionando hoy sobre lo que él me quería decir no puedo sino rememorar una frase del Nuevo Testamento que no por ser antigua ha dejado de ser actual: "Mi reino no es de este mundo". Esa respuesta, que según la Biblia Jesús le dio a Pilato, contiene una gran advertencia, un llamado a la modestia acerca de lo que humanamente podemos alcanzar.
Con mi abuelo hace ya mucho que no puedo conversar. Un ataque al corazón puso fin a su vida en 1968 y no alcanzó a ver cómo su Chile tan querido se hundía en una lucha fratricida que terminaría desquiciando a su pueblo y destruyendo su antigua democracia. Yo sí lo vi y, además, puse mi granito de arena en esa obra triste de destrucción. Pero ni cambiamos el mundo ni liberamos a nadie. Terminamos como víctimas y como tal nos acogieron por todas partes. Podríamos sin embargo también haber terminado como verdugos, como lo han hecho todos aquellos que han llegado al poder inspirados por la idea de la transformación total del mundo y la creación de un hombre nuevo.
A esta certidumbre triste llegué hace ya mucho tiempo, cuando a comienzos de los años 80 luchaba contra mí mismo y contra aquellas ideas que en nombre de la bondad extrema nos invitan a lo que no es otra cosa que un genocidio, es decir, a la destrucción del ser humano tal y como es para poblar al mundo con una nueva especie, salida de nuestros sueños utópicos. Es por esas ideas que se ha llegado a esos extremos de maldad a que solamente aquellos absolutamente convencidos de ser los portadores del bien absoluto pueden llegar. Es la soberbia en acción, lahybris del bien que nos lleva a su contrario. De ello me hablaba mi abuelo al final de su largo peregrinar que lo llevó de su Albaida natal, en el interior de Valencia, a ese país de "loca geografía" llamado Chile. No lo entendí cuando debía, pero más vale tarde que nunca.
PALABRAS CLAVE:
Liberalismo•Formas actuales de Pensamiento anti-liberal•Pensamiento Político
RESUMEN
Mauricio Rojas expone una de las principales paradojas del marxismo: cómo la bondad extrema de los supuestos fines -la salvación de la humanidad, la búsqueda del hombre nuevo y la construcción del paraíso en la tierra-, se convirtió en la maldad más cruenta y extrema capaz de exigir cualquier sacrificio de vidas humanas para imponer el "progreso". El texto es un recorrido personal que comienza en el doloroso desengaño sufrido ante la utopía marxista y desemboca años después en la asunción personal de los principios de la democracia liberal, donde en vez de la liberación colectiva del género humano prevalecen ya los derechos del individuo, la libertad y la responsabilidad moral de la persona. Rojas, sin embargo, nos advierte de que el liberalismo ni es un salvoconducto para el bien ni excluye en sí mismo de las tentaciones liberticidas.
ABSTRACT
Mauricio Rojas describes one of the main paradoxes of Marxism: how the extreme kindness of the supposed ends -the salvation of humankind, the search for the New Man, and the construction of Paradise on Earth- turned into the most sanguinary and extreme evil capable of demanding any sacrifice o human lives whatsoever in order to impose "progress". The text is a personal journey that begins with the painful disappointment suffered before the Marxist utopia, and finishes some years later with the personal assumption of liberal democracy where, instead of the collective liberation of humankind, we are already able to see the prevalence of individual rights, freedom and moral responsibility of people. Nevertheless, Rojas warns us that liberalism is neither a safe-conduct for good, nor does it exclude from liberticidal temptations.

lunes, 3 de enero de 2011

El antídoto contra el racismo israelí, nosotros los demócratas de Israel por Carlos Braverman


El pasado miércoles, 29 de diciembre una algarabía estalló en la entrada de Yad Vashem, el museo en memoria del Holocausto y de sus Mártires en Jerusalén. Un grupo de mujeres palestinas (de Hebrón, Nablus y Belén), miembros del Foro de Familias de las Víctimas israelíes y palestinas, había venido a visitar el museo. Esta es su primera visita a Israel, es la culminación de la discusión sobre "Entender las Narrativas" con sus homólogos israelíes.
Esta actividad es parte de nuestra lucha contra el racismo, que se expresa en ejemplos como: la carta de las esposas de los rabinos con "la promoción de la pureza racial -" No salgas con los gentiles ", la convocatoria de los asesinatos selectivos por el parlamentario Yaakov Katz - "Francotiradores que acechen y disparen balas en las cabezas de los beduinos que traen las caravanas de infiltrados", el aliento del parlamentario Otniel Schneller - "Antes de la inmigración rusa, no había ningún problema del alcohol al volante"; y la unidad de reconocimiento contra el plan de estudios de Im Tirtzu que vuelve a amenazar la Universidad Ben Gurión, esta vez con una petición al Tribunal Superior de Justicia en aras del McCarthysmo.
Hay quienes han afirmado durante mucho tiempo que estos y otros fenómenos son el prólogo en Israel a las Leyes de Nüremberg y que por lo tanto, es justo comparar a Alemania en la víspera de la llegada de Hitler al poder y nuestra situación aquí y ahora. Es erróneo, nuestra situación es complicada pero tenemos combatientes valientes por la democracia y los derechos civiles, patriotas dispuestos a dar lo mejor de sí y una sociedad dispuesta ahora a seguirlos. Las mayorías populares dicen basta y las manifestaciones se multiplican. Los ciudadanos quieren hacer oír su voz y dicen no, gritan “Racist to go”
En la residencia presidencial hubo un presidente que fue sentenciado por violador común y la democracia funcionó, varios funcionarios están sentenciados por otros ilícitos y la Fiscalía del Estado trabaja bien en consonancia con organizaciones de la sociedad civil. El camino es posible y la lucha es factible y tiene asegurado un final digno y propio de los esfuerzos de abnegados combatientes de la democracia y el estado de derecho. Creo que en muchas democracias de occidente no se puede exhibir un caso así frente a corrupciones fabulosas en montos billonarios, que aparte dañan la salud física y moral de la ciudadanía y comprometen el futuro de los pueblos. Muchos de estos delincuentes son liberados de culpa y por medio de artilugios aún más corruptos, hasta son candidatos nuevamente a distintos puestos públicos con grandes chances de éxito. La mediocracia mediática se hace cómplice de cohecho y empuja la carrera hacia la degradación.
¿Es una jueza árabe cristiana que se sienta en un Tribunal de Distrito de Tel Aviv buena o mala y en todo caso por qué? Me refiero a la jueza que leyó la resolución del tribunal que presidió y condenó a Katzav. La respuesta sería interesante escucharla de los racistas, después de todo, el mar es el mismo mar para toda la población. Se los cuento como protagonista, pues soy parte del proceso de antidotismo contra el racismo local y reconozco que no soy muy digerible en ciertos ámbitos, galardón que exhibo con orgullo.

*Carlos Braverman (Israel): Politólogo y Psicólogo, miembro de la Asociación de Derechos Civiles de Israel. Activista por una coexistencia judeo-árabe mutuamente justa y el altermundialismo. Miembro del Partido Meretz (Partido Socialista de Israel - Tel Aviv). Presidente del Instituto Campos Abiertos (Investigaciones en Ciencias Políticas).
Derechos reservados Instituto Campos Abiertos Israel ISBN 965 387 008 9 זכויות יוצרים

Los derechos humanos: instrumentos para construir una utopía realista por Jürgen Habermas


Hace hoy 64 años finalizó la Segunda Guerra Mundial. No hay fecha más idónea para la entrega de un premio que la Fundación Brunet y la Universidad Pública de Navarra crearon para fomentar la política a favor de los derechos humanos. La fundación de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos del 18 de diciembre de 1948 constituyeron una respuesta a aquella guerra y a los crímenes masivos perpetrados bajo el régimen nazi. Desde la instauración de los tribunales contra los criminales de guerra de Nuremberg y de Tokio existe la posibilidad de denunciar a los Estados soberanos y a sus funcionarios. En ese contexto, la reciente orden de arresto del Tribunal Penal Internacional contra el presidente sudanés Bashir, responsable de las masacres de Darfur, es un efecto directo de aquella cesura en la historia de la humanidad que concluyó el 8 de mayo de 1945.
Los derechos humanos surgieron de la resistencia política contra la arbitrariedad, la represión y la humillación. A partir de las revoluciones constitucionales del siglo XVIII han ido incorporándose paulatinamente a todas las naciones y a todos los idiomas.
Desde entonces han sido violados pero también ratificados con mucha frecuencia. Hoy en día, nadie puede expresar uno de estos venerables artículos -por ejemplo, la frase «Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles» (artículo 5.º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos)- sin escuchar el rumor de su eco: el grito de un sinnúmero de seres humanos torturados y ejecutados. ¿Quién puede saberlo mejor que ustedes, 70 años después de una guerra civil cuyas fosas comunes sólo se han abierto muy recientemente? No es necesario explicar a los ciudadanos de Navarra y de Pamplona, a los ciudadanos de la España democrática, el auténtico valor de los derechos humanos garantizados.
La lucha por la instauración de los derechos humanos continúa en China, África, Bosnia o Kosovo, y también en nuestros propios países. Cada una de las repatriaciones de un solicitante de asilo al que se le cerró la entrada en un aeropuerto, cada uno de los barcos repletos de fugitivos de la pobreza que naufraga en la ruta entre Libia y la isla de Lampedusa nos interpela a nosotros, los ciudadanos europeos. Desde nuestra perspectiva, la lucha por el reconocimiento de las minorías religiosas, raciales y culturales, por la protección del menor, por el trato igualitario a las parejas homosexuales y por la igualdad de condiciones laborales entre hombres y mujeres, sigue su curso; sin olvidar a las mujeres jóvenes de familias inmigrantes que tienen que liberarse de la violencia de un código de honor anclado en la tradición.
Al mismo tiempo, la retórica de los derechos humanos ha ido desgastándose cada vez más. Los derechos humanos se han convertido en palabrería hueca que brota fácilmente de nuestras bocas. Son materia de charla dominical. Incluso en una mañana de viernes como la de hoy, es difícil para cualquier orador huir de esa tentación. Semejante dificultad no es en absoluto casual, pues los derechos humanos poseen la cualidad del rostro de Jano: es decir, una doble cara moral y jurídica que nos sitúa en una inaudita tensión entre lo ideal y lo real. Solemos optar por esquivar dicha tensión provocadora bien con un idealismo sin compromiso o con un cinismo exento. Quisiera explicar brevemente esta idea.
El concepto de dignidad humana está estrechamente ligado a la alta exigencia moral de un respeto idéntico para cualquiera: para cada niño, para cada mujer y para cada hombre. Pero esta exigencia no debe limitarse a ser una demanda moral, tiene que plasmarse como realidad jurídica. El concepto de dignidad humana se expresa desde sus orígenes en forma de derechos subjetivos. El artículo 1.º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos empieza con la frase: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos». Sin embargo, la expresión de derechos «innatos» no debe entenderse en sentido literal. Aunque los derechos humanos reivindican un derecho moral, en su forma jurídica están destinados a concretarse mediante la legislación y la jurisdicción democráticas, y a que las sanciones estatales los hagan valer. Esta sorprendente vinculación entre la moral y el derecho obligatorio obedece a la universalización de un concepto de dignidad que en las sociedades estamentales de la Europa medieval y en las sociedades gremiales de principios de la época moderna, se mantenía sujeto a un estatuto especial, como el código de honor de la nobleza, por ejemplo, o la ética profesional de los gremios de artesanos o la conciencia corporativa de las universidades.
En aquella época, las personas obtenían su dignidad y su autoestima mediante el reconocimiento social de un estatuto honorable que en cada caso se basaba en su propia pertenencia a colectivos específicos, respetados en un sentido particular. Si elevamos tales dignidades definidas socialmente al plano de la dignidad universal del ser humano, esta dignidad nueva y abstracta queda despojada de las cualidades peculiares de una ética de clase. Al mismo tiempo, esa dignidad, que sería común a todas las personas, también mantendría la connotación de una autoes tima que se apoya en el reconocimiento social. Como dignidad, la dignidad humana -más allá del respeto moral- requiere un estatuto civil, es decir, la pertenencia a una comunidad organizada en el tiempo y en el espacio (y no solamente la pertenencia al «reino de los fines» trascendental). El concepto de dignidad humana vincula esa moral del idéntico respeto para todos con el reconocimiento por anticipado del estatuto de ciudadanos que se respetan a sí mismos y entre sí como sujetos de unos mismos derechos judicialmente exigibles. Tal estatuto de ciudadanía precisa el marco de un Estado constitucional democrático, que no surge de manera natural, sino que debe crearse con los medios que el derecho positivo procura.
Los derechos humanos constituyen, por lo tanto, aquella parte de la moral que no sólo hay que respetar en el trato personal, sino que debe convertirse en realidad política, adoptando la robusta figura de los derechos fundamentales obligatorios. La frase «la dignidad del hombre es intocable» contiene una fuerza política explosiva porque, en combinación con la concreción de los derechos humanos en el derecho positivo, desarrolla una dinámica que cada vez abre más puertas. En las instituciones del Estado constitucional se produce una reactividad de la obligación jurídica de llevar a cabo abundantes objetivos morales. En este sentido, los derechos humanos construyen una utopía realista. Actualmente, incluso son aceptados a nivel mundial, aunque de momento sólo sobre la letra.
Por un lado, la totalidad de los 192 miembros de la ONU se declara partidaria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por otro, en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas vuelven a tener mayoría aquellos gobiernos que, según los informes de Amnistía Internacional, están pisoteando los derechos fundamentales de sus ciudadanos. Ante paradojas de este calibre, no es sencillo para ningún político actuar de manera realista sin zafarse del impulso utópico. Esta ambivalencia no es fácilmente asumible; nos tienta a que apostemos ingenuamente por la vertiente idealista o a que nos convirtamos en unos «realistas» cínicos e impasibles.
En la política de derechos humanos de las Naciones Unidas se observan dos tendencias opuestas: por un lado, una dinámica de expansión de los derechos humanos y, por otro, el surgimiento de enormes efectos de rechazo cuando se intenta imponerlos globalmente. Con la aprobación de los pactos sobre derechos humanos, la Asamblea General de las Naciones Unidas ha impulsado, entre otras cosas, la codificación jurídico-internacional y la diferenciación del contenido de los derechos humanos. También ha avanzado la institucionalización de dichos derechos -gracias al procedimiento del recurso individual, a los informes periódicos sobre la situación de los derechos humanos en los distintos Estados y, sobre todo, a la implantación de tribunales internacionales como, por ejemplo, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, los diversos tribunales de crímenes de guerra y el Tribunal Penal Internacional-. El referente más espectacular es el de las intervenciones humanitarias que el Consejo de Seguridad decide en nombre de la Comunidad Internacional, incluso contra la voluntad de los gobiernos soberanos.
De hecho, estos casos son los que mejor expresan la problemática de un orden mundial que en la actualidad está sólo muy fragmentariamente institucionalizado. La política de derechos humanos se convierte en la pelota con la que compiten las grandes potencias. Conviene recordar la selectividad y tendenciosidad de las decisiones de un Consejo de Seguridad que puede ser bloqueado por el veto de un único miembro. Así mismo, me remito a la ejecución timorata e incompetente de las intervenciones aprobadas. Estas actuaciones policiales siguen desplegándose como guerras en las que los militares denominan «daños colaterales» a la muerte y la miseria de población inocente. En ninguna de sus intervenciones, las potencias involucradas han demostrado capacidad ni perseverancia para alcanzar el state building, es decir, la reconstrucción de las infraestructuras destruidas y dañadas en las regiones pacificadas.
Cuando la superpotencia desoye la prohibición de la violencia establecida en la Carta de las Naciones Unidas y se atribuye, además, el derecho de intervención; o cuando lleva a cabo una invasión violando el Derecho Internacional Humanitario y la justifica en nombre de los valores occidentales, todo Occidente pierde el capital de confianza que necesita para convencer a los demás de que el programa de los derechos humanos no sólo consiste en su abuso imperialista. Es cierto que los derechos humanos se han desarrollado en Occidente, pero reivindican un valor universal, y esto a su vez requiere una interpretación de estos derechos capaz de convencer a todas las culturas. En este discurso intercultural todavía pendiente de realizarse, Occidente no goza de una posición privilegiada. Tiene que estar dispuesto a que los demás le muestren sus propias y ciegas flaquezas.
El afianzamiento de los derechos humanos es problemático, pero no sólo en el ámbito internacional y en otras sociedades. Lo corrobora de inmediato el ejemplo del más que cuestionable trasiego sobre las garantías de seguridad y las libertades civiles que, a raíz del terrorismo internacional, nuestros gobiernos imponen a su ciudadanía. Otro ejemplo es la despiadada comercialización del conjunto de las condiciones de vida, que hace que la defensa de las libertades económicas prime sobre el resto de derechos fundamentales.
Como es sabido, las libertades liberales, que se concretan en la integridad y la libre circulación de las personas, en el libre comercio y en la libertad religiosa, sirven para proteger nuestra intimidad y vida privada frente a las injerencias estatales. Estas libertades negativas, junto con los derechos de participación democrática, es decir, el derecho al voto y a las libertades de expresión, comunicación y reunión, constituyen el conjunto de los llamados derechos fundamentales clásicos. En realidad, los ciudadanos sólo podrán acceder a estos derechos en igualdad de condiciones en la medida en que sean suficientemente independientes en su circunstancia privada y económica y en la medida en que puedan desarrollar su identidad personal en el entorno cultural deseado. Por ello, los derechos fundamentales clásicos sólo tendrán «el mismo valor» (Rawls) para todos los ciudadanos cuando éstos se complementen con los derechos sociales y culturales. Sin embargo, las demandas de una participación adecuada en el bienestar y en la cultura lindan estrechamente con el rechazo de los costes y los riesgos producidos por el sistema. Se dirigen contra la apertura de grandes diferencias sociales y contra la exclusión de grupos enteros del circuito global de la cultura y la sociedad. La política predominante de los últimos diez años, no sólo en los EE UU y Gran Bretaña sino en todo el continente europeo, e incluso a nivel mundial, es decir, la política que pretende garantizar al ciudadano una vida autodeterminada apoyándose, ante todo, en la garantía de libertades económicas, destruye el equilibrio entre las distintas categorías de derechos fundamentales. Los derechos fundamentales sólo conseguirán cumplir políticamente la promesa moral de respetar la dignidad humana de cada persona cuando interactúen equilibradamente en todas sus categorías. No en vano, los derechos fundamentales son indivisibles, al igual que la dignidad humana, que es en todas partes y para cada uno de nosotros la misma.
Traducción de Marta Rodríguez Fouz
(*) El pasado 8 de mayo se celebró en la Universidad Pública de Navarra la entrega del «Premio Internacional Jaime Brunet a la promoción de los derechos humanos 2008» al sociólogo alemán Jürgen Habermas. Dicho premio, convocado anualmente por la Fundación Brunet desde 1998, persigue promover y difundir la defensa de los derechos humanos y contribuir a la erradicación de las situaciones o tratos inhumanos o degradantes, vulneradores de los derechos inherentes a la dignidad de la persona. CUADERNOS DE ALZATE publica aquí la traducción del discurso de agradecimiento que pronunció Habermas en el acto de recogida del premio y la semblanza de su figura humana e intelectual realizada por Marta Rodríguez Fouz.
(**)Jürgen Habermas: Sociólogo y filósofo alemán.

LA DEMOCRACIA COMO PROCEDIMIENTO Y COMO RÉGIMEN POR CORNELIUS CASTORIADIS


Cornelius Castoriadis, de la Ecole de hautes études en sciences sociales de París, es uno de los más importantes pensadores contemporáneos. Este texto recoge su intervención en el encuentro internacional "La estrategia democrática", Roma, febrero 1994, cuyas ponencias fueron recogidas en el libro La strategia democratica nella società che cambia, Ed. Datanews, Via S. Erasmo 15, 00184 Roma, mayo 1995.


El objeto de nuestra discusión traduce y expresa la crisis que actualmente atraviesa el movimiento democrático. La elección de semejante tema [la estrategia democrática] está condicionada, precisamente, por la aparición de una concepción de la "democracia" que la reduce a un simple conjunto de "procedimientos", rompiendo así con todo el pensamiento político precedente, que veía en la democracia un régimen político, indisociable de una concepción sustantiva de los fines de la institución política y de una visión sobre el tipo de ser humano que le corresponde. Se ve fácilmente que, independientemente de cuál sea el ropaje filosófico con el que se cubra, una concepción meramente procedimental de la "democracia" tiene su propio origen en la crisis de las significaciones imaginarias que se refieren a las finalidades de la vida colectiva, y pretende ocultar esta crisis disociando la "forma del régimen político" de cualquier discusión relativa a esas finalidades, o incluso llegando a suprimir la idea misma de éstas. El profundo vínculo que une esta concepción con lo que se ha llamado, más bien irrisoriamente, el individualismo contemporáneo, es algo manifiesto y volveré sobre ello. Pero conviene comenzar por el principio.
I

Discutir sobre la democracia significa discutir sobre la política. Ahora bien, la política no existe siempre y en cualquier lugar; la verdadera política es la resultante de una creación histórico-social rara y frágil. Lo que existe en toda sociedad es el político: la dimensión -explícita, implícita o quizá casi imperceptible- que tiene que ver con el poder, esto es, la instancia o las instancias instituidas, que pueden emitir mandatos con autoridad, y que, al menos, deben incluir siempre, de forma explícita, lo que denominamos un poder judicial y un poder de gobierno(1). Pueden existir, ha habido y aquí se augura que habrá de nuevo, sociedades sin Estado, carentes de un aparato burocrático jerárquicamente organizado, separado de la sociedad y en posición de dominio respecto a ésta. El Estado es una creación histórica fechable y localizable: Mesopotamia, Este y Sudeste asiático, la Centroamérica precolombina. Una sociedad sin tal Estado es posible, concebible, augurable. Pero una sociedad sin instituciones explícitas de poder es un absurdo, en el que cayeron Marx y los anarquistas.

No hay ser humano extrasocial; no existe ni la realidad ni la ficción coherente de un "individuo" humano como sustancia asocial, extrasocial o presocial. No podemos concebir un individuo sin lenguaje, por ejemplo, y no existe lenguaje más que como creación e institución social. Esta creación y esta institución no pueden ser vistas, a menos de caer en el ridículo, como resultado de una cooperación consciente de "individuos", ni tampoco de una suma de redes "intersubjetivas": para que haya intersubjetividad es necesario que haya sujetos humanos y la posibilidad de que se comuniquen. En otras palabras, debe haber seres humanos ya socializados y un lenguaje que no podrían producir ellos mismos como individuos (uno o muchos: "redes intersubjetivas"), sino que reciben necesariamente de su socialización. La misma consideración puede aplicarse a mil aspectos diversos de eso que se llama individuo. La "filosofía política" contemporánea -como también el núcleo de lo que pasa por ser ciencia económica- está fundada sobre esta ficción incoherente de un individuo-sustancia, bien definido en sus determinaciones esenciales, fuera o frente a toda sociedad: sobre este absurdo se apoyan necesariamente la idea de la democracia como simple "procedimiento" y el pseudo-"individualismo" contemporáneo. Pero fuera de la sociedad el ser humano no es ni bestia ni Dios (Aristóteles), pues simplemente no es, no puede existir, ni físicamente ni, sobre todo, psíquicamente. El hopeful and dreadful monster [monstruo prometedor y terrible] que es el neonato humano, radicalmente inadaptado para la vida, debe ser humanizado, y esta humanización es su socialización, trabajo social mediado e instrumentado por el ambiente inmediato del infans. El ser-sociedad de la sociedad son las instituciones y las significaciones imaginarias sociales que esas instituciones encarnan y hacen existir en la efectividad social. Estas significaciones son lo que da un sentido -sentido imaginario, en la acepción profunda del término, esto es, creación espontánea e inmotivada de la humanidad- a la vida, a la actividad, a las decisiones, a la muerte de los seres humanos, como también al mundo que crean y en el que los seres humanos deben vivir y morir. La polaridad no está entre individuo y sociedad -pues el individuo es un fragmento de la sociedad y al mismo tiempo una miniatura suya, o, mejor dicho, una especie de holograma del mundo social-, sino entre psique y sociedad. La psique debe ser, mejor o peor, domada, debe aceptar una "realidad" que le es heterogénea y extraña al principio, y, en cierto sentido, también hasta el final. Esta "realidad" y su aceptación son obra de la institución. Esto lo supieron los griegos; los modernos, en gran parte a causa del cristianismo, lo han ocultado.

La institución -y las significaciones imaginarias que ella expresa- no puede existi si no se conserva, si no se adapta para sobrevivir: la tautología darwiniana encuentra aquí un fecundo terreno de aplicación. Asimismo, se conserva gracias al poder, y este poder existe ante todo como infrapoder radical, siempre implícito. Se puede haber nacido en Italia en 1945, en Francia en 1930, el Estados Unidos en 1945, en Grecia en 1922. No lo hemos decidido, pero este hecho decide la parte esencial de cada existencia: nuestra propia lengua, nuestra propia religión, el 99% (en el mejor de los casos) del propio pensamiento, aquello por lo que se desea vivir o se acepta (o no se acepta) morir. Esto es mucho más, y cosa muy distinta, que el simple "estar en el mundo" que no se ha elegido (la Geworfenheit de Heidegger). Este mundo no es un mundo o el mundo tout court, es un mundo histórico social, formado por la institución, que contiene en modo indescriptible innumerables consecuencias de la historia precedente.

Desde su nacimiento, el sujeto humano queda cogido en un campo histórico-social, y es colocado simultáneamente bajo la influencia del imaginario colectivo instituyente, de la sociedad instituida y de la historia de la que dicha institución es su cumplimiento provisional. La sociedad no puede dejar de producir, en primer lugar, individuos sociales conformes a ella y que la producen a su vez. Incluso si se nace en una sociedad conflictiva, el terreno del conflicto, la puesta en juego y las opciones están predeterminadas; incluso si se va a llegar a ser filósofo, será esta historia de esta filosofía, y no otra, la que constituirá el punto de partida de la reflexión. Esto se encuentra mucho más acá, o más allá, de toda intención, voluntad, maniobra, conspiración, disposición de cualquier institución, ley, grupo o clase determinadas.

Al lado, o "por encima", de este infra-poder implícito, siempre ha habido y siempre habrá un poder explícito, instituido como tal, con sus dispositivos particulares, con su funcionamiento definido y con las sanciones legítimas que puede aplicar(2). La necesidad de existencia de tal poder deriva al menos de cuatro factores:

el mundo "pre-social" en cuanto tal amenaza siempre el sentido instaurado de la sociedad;
la psique de cada ser humano no está ni puede estar nunca completamente socializada ni ser totalmente conforme a lo que las instituciones le exigen;
la sociedad contiene siempre, en su institución y en sus significaciones imaginarias, un impulso hacia el porvenir, y el porvenir excluye una codificación (o una mecanización) preliminar y exhaustiva de las decisiones a tomar.
De ello deriva la necesidad de instancias explícitamente instituidas sobre la base de la posibilidad de tomar decisiones autorizadas sobre lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, esto es, sobre la base de la posibilidad de legislar, "llevar a cabo", resolver los litigios y gobernar. Las primeras dos funciones pueden estar ocultas en la estructura consuetudinaria del sistema normativo (y lo han estado, en la mayor parte de las sociedades arcaicas), pero no puede decirse lo mismo de las dos últimas. Por último, y sobre todo, este poder explícito es el garante instituido del monopolio de las significaciones legítimas en la sociedad considerada.

Lo político es todo aquello que concierne a este poder explícito (los modos de acceso a él, el modo apropiado de gestionarlo, etc.)

Este tipo de institución cubre la casi totalidad de la historia humana. Así ocurre en las sociedades heterónomas: crean ciertamente sus propias instituciones y significaciones, pero ocultan esta autocreación, imputándola a un fuente extrasocial -los antepasados, los héroes, los dioses, Dios, las leyes de la historia o las leyes del mercado-, en todo caso una fuente exterior a la efectiva actividad de la colectividad efectivamente existente. En tales sociedades heterónomas, la institución de la sociedad tiene lugar en el cierre del sentido. Todas las preguntas formulables en la sociedad considerada pueden encontrar respuesta en las significaciones imaginarias, mientras que las que no pueden hacerlo son, más que prohibidas, imposibles mental y psíquicamente para los miembros de la sociedad.

Esta situación, por lo que sabemos, sólo ha sido rota dos veces en la historia: en la Grecia antigua y en Europa occidental. Y de esa ruptura somos herederos, es ella la que nos permite hablar como hablamos. La ruptura se expresa a través de la creación de la política y de la filosofía (de la reflexión). Política: puesta en cuestión de las instituciones establecidas. Filosofía: puesta en cuestión de los idola tribus, de las representaciones comúnmente aceptadas.

En estas sociedades, el cierre del sentido se rompe, o por lo menos tiende a romperse. Esa ruptura -y la actividad de interrogación incesante que la acompaña- implica el rechazo de una fuente de sentido diferente a la actividad viva de los seres humanos. Implica, por tanto, la repulsa de toda "autoridad" que no rinda cuenta y razón, y que no justifique la validez del derecho de sus enunciados. De ello se derivan de forma casi inmediata:

la obligación de todos de dar cuenta y razón (logon didonai) de los propios actos y de las propias afirmaciones.
la repulsa de las "diferencias" o "alteridades" (jerarquía) preliminares en las posiciones respectivas de los individuos y, consiguientemente, la puesta en cuestión de todo poder que dé lugar a ellas;
la apertura de la pregunta sobre las buenas (o mejores) instituciones, en la medida en que dependen de la actividad consciente y explícita de la colectividad; y, por tanto, también la apertura de la pregunta sobre la justicia.
Se nota fácilmente que estas consecuencias conducen a considerar la política como una tarea que afecta a todos los miembros de la colectividad respectiva, una tarea que presupone la igualdad de todos y trata de hacerla efectiva. Una tarea, pues, que también es de transformación de las instituciones en el sentido de la democracia. Podemos ahora definir la política como la actividad explícita y lúcida que concierne a la instauración de las instituciones deseables, y la democracia como el régimen de autoinstitución explícita y lúcida, tanto como es posible, de instituciones sociales que dependen de una actividad colectiva y explícita.

Casi no haría falta añadir que esta autoinstitución es un movimiento incontenible, que no pretende lograr una "sociedad perfecta" (expresión carente de sentido), sino una sociedad libre y justa, en la medida de la posible. A este movimiento le llamamos el proyecto de una sociedad autónoma y, llevado a su cumplimiento, debe establecer una sociedad democrática.

Surge una pregunta preliminar, ya planteada efectivamente en la historia: ¿por qué se quiere, por qué se debe querer, un régimen democrático? No lo discutiré aquí, limitándome a observar que esa pregunta implica ya que debemos (o deberíamos) vivir en un régimen en el que todas las preguntas pueden ser planteadas, y eso también es el régimen democrático.

Asimismo, es inmediato que semejante institución, en la que todas las preguntas pueden ser planteadas, donde ninguna posición ni status están determinados o garantizados de partida, define la democracia como régimen. Volveré sobre ello.
II

Se ha objetado que esta visión comporta una concepción sustantiva de la felicidad de los ciudadanos y que, por tanto, desemboca fatalmente en el totalitarismo (posición explícitamente expresada por Isaiah Berlin e implícita en las argumentaciones de Rawls o Habermas)(3).

Pero nada de lo dicho hasta ahora alude a la "felicidad" de los ciudadanos. Se pueden comprender las razones históricas de tales objeciones, desde el famoso "la felicidad es una idea nueva en Europa" de Saint Just hasta la monstruosa farsa de los regímenes estalinistas, que pretendían trabajar por -y realizar- la felicidad del pueblo ("La vida se ha hecho mejor, compañeros. La vida se ha hecho más feliz", declaraba Stalin en el apogeo de la miseria y del terror en Rusia). Pero estas motivaciones no bastan para justificar la posición teórica, que parece una reacción casi epidérmica a una situación histórica de colosales dimensiones -la emersión del totalitarismo- que exigía un análisis mucho más profundo de la cuestión política. El objetivo de la política no es la felicidad, sino la libertad. La libertad efectiva (no me refiero aquí a la libertad "filosófica") es lo que llamo autonomía. La autonomía de la colectividad, que no puede realizarse más que a través de la autoinstitución y el autogobierno explícitos, es inconcebible sin la autonomía efectiva de los individuos que la componen. La sociedad concreta, que vive y funciona, no es otra cosa que los individuos concretos, efectivos, "reales".

Pero lo inverso es igualmente cierto: la autonomía de los individuos es inconcebible sin la autonomía de la colectividad. En realidad, ¿qué significa, cómo es posible, qué presupone la autonomía de los individuos? ¿Cómo se puede ser libre si se está colocado obligatoriamente bajo la ley social? Existe una primera condición: es necesario que se tenga la posibilidad efectiva de participar en la formación de la ley (de la institución). No se puede ser libre bajo una ley si no se puede decir que esa ley es propia, si no se ha tenido la posibilidad efectiva de participar en su formación y en su institución (incluso cuando las preferencias propias no han prevalecido). En vista de que la ley es necesariamente universal en su contenido y, en una democracia, es colectiva en su fuente (punto que, en teoría, no discuten los procedimentalistas), de ahí se deriva que la autonomía (la libertad) efectiva de todos, en una democracia, debe ser una preocupación fundamental de cada uno (el "olvido" de esta evidencia es una de las innumerables estafas del pseudo-"individualismo" contemporáneo), ya que la cualidad de la colectividad que adopta decisiones que nos afectan es algo que nos interesa de manera vital (en otro caso, nuestra propia libertad se convierte en algo políticamente irrelevante, estoica o ascética). Tengo un interés positivo fundamental (y también egoísta) en vivir en una sociedad más cercana a la del Simposio que a la del Padrino o a la de Dallas. La propia libertad, en su realización efectiva, es función de la libertad efectiva de los otros. Idea ésta que, ciertamente, es incomprensible para un cartesiano o para un kantiano.

No hay ninguna duda de que el despliegue y la realización de esta libertad presupone algunas disposiciones institucionales precisas, incluidas algunas disposiciones "formales" y "procedimentales": los derechos individuales (Bill of Rights), las garantías judiciales (due process of law; nullum crimen, nulla poena sine lege), la separación de poderes, etc. Pero las libertades a las que dan resultado son estrechamente defensivas (negativas). Todas estas disposiciones presuponen -y se trata del postulado tácito casi general en lo que pasa por ser filosofía política moderna- que haya ahí delante un poder extraño a la colectividad, inamovible, inatacable, por esencia hostil y peligroso, cuya potencia se pretende limitar en la medida que sea posible. Reencontramos así la filosofía tácita de los comunes ingleses respecto al monarca, y la posición explícita de los textos fundadores de la Constitución americana. El hecho de que algunos siglos más tarde, los "pensadores políticos" de la modernidad se comporten psíquica e intelectualmente como "servidores sumisos y obedientes de vuestra Excelencia" -Eu. Excellenz untertaenig gehorsamster Diener(4)- sorprenderá solamente a quienes no hayan reflexionado nunca sobre la extraña relación entre la mayor parte de los intelectuales y los poderes establecidos(5).

Libertad bajo la ley -autonomía- significa participación en el posicionamiento de la ley. Es una tautología afirmar que esta participación sólo realiza la libertad cuando ella es igualmente posible para todos, no en la letra de la ley sino en la efectividad social. De eso se deriva inmediatamente lo absurdo de la oposición entre igualdad y libertad, repetida a lo largo de varios decenios. A menos que se las tome en acepciones totalmente engañosas, las dos nociones se implican recíprocamente(6). La igual posibilidad efectiva de participación comporta el reconocimiento efectivo de las condiciones de todo orden para esta participación. Las implicaciones son manifiestamente inmensas y abarcan una parte considerable de la institución global de la sociedad; pero el punto de apoyo arquimédico es evidentemente la paideia [educación] en su sentido más profundo y duradero, sobre el que tornaré.

Por consiguiente, no es posible realizar una "democracia procedimental" que no sea un fraude, si no se interviene profundamente sobre la organización de la vida social.
III

La lengua griega antigua y la práctica política de los atenienses ofrecen una distinción preciosa -y, en mi opinión, de validez universal- entre tres esferas de la actividad humana, que, a su vez, la institución global de la sociedad debe separar y articular: el oikos, el agora y la ecclesia, que, traducidos libremente, serían la esfera privada, la esfera privada/pública y la esfera (formalmente y en sentido fuerte) pública, que correspondería con lo que más arriba he definido como poder explícito. Noto en passant que esta distinción fundamental se encuentra en los hechos y en el lenguaje, pero no fue explicitada en tales términos en la época clásica, ni tampoco por el pensador clásico de la democracia, Aristóteles, excepto parcialmente. Estas esferas no son netamente distintas (y precisamente articuladas) salvo en un régimen democrático. Bajo un régimen totalitario, por ejemplo, la esfera pública absorbe cualquier cosa, y, al mismo tiempo, en realidad no es pública en absoluto, pues constituye la propiedad del Aparato totalitario que detenta y ejercita el poder. Las monarquías absolutas tradicionales respetaban, en teoría, la independencia de la esfera privada, del oikos, y sólo intervenían moderadamente en la esfera privada/pública, el agora. Paradójicamente, las pseudo-"democracias" occidentales contemporáneas, de hecho, han transformado, en gran medida, la esfera pública en privada: las decisiones verdaderamente importantes se toman en secreto y tras los bastidores (del Gobierno, del Parlamento, de los Aparatos de los partidos). Se puede dar una definición de democracia tan buena como cualquier otra: la democracia es el régimen en el que la esfera pública se hace verdadera y efectivamente pública, pertenece a todos, está efectivamente abierta a la participación de todos.

El oikos, la casa-familia, la esfera privada, es el campo en el que, formalmente y como principio, el poder ni puede y ni debe intervenir, aunque, como es usual en este campo, eso ni puede y ni debe entenderse en sentido absoluto: la ley penal prohíbe atentar contra la vida o la integridad física de los miembros de la propia familia, la enseñanza de los niños se ha hecho obligatoria incluso bajo los gobiernos más conservadores, etc.

El agora, el mercado-lugar de reunión, es el campo en el que los individuos se encuentran libremente, discuten, contratan recíprocamente, publican y compran libros, etc. Tampoco aquí, formalmente y como principio, puede ni debe intervenir el poder, aunque tampoco puede entenderse eso en sentido absoluto. La ley impone el respeto de los contratos privados, prohíbe el trabajo de los niños, etc. En realidad, nunca acabaríamos de enumerar los puntos sobre los que el poder, también en los Estados más "liberales" (en el sentido del liberalismo capitalista), interviene en este campo (un ejemplo que se pondrá después: el Presupuesto), ni tampoco las disposiciones a través de las que lo hace.

La ecclesia, termino aquí utilizado metafóricamente(7), es el lugar del poder, el campo público/público. El poder incluye a los poderes, y éstos, a su vez, deben estar separados y articulados. Me remito a otros textos donde he tratado más ampliamente el tema(8) y me limitaré ahora a algunos puntos relevantes para la presente discusión.

Si se considera concretamente la actividad de las diferentes ramas del poder, está claro que no existe un campo en el que se puedan asumir y adoptar decisiones sin tomar en consideración apreciaciones sustanciales. Lo que vale tanto para la legislación como para el gobierno, para el "ejecutivo" como para el judicial.

De hecho, es imposible imaginar una ley -excepción hecha, particularmente, de las leyes de procedimiento- que no decida sobre cuestiones sustantivas. Ni la prohibición de homicidio queda excluida, como testimonian las múltiples restricciones, excepciones y cualificaciones de que está rodeada, siempre y en todas partes. Lo mismo puede decirse sobre la "aplicación" de estas leyes, tanto desde el judicial como desde el "ejecutivo"(9). El juez no puede (y, en todo caso, no debe) ser nunca un Paragraphen/automat, porque se encuentra siempre con los "vacíos del derecho" (Rechtslucken), pero sobre todo porque siempre hay un problema de interpretación de la ley y, más profundamente, un problema de equidad(10). Tanto la interpretación como la equidad son inconcebibles sin recurrir e invocar al "espíritu del legislador", y lo mismo ocurre con sus "intenciones"(11) y los valores sustantivos hacia los que se supone que este último mira. Las cosas se plantean de la misma forma respecto a la administración, en la medida que ésta última no podría "aplicar" las leyes y los decretos sin interpretarlos. Y lo mismo puede decirse, en el máximo grado posible, sobre el Gobierno. La función de gobierno es "arbitraria". Se desenvuelve en el marco de la ley y está vinculada a la ley (esto se refiere evidentemente a lo que se considera el caso de los regímenes "democráticos" occidentales), pero no aplica ni cumplimenta, por lo común, las leyes. La ley (en general, la Constitución) establece que el Gobierno debe presentar cada año un proyecto de presupuestos ante el Parlamento, y que éste (compartiendo en este caso una función de gobierno y no "legislativa") debe expresar su voto, con o sin enmiendas al texto original; lo que la ley no dice, y no podría nunca decir, es qué debe haber dentro de dicho Presupuesto. Es totalmente evidente que es imposible imaginar un Presupuesto que no esté imbuido de cabo a rabo, tanto para los ingresos como para los gastos, por decisiones sustantivas inspiradas en ciertos objetivos y en ciertos "valores" hacia cuya realización apunta. Más en general, todas las decisiones no banales de gobierno afectan y vinculan el futuro, en una oscuridad radical y radicalmente inevitable. Tienden a orientar la evolución de la sociedad, en la medida en que ésta depende de ellas, en una dirección que se prefiere a otra. ¿Cómo podrían acometerse tales decisiones sin apelar, aunque sea tácitamente, a opciones sustantivas?

Podría aducirse que bien podría darse que todas estas decisiones explícitas (particularmente las legislativas y de gobierno) sólo apuntasen a la conservación del estado de cosas existente, o a la preservación de la libertad de la sociedad (no "política") para hacer emerger de sí misma y desplegar las "formas de vida sustancial" que le son gratas. Pero este argumento contiene, aunque sea implícitamente, una aserción de valoración positiva de las formas y de los contenidos ya existentes de la vida social, ya sean herencia de tiempos inmemoriales, ya sean producto de la actividad contemporánea de la sociedad. Para poner un ejemplo familiar al lector de hoy, el "liberalismo" extremo remite a una afirmación de sustancia: aquello que "los mecanismos del mercado" o la "libre iniciativa económica", etc., producen, es "bueno" o "el menor mal posible", o bien dice que ningún juicio de valor sobre ello ser expresado (las dos afirmaciones, evidentemente contradictorias, han sido sostenidas simultánea o sucesivamente por F. von Hayek, por ejemplo). Afirmar que ningún juicio de valor puede ser expresado sobre aquello que la sociedad "espontáneamente" produce, impele hacia el nihilismo histórico total y termina afirmando, por ejemplo, que cualquier régimen (estalinista, nazi u otro) equivale a cualquier otro. Considerar que todo aquello que la tradición o, lo que es lo mismo, la sociedad, produce espontáneamente es bueno o el menor mal posible fuerza a tratar de demostrar, en cada caso y en cada ejemplo preciso, porque eso sería así y, por tanto, fuerza a entrar en una discusión sustantiva.

Ya que nadie en posesión de sus facultades mentales podría rechazar estas constataciones, la duplicidad del punto de vista procedimental se hace clara: no se trata de negar que las decisiones que implican cuestiones de sustancia deban ser tomadas, sea cual sea el tipo de régimen considerado, sino de afirmar que, en un régimen "democrático", solamente son relevantes la "forma" o el "procedimiento" para la toma de esas decisiones, es decir, que esta "forma" o este "procedimiento" por sí mismos caracterizan un régimen "democrático".

Con todo, admitamos que las cosas sean así. Pero todo "procedimiento" debe ser aplicado por seres humanos. Seres humanos que deben poder, deber y estar obligados a aplicar este procedimiento según su "espíritu". ¿Pero quiénes son estos seres humanos, de dónde vienen? Esta pregunta sólo se podría eludir desde la ilusión metafísica del individuo-sustancia, preformado en sus determinaciones esenciales, para el que su pertenencia a un ambiente histórico-social definido sería accidental, como lo sería el color de los ojos, postulando así la existencia efectiva (que se encuentra en la política efectiva, no en las ficciones "contrafactuales"), la existencia de átomos humanos -ya dotados no sólo de "derechos", etc., sino de una conciencia perfecta de las disposiciones del derecho (sin la que sería necesario legitimar una división del trabajo establecida de una vez por todas entre "simples ciudadanos" y jueces, administradores, legisladores, etc.)- que tenderían por sí mismos, ineludible e independientemente de toda formación, historia personal, etc., a comportarse como átomos jurídico-políticos. Esta ficción del homo juridicus es tan ridícula e inconsistente como la del homo oeconomicus, y ambas presuponen la misma metafísica antropológica.

Para el punto de vista procedimental, los seres humanos (o una parte suficiente de ellos) deberían ser puros entendimientos jurídicos. Pero los individuos efectivos son otra cosa muy distinta. Estamos obligados a tomarles como vienen, forjados ya por la sociedad, con su historia, sus pasiones, sus múltiples pertenencias particulares, tal y como han sido construidos en el proceso histórico-social y en la institución dada de la sociedad. Porque seríamos diversos, sería necesario que esta institución, en los aspectos sustanciales y sustantivos, fuese diversa. Incluso si suponemos una democracia caída del cielo, tan completa y perfecta como se quiera, esta democracia no podría durar más que algunos años a menos que produzca los individuos que le corresponden y que son, ante todo y sobre todo, capaces de hacerla funcionar y de reproducirla. No puede haber sociedad democrática sin paideia democrática.

La concepción procedimental, salvo caer en la incoherencia, está obligada a introducir subrepticiamente -o llevar hasta- al menos dos juicios de sustancia y de hecho:

las instituciones efectivas, dadas, de la sociedad son, tal y como son, compatibles con el funcionamiento de procedimientos "verdaderamente" democráticos;
los individuos, tal como son construidos por esta sociedad, pueden hacer funcionar los procedimientos establecidos en su "espíritu" y defenderlos.
Estos juicios tiene múltiples presuposiciones y comportan numerosas consecuencias. Mencionemos dos. La primera es que nos encontramos nuevamente con la cuestión fundamental de la equidad, no en el sentido sustantivo, sino ante todo en el sentido estrechamente lógico ya establecido por Platón y Aristóteles(12). Hay siempre inadecuación entre la materia a juzgar y la forma misma de la ley, pues la primera es necesariamente concreta y específica y la segunda es abstracta y universal. Esta inadecuación no puede ser colmada más que con el trabajo creador del juez "que se pone en el puesto del legislador", lo que implica que tome en cuenta consideraciones sustantivas. Todo esto va mucho más allá del procedimentalismo.

La segunda es que, para que los individuos sean capaces de hacer funcionar los procedimientos democráticos según su "espíritu", es necesario que una parte importante del trabajo de la sociedad y de sus instituciones se dirija hacia la producción de individuos que se correspondan con esta definición, esto es, mujeres y hombres democráticos también en el sentido estrechamente procedimental del término. Pero entonces es preciso afrontar el dilema siguiente: o esta educación de los individuos es dogmática, autoritaria, heterónoma -y la pretensión democrática se convierte en el equivalente político de un ritual religioso-; o bien, los individuos que deben "aplicar el procedimiento" -votar, legislar, seguir las leyes, gobernar- han sido educados de manera crítica. En tal caso, es necesario que este espíritu crítico sea valorizado, en cuanto tal, por la institución de la sociedad, y entonces se abre la caja de Pandora de la puesta en cuestión de las instituciones existentes, y la democracia vuelve a ser movimiento de autoinstitución de la sociedad, esto es, un nuevo tipo de régimen en el sentido pleno del término.

Los periodistas y también algunos filósofos políticos que parecen ignorar totalmente las largas disputas de la "filosofía del derecho" de los dos últimos siglos, hablan constantemente del "Estado de derecho". Pero si el "Estado de derecho" (Rechtstaat) es una cosa distinta del "Estado de la ley" (Gesetzstaat)(11) no es sino porque aquel va más allá de la simple conformidad con "procedimientos", planteando la cuestión de la justicia e implicando incluso a las reglas jurídicas ya existentes. Pero la cuestión de la justicia es la cuestión de la política, de cuándo la institución de la sociedad ha dejado de ser sagrada o tradicional. Desde entonces, el "reino de la ley" no puede eludir la pregunta ¿qué ley, por qué esta ley y no otra? Ni siquiera la respuesta "formalmente democrática" -la ley es ley porque representa la decisión de mayoría (omitimos evidentemente el saber si realmente lo es)- impide la pregunta: ¿y por qué debe ser así? Si la justificación de la regla de la mayoría es estrechamente "procedimental" -por ejemplo, porque es necesario que toda discusión tenga término-, entonces cualquier regla podría tener la misma justificación: sortear la decisión, por ejemplo. La regla mayoritaria no puede ser justificada si no se admite el valor igual, en el campo de lo contingente y lo probable, de las doxai [opiniones] de individuos libres(14). Pero si este igual valor no debe quedarse reducido a un "principio contrafactual", un engaño pseudo-trascendental, entonces es tarea permanente de la institución de la sociedad producir individuos de los que puede postularse razonablemente que sus opiniones tienen el mismo peso en el campo político. Una vez más, la cuestión de la paideia se revela ineliminable.

La idea de que el "derecho positivo" y sus procedimientos puedan separarse de los valores sustantivos es un espejismo. También lo es la idea de que un régimen democrático podría recibir de la historia, ready made [confeccionados], individuos democráticos que le harían funcionar. Tales individuos sólo pueden ser formados dentro, y a través, de una paideia democrática, que no brota como una planta sino que debe ser un objeto central de las preocupaciones políticas.

Los procedimientos democráticos constituyen una parte, ciertamente importante, pero sólo una parte, de un régimen democrático. Y deben ser verdaderamente democráticos, en su espíritu. En el primer régimen que se puede llamar, a pesar de todo, democrático, el régimen ateniense, fueron instituidos no como simples "medios", sino como momento de encarnación y de la facilitación de los procesos que lo realizaban. La rotación, el sorteo, la decisión tras la deliberación de todo el cuerpo político, las elecciones y los tribunales populares, no se basaban tanto sobre el postulado de la igual capacidad de todos para asumir las cargas públicas, sino más bien constituían las piezas de un proceso político educativo, de una paideia activa, que pretendía ejercitar y también desarrollar entre ellos todas las capacidades correspondientes, y, por tanto, hacer el postulado de la igualdad política tanto más posible por estar más próximo a la realidad efectiva.
IV

En verdad, las raíces de estas confusiones no son solamente "ideales", en el sentido de que no deben ser buscadas esencialmente o exclusivamente en "falsas ideas", en la misma medida en que no son solamente "materiales", en el sentido de que no deben entenderse como mera expresión, más o menos consciente, de intereses, pulsiones, posiciones sociales, etc. Se apoyan sobre el imaginario histórico-social de la edad "política" moderna, desde su prehistoria, pero ante todo sobre su carácter antinómico. Ahora no es posible dedicarse a hacer una dilucidación de esto, así que me limitaré al intento de seleccionar algunos puntos relevantes de la constelación de ideas en cuyo interior y a través de las cuales se ha expresado este imaginario en la esfera política. Comenzaré in media res. Es conocida la crítica habitual que el marxismo dirigía a los derechos y a las libertades "burguesas" (y que se remonta, sea lo que quiera que se diga, a Marx mismo): se tratarían de libertades y derechos simplemente "formales", establecidos más o menos en interés del capitalismo. Crítica incorrecta por muchas razones. Estos derechos y libertades no han nacido con el capitalismo ni han sido reconocidos por él. Reivindicados inicialmente por la protoburguesía de las comunas desde el siglo X, han sido arrancados, conquistados, impuestos a través de luchas seculares del pueblo (en las que no sólo han jugado un papel importante los estratos desfavorecidos, sino también la pequeña burguesía). Allá donde solamente han sido importados, han sido casi siempre débiles y frágiles (consideremos el caso de los países de América Latina o Japón). Además, estos derechos y libertades no se corresponden con el "espíritu" del capitalismo; este último exige más bien el one best way de Taylor o la "jaula de hierro" de Max Weber. Igualmente falsa es la idea de que representarían la premisa política de la concurrencia en el mercado económico, pues ésta es solamente un momento, ni espontáneo (Polanyi) ni permanente del capitalismo, cuya tendencia interna conduce al monopolio, al oligopolio o a las coaliciones entre capitalistas. Y tampoco constituyen una precondición para el desarrollo del capitalismo (consideremos de nuevo el ejemplo de Japón). Por fin, y sobre todo, estos derechos y libertades no son en absoluto "formales": por el contrario, corresponden a rasgos de vital necesidad en todo régimen democrático. Sin embargo, son parciales y, como se ha dicho antes, esencialmente defensivos. También la cualificación de "negativos" (I. Berlin) es inadecuada. El derecho a reunirse, a manifestarse, a publicar un periódico o un libro no es "negativo": su ejercicio constituye una componente de la vida social y política y puede tener y tiene necesariamente efectos importantes sobre ella. Otra cosa es que pueda ser obstaculizado por las condiciones efectivas o, como ocurre hoy en los países ricos, que pueda ser reducido a un papel más o menos fútil a causa del marchitamiento político general. Precisamente, una parte principal de la lucha por la democracia apunta hacia la instauración de las condiciones reales que permitan a todos el ejercicio efectivo de estos derechos. Recíprocamente, esta falaz denuncia del carácter "formal" de los derechos y libertades "burguesas" ha tenido resultados catastróficos, sirviendo de trampolín a la instauración del totalitarismo leninista y dando cobertura a su continuación a través del estalinismo.

Estas libertades y derechos no son, por tanto, "formales": son parciales y, en la realidad social efectiva, esencialmente defensivos. Por la misma razón, no son "negativos". La expresión de I. Berlin pertenece al contexto y al patrimonio histórico al que he hecho referencia al principio. Corresponde a la actitud subyacente, cuasipermanente, de las sociedades y poblaciones europeas (no sólo de éstas, pero de ellas estamos hablando aquí) respecto al poder. Precisamente cuando se ha roto, al menos en parte, el imaginario milenario de la realeza del derecho divino (ratificado y reforzado por el cristianismo, "todo poder viene de Dios"), sigue subsistiendo con no menos intensidad la representación del poder como extraño a la sociedad, frente a ella y opuesto a ella. El poder son "ellos" (us and them, sigue diciéndose en inglés), nos es hostil como norma y se trata de contenerlo dentro de sus límites y de defendernos ante él. Solamente en las épocas revolucionarias, en la Nueva Inglaterra o en Francia, la frase we the people [nosotros, el pueblo] o el término Nación, adquieren un sentido político y se declara que la soberanía pertenece a la nación, frase que será rápidamente vaciada de su contenido a través de la "representación". En semejante contexto, se comprende que los derechos y libertades ha ser considerados como instrumentos de defensa contra un Estado omnipotente y esencialmente extraño.

I. Berlin opone a estas libertades "negativas", las únicas aceptables en su opinión, una idea de la libertad "positiva" emparentada con la concepción democrática antigua (griega) según la cual todos los ciudadanos deben tomar parte del poder. Esta idea, según ese autor, sería potencialmente autoritaria pues presupondría la imposición de una concepción positiva, y colectivamente (políticamente) determinada, del Bien común o del bien vivir. Muchas son las grietas en ese razonamiento. La libertad efectiva (mejor que "positiva") de todos mediante la participación en el poder no implica una concepción del Bien común más de lo que lo haga cualquier decisión legislativa, de gobierno o judicial, tomada por "representantes", ministros o jueces togados. Como ya se ha dicho, nunca puede ejercerse, por ejemplo, un sistema de derecho que sea completamente (o esencialmente) Wertfrei, neutro en cuanto a valores. El reconocimiento de una esfera libre de "actividad privada" -cualesquiera
que sean sus límites- procede asimismo de la afirmación de un valor sustantivo y que pretende tener validez universal: es bueno para todos que los individuos se muevan libremente dentro de la esfera de la actividad privada reconocida y garantizada por la ley. La delimitación de estas esferas, el contenido de las eventuales sanciones en caso de ser transgredidas por otras, debe necesariamente recurrir a algo distinto que una concepción formal de la ley, como sería fácil demostrar a propósito de cualquier sistema de derecho positivo (para poner un ejemplo, es imposible establecer una graduación de la gravedad de los delitos y de las penas sin establecer un "parangón" entre el valor de la vida, de la libertad -la prisión-, el dinero, etc.)

Implícita en la argumentación de Berlin hay otra confusión: entre el Bien común y la felicidad. El fin de la política no es la felicidad, que solamente puede ser un asuntos privado(15), es la libertad y la autonomía individual y colectiva. Pero no puede ser solamente la autonomía, porque entonces se recaería de nuevo en el formalismo kantiano y bajo todas las legítimas críticas de las que ha sido objeto desde su origen. Como he dicho en otro lugar(16), queremos la libertad al mismo tiempo por sí misma y para hacer alguna cosa, para poder hacer cosas. Y bien, una inmensa parte de esas cosas no estamos en condiciones de hacerlas solos, o bien dependen fuertemente de la institución global de la sociedad, y, generalmente, las dos circunstancias se verifican simultáneamente. Eso implica necesariamente una concepción, aunque sea mínima, del Bien común.

Es cierto, como he recordado al comienzo del texto, que Berlin no ha creado esta confusión, limitándose a compartirla. Ella proviene de lejos, y es tanto más necesario disiparla. La distinción a restablecer es antigua (y su olvido por los teóricos modernos tiene aún menos excusa). Se trata de la distinción entre la felicidad, hecho estrictamente privado, y el Bien común (o la buena vida), impensable sin referirse al campo público y al campo público/público (el poder). Es la misma, en términos diferentes pero que enriquecen la discusión, que la distinción entre eudaimonia, la felicidad, que no es eph'hemin, no depende de nosotros, y el eu zein, el bien vivir, que, en gran parte, depende de nosotros, individual y colectivamente (ya que depende tanto de nuestros actos como de los que nos circundan, y, en un nivel a la vez más abstracto y más profundo, de las instituciones de la sociedad). Se pueden casar ambas distinciones, afirmando que la realización del bien común es la condición del buen vivir.

¿Pero qué determina o define el buen vivir? Quizá una las razones principales de la confusión que rodea la pregunta es que la filosofía ha pretendido poder dar esta determinación o definición. Esto ha ocurrido porque el papel de pensadores de la política ha sido jugado principalmente por filósofos, y éstos, por profesión, querrían determinar de una vez por todas una "felicidad" y un "bien común", y, si es posible, hacerles coincidir. En el marco del pensamiento heredado, esta determinación tenía que ser universal, válida para todo tiempo y lugar, y, al mismo tiempo, establecida de algún modo a priori. esta es la raíz del "error" de la mayor parte de los filósofos que han escrito sobre política, y del error simétrico de aquellos otros que, para evitar lo absurdo de las consecuencias de esta solución -Platon, por ejemplo, que legislaba sobre modos musicales permitidos y prohibidos para toda "buena" sociedad- se han reducido a rechazar la pregunta misma, abandonándola al libre arbitrio de cada uno. No puede haber filosofía que defina para todos qué es la felicidad, y menos aún que la quiera imponer a través de decisiones políticas. La felicidad pertenece a la esfera privada y privada/pública. No pertenece a la esfera pública/pública en cuanto tal. La democracia, como régimen de la libertad, excluye ciertamente que una "felicidad" pueda ser presentada, en sí misma o en sus "medios", como políticamente obligatoria. Se puede añadir: ninguna filosofía en ningún momento puede definir un "bien común" sustantivo, y ninguna política puede esperar para actuar a que la filosofía haya establecido semejante bien común(17).

Pero las preguntas que se plantean en la esfera pública/pública (a la legislación, al gobierno) no pueden siquiera ser discutidas sin una visión del bien común. El bien común es, al mismo tiempo, una condición de la felicidad individual y también atañe a las obras y trabajos que la sociedad -feliz o no- querría ver realizadas.

Esto no afecta sólo al régimen democrático. El análisis ontológico muestra que ninguna sociedad puede existir sin una definición, más o menos segura, de los valores sustantivos compartidos, de los bienes sociales comunes (los public goods de los economistas sólo son una parte de ellos). Estos valores representan una parte esencial de las significaciones imaginarias sociales establecidas. Definen el empuje de cada sociedad; suministran normas y criterios no formalmente instituidos (por ejemplo, los griegos distinguían entre dikaion y kalon); finalmente, sostienen el mandato institucional explícito. Un régimen político no puede ser totalmente agnóstico en cuanto a valores (o morales, o éticas). Por ejemplo, el derecho no puede hacer otra cosa que expresar una concepción común (o dominante, bien o mal aceptada) del "mínimo moral" implicado en la vida en sociedad.

Pero estos valores y esta moralidad son creación colectiva anónima y "espontánea". Pueden ser modificados bajo la influencia de una acción consciente y deliberada, pero es necesario que esta última incida sobre otros estratos del ser histórico-social, no solamente por los afectados por la acción política explícita. En todo caso, la cuestión del bien común pertenece al campo del hacer histórico-social, no al de la teoría. La concepción sustancial del bien común, en cualquier caso, es creación histórico-socíal, y, evidentemente, se encuentra tras todo derecho y todo procedimiento. Esto no conduce al simple "relativismo", cuando se vive en un régimen democrático en el que la interrogación queda abierta efectivamente y de forma permanente, lo que presupone la creación social de individuos capaces de interrogarse efectivamente. Aquí encontramos, al menos, una componente del bien común democrático, sustantivo y no relativo: la ciudad debe hacer todo lo posible para ayudar a los ciudadanos a llegar a ser efectivamente autónomos. Esa es, ante todo, una condición de su existencia en tanto que ciudad democrática: una ciudad está hecha de ciudadanos, y ciudadano es aquel que es "capaz de gobernar y de ser gobernando" (Aristóteles). Pero es también, como ya he dicho, una condición positiva del bien vivir de cada uno, dependiente de la "cualidad" de los otros. Y la realización de este objetivo -ayudar a los ciudadanos para que lleguen a ser autónomos, la paideia en la acepción más fuerte y profunda del término- es imposible sin decisiones políticas sustantivas, que, por otra parte, no pueden dejar de ser tomadas en cualquier tipo de régimen y en cualquier caso.

La democracia como régimen es, por tanto, al mismo tiempo, el régimen que intenta realizar, tanto como resulta posible, la autonomía individual y colectiva, y el bien común tal como es concebido por la colectividad considerada.
V

El ser humano singular reabsorbido en "su" colectividad, en la que, evidentemente, se encuentra por azar (el azar de su nacimiento en determinado lugar y determinado momento), por un lado, y por otro, este mismo ser separado de toda colectividad, contemplando la sociedad a distancia y procurando ilusoriamente considerarla al mismo tiempo como un artefacto y como un mal necesario, son dos consecuencias del mismo desconocimiento, que se pone de manifiesto en dos niveles:
como desconocimiento de lo que son el ser humano y la sociedad, de lo mostrado por el análisis de la humanización del ser humano como socialización y la "encarnación"-materialización de lo social en el individuo;
como desconocimiento de lo que es la política en cuanto creación ontológica en general -creación de un tipo de ser que se da explícitamente, aunque en parte, las leyes de su propia existencia y, al mismo tiempo, en cuanto proyecto de autonomía individual y colectiva.
La política democrática es, en los hechos, la actividad que intenta reducir, tanto como sea posible, el carácter contingente de nuestra existencia histórico-social en sus determinaciones sustantivas. Ni la política democrática en los hechos, ni la filosofía en la idea, pueden suprimir aquello que, desde el punto de vista del ser humano singular y de la humanidad en general, aparece como el azar radical (que Heidegger veía en parte, pero restringía extrañamente al ser humano singular, bajo el título de Geworfenheit, abandono o "estar-arrojado"), haciendo así que haya un forma de ser, que esto se manifieste como mundo, que dentro de este mundo haya una forma de vida, y en esta vida haya una especie humana, en esta especie una cierta formación histórico-social y en esta formación, en tal lugar y momento, florezca en un vientre entre millones, aparezca este pedazo de carne que berrea, y no otro. Pero ambas, política democrática y filosofía, praxis y pensamiento, pueden ayudarnos a limitar, o mejor a transformar, la parte enorme de contingencia que determina nuestra vida a través de la libre acción. Sería ilusorio afirmar que ellas ayudan a "asumir libremente" las circunstancias que no hemos escogido y que no podremos nunca escoger. El hecho mismo de que un filósofo pueda pensar y escribir que la libertad es la conciencia de la necesidad (independientemente de toda consideración
sustantiva sobre el sentido de esa frase) está condicionado por una miríada no numerable de otros hechos contingentes. La simple conciencia de la mezcolanza infinita de contingencia y necesidad -de contingencia necesaria y de necesidad en último análisis contingente- que condiciona lo que somos, lo que hacemos, lo que pensamos, está bien alejada de ser libertad. Pero es condición de esta libertad, condición requerida para emprender lúcidamente las acciones que pueden conducirnos a la autonomía efectiva tanto en el plano individual como en el plano político.

NOTAS

(1)Ver mi texto "Pouvoir,politique,autonomie" (1988),reeditado en Le monde morcelé-Les Carrefours du labyrinthe III, París, Le Seuil, 1990, pp.117-124.

(2) Sanciones legítimas respecto al derecho positivo, no en absoluto.

(3)Para Habermas, ver su último "ThreeModels of Democracy", en Costellations, Vol. I, nºl, abril 1994, pp.1-10.

(4) Términos de la dedicatoria de la Crítica de la razón pura, Koenigsberg, 29 marzo 1781, al Freiherr Van zedlitz, ministro de estado del rey de Prusia.

(5) Ver mi "Les intellectuels et l'histoire" (1987), reeditado en Le Monde morcelé, op.cit., pp.103-111.

(6) Ver mi texto (1981), reeditado en Domaines de l'homme-Les Carrefours du labyrinthe, París, Le Seuil, 1986, pp.307-324.

(7) Términos que empleo simbólicamente (y por abuso del lenguaje). La Asamblea ateniense no ejercitaba el poder judicial y no hacía más que supervisar al "ejecutivo" en el sentido que se da a tal término (administración).

(8) Ver mi "Fait et á faire", en Autonomie et auto-trasformation de la societé, la philosophie militante de Cornelius Castoriadis, Ginebra-París, Droz, 1989, en particular pp.500-513.

(9) Aquello que en el lenguaje filosófico y constitucionalista moderno se denomina "ejecutivo", se escinde en dos: poder (o funciones) de gobierno y poder (o funciones) administrativo. El "Gobierno", en cuanto gobierno, no "ejecuta" las leyes, esencialmente actúa (gobierna) en el cuadro de las leyes. La adninistración, en la medida en que no puede ser "mecanizada" enteramente, no pude tampoco escapar a las cuestiones de interpretación, como las evocadas en el texto.

(10) Ver mi análisis de las ideas de Aristóteles sobre ese tema, en "Valeur, égalité,justice, politique: de Marx á Aristote et d'Aristote á nous" (1975), reeditado en Les Carrefours du labyrinthe, París, Le Seuil, 1978, especialmente pp 274-306.

(11) No se trata evidentemente de las intenciones "históricamente establecidas", sino de la inserción necesaria -y problemática- de toda cláusula particular en el sistema jurídico en su conjunto, que evoluciona continuamente.

(12) Ver mi texto citado en la nota 10.

(13) Desde muchos siglos antes de la Revolución francesa, la Monarquía, absoluta o "ilustrada" realizaba en la mayor parte de los países de Europa Occidental un "Estado de ley". "Aquí hay jueces en Postdam", replicaba el molinero prusiano a Federico el Grande.

(14) Poco más o menos así lo justificaba Aristóteles en La Constitución de los atenienses, XLI

(15) Ver "Racines subjetivas du projet révolutionnaire" en la primera parte (1964-65) de mi libro L'Institution imaginaire de la Societé, París, Le Seuil, 1975, pp.126-127.

(16)Ver mi texto "La polis grecque et la création de la démocratie" (1982), reeditado en Domaines de l'homme, op.cit., en particular pp.287-296.

(17) Ciertamente, sería difícil para un filósofo sostener que una sociedad en la que la filosofía es imposible valga, a sus ojos, tanto como otra en la que es practicada. Pero, a falta de una aclaración suplementaria (y larga) del contenido del término filosofía, esto no define políticamente un tipo de sociedad. Ha habido una, o, al menos, una cierta filosofía en la India y en China (por no hablar del Islam y de la Europa medieval). Pero de ahí no se deriva que una sociedad de castas o con un mandarinato equivalga políticamente a una sociedad democrática.