miércoles, 22 de diciembre de 2010

Trotsky y la cuestión judía II parte (Arlene Clemesha)


Durante la revolución y la guerra civil en la URSS
Trotsky no escribió sobre la cuestión judía durante el período de la revolución y la guerra civil en Rusia. Pero la cuestión judía, por lo que revela su autobiografía, entre otros estudios, estaba presente en lo cotidiano de ese período agitado. Trotsky, en Mi Vida, escribió que un día después de la revolución de octubre rechazó el importante cargo de Comisario de Asuntos Internos (ministro del Interior), que Lenin insistía tomara a su cargo, para “no colocar en las manos de los enemigos un arma como mi judaísmo”.
Trotsky explica su actitud diciendo que “ya había mencionado que la instancia nacional, tan importante en la vida de Rusia, no había cumplido papel alguno en mi vida. En mi juventud los impulsos nacionales y pre-conceptos irracionales ya me parecían incomprensibles, y en algunos casos me causaban repugnancia. La educación marxista profundizó ese estado de ánimo y lo convirtió en internacionalismo activo. La vida en diversos países, el conocimiento del idioma, de la política y de la cultura de cada uno, hicieron que ese internacionalismo penetrase en mi carne y en mi sangre. Y si en el año 1917, y posteriormente, utilicé mi judaísmo como argumento para no aceptar alguna nominación, lo hice sólo por consideraciones políticas” (27).
Cuando la prensa mundial se refería a la Revolución Rusa casi siempre mencionaba el origen judío de Trotsky, uno de sus principales líderes. La prensa judía, dice Glotzer, expresaba orgullo por los orígenes judíos de Trotsky, a pesar de que casi siempre condenaba su bolchevismo (!)(28), mientras que Trotsky intentaba desvincular su imagen de la de un judío. Cuando en 1918 una delegación de judíos pidió a Trotsky usar su influencia con los bolcheviques para que fuese mantenida la igualdad de derechos que la revolución de febrero les había concedido por primera vez en la historia de Rusia, Trotsky respondió: “No soy un judío sino un internacionalista”. Notamos que la intención de Trotsky tampoco era oponerse a los derechos de los judíos. Trotsky resaltó, en su Historia de la Revolución Rusa, para mérito de la revolución de febrero, que abolió las 650 leyes restrictivas de los derechos judíos en Rusia.
El rabino-jefe de Moscú, Jacob Maze (a veces escrito como Mazeh), en 1921 “en la cúspide de su poder político, después de la consolidación de la revolución bolchevique, lo visitó en nombre de los judíos privados nuevamente de muchos derechos (…) [la campaña anti-religiosa era dirigida indiscriminadamente contra todas las religion es, NdA]. Trotsky respondió: “Yo soy un revolucionario y bolchevique, no un judío”. Rabbi Maze retrucó: “Los Trotskis hacen la revolución y los Bronsteins pagan la cuenta”. Antes de ese episodio, consta que Trotsky le dijo a un grupo de judíos que lo visitó, que “los judíos no le interesaban más que los búlgaros”. Según Vladimir Medem, Trotsky dijo que no se consideraba ni judío ni ruso, apenas un socialdemócrata (29).
De hecho, había una campaña antisemita dentro de Rusia, y fuera también, dirigida contra la revolución. “En el auge de la guerra civil, la agencia de noticias blanca, en Yekaterinburg, publicó un panfleto titulado ‘Tristes Recordaciones sobre los bolcheviques’. Su autor, Sergei Auslender, pintó el perfil de los líderes bolcheviques, sobre todo el de Trotsky: ‘Ese especulador internacional subyugó a Rusia, está fusilando a los viejos generales del ejército, vive en el palacio del Kremlin y comanda el ejército ruso… El sabe cómo extraer lo que hay de peor y más podrido en sus esclavos’. En noviembre de 1921, un panfleto titulado ‘Bolchevismo judío’ fue publicado en Munich con un prefacio de Alfred Rosenberg, el ideólogo nazi. El objetivo de ese trabajo era mostrar que la Revolución Rusa, en su contenido, ideas y liderazgo, era profundamente judía: ‘Desde el día de su surgimiento, el bolchevismo es una empresa judía’. Manipulando el número de Comisarios del Pueblo judíos, Rosenberg intentó mostrar que ‘la dictadura proletaria sobre el pueblo arruinado, semi-hambriento, fue un plan trazado en los albergues de Londres, Nueva York y Berlín’. Sus principales ejecutores también eran judíos, el principal entre ellos, Trotsky-Bronstein, y su objetivo era la revolución mundial. Ese tipo de calumnia tenía por objetivo desacreditar no sólo a la revolución sino también a sus líderes” (30).
Mandel sugiere que Trotsky era más conciente que el propio Lenin (que como líder de la revolución y jefe del nuevo Estado soviético se mostró un riguroso e incansable combatiente del antisemitismo) de los horrores potenciales del antisemitismo en Rusia (31). La preocupación de Trotsky por evitar, de todas las maneras, actitudes que pudieran dar margen a nuevas irrupciones de antisemitismo en Rusia se mostró justificada durante la guerra civil. Durante ese período, los ejércitos blancos de Petlioura y Koltchak, con la ayuda del ejército anarquista anti-bolchevique de Nestor Makhno, dejaron en Ucrania un saldo de más de 1.000 pogroms, 125.000 judíos muertos y 40.000 heridos, sin contar la destrucción general causada por los saqueos (32). Para Wistrich, los ataques a los judíos durante la guerra civil “eran, por lo menos en parte, una reacción contra el ‘Zhid’ Trotsky y los ejércitos bolcheviques bajo su comando” (33). Lo que sugiere Wistrich debe ser tomado en consideración. Significa que los pogroms de los bandos blancos y anti-bolcheviques en general fueron, en gran medida, un acto de venganza contra una revolución que veían como “obra de judíos”. Según Mandel, las masacres de los blancos dejaron “el mayor número de víctimas judías antes de la masacre nazi” (34).
Pero el antisemitismo no era exclusividad de los opositores de la revolución de octubre. Existía dentro de Rusia como herencia del zarismo, y Trotsky se vio obligado a combatirlo dentro del propio Ejército Rojo. Como jefe del Ejército, Trotsky llegó a mandar a los judíos al frente de batalla para evitar comentarios antisemitas que acusaban a los judíos de permanecer en los bastidores, en cargos administrativos, y no tomar las armas para defender la revolución. Trotsky permitió, a pedido del partido sionista de Rusia, la formación del batallón Poale Sion, pero, conciente del antisemitismo de sus soldados, sugirió que los batallones judíos entrasen en aquellos regimientos donde hubiese también batallones de otras nacionalidades, para “evitar el chauvinismo que resulta de la separación de las nacionalidades, y que infelizmente surge cuando se constituyen unidades militares nacionales totalmente independientes” (35).
Antes de la revolución, era generalizada la creencia de que los judíos eran “cobardes” y evitaban el servicio militar, lo que explica que Trotsky, como jefe del Ejército Rojo, fuese visto como un “ruso auténtico”, “un luchador”, “uno de los nuestros”, según un cosaco citado en Mi Vida. Las palabras del cosaco no constituían un caso aislado. Otros ejemplos semejantes aparecen en la literatura de ficción de la época. En un cuento de la conocida escritora Seipulina, un campesino decía: “Trotsky es uno de los nuestros, él es ruso y bolchevique. Lenin es judío y comunista”. En Sal, de Isaac Babel, publicado originariamente en 1923, una mujer, que tiene su sal (un producto escaso en la época) requisada por un soldado, le dice: “Yo perdí mi sal, lo reconozco y no temo la verdad. Pero a ustedes sólo les preocupa salar los a zhid Lenin y Trotsky”. El soldado: “Que en este momento no se hable de los judíos, ciudadana saboteadora; los zhids no tienen nada que ver con eso y a propósito, ya que habla de Lenin, no tengo nada que decir, pero si se trata de Trotsky, él es descendiente del heroico y temido gobernador de Tambov…” (36).
En ese momento de revolución y guerra civil, Trotsky lidió con el problema antisemita, en la medida en que se imponía en los pogroms de los ejércitos adversarios, en la propaganda anti-bolchevique y dentro del propio Ejército Rojo. Más tarde, Trotsky dirá que el antisemitismo constituyó un problema con el que resultó, en verdad, difícil lidiar y combatir durante el reflujo revolucionario del período stalinista.
En el exilio
El próximo escrito de Trotsky dedicado a la “cuestión judía” fue una carta-respuesta al Klorkeit (“Claridad”, en idisch, el órgano del grupo judío de la Oposición Comunista de Izquierda de Paris) escrita desde el exilio, en Turquía, el 10 de mayo de 1930 y publicada en Klorkeit, Nº 3, Paris, mayo de 1930, con el título “El papel de los trabajadores judíos en el movimiento general de los trabajadores de Francia”.
Trotsky agradece al grupo por una carta, que le llevaba informaciones, por primera vez, sobre el estado del movimiento obrero judío en Europa Occidental. En su respuesta, Trotsky explica el papel especial que los 60.000 obreros judíos podrían ejercer en el movimiento obrero de Francia, por su situación de inmigrantes y por su posición entre las camadas más bajas del proletariado francés, mal organizado y que carecía de la influencia internacionalista y del ánimo de lucha típicos del obrero judío. Trotsky usa el ejemplo del Bund para alertarlos contra el papel que no debe cumplir la prensa idische: “Es claro que no servirá arrancar a los trabajadores judíos del movimiento obrero de cada país específico, como fue el caso con la prensa del ‘Bund’ judío, sino por el contrario, aproximarlos a lo cotidiano de esa clase obrera” (37).
En esa carta como en otra siguiente, escrita desde Prinkipo, Turquía, el 9 de mayo de 1932, al diario idische de la Oposición Comunista de Nueva York, Unser Kamf (publicada en ese diario el 1º de junio de 1932 bajo el título: “El papel del obrero judío en el movimiento combativo internacional”; y traducida enseguida al inglés, fue publicada en The Militant del 11 de junio de 1932, como “Saludos al Unser Kamf”), Trotsky no se opone a la formación de grupos judíos dentro de la Oposición. Principalmente en la segunda carta, se nota que saluda con bastante ánimo la creación de diarios idisches, afirmando que “la existencia de una publicación judía independiente no sirve para separar a los trabajadores judíos, sino que por el contrario, para hacer más proclives a las ideas que unen a los trabajadores en una sola familia revolucionaria internacional” (38).
La carta que Trotsky recibió de la Oposición de Izquierda de Paris, en 1930, le requería su opinión sobre la transformación de Klorkeit en órgano internacional del proletariado judío. En esa ocasión Trotsky respondió que la idea era interesante pero que aún no tenía claro cuál sería, en ese caso, la relación del diario con los movimientos nacionales y con las organizaciones de la Oposición. Trotsky apenas indica que el diario tendría que tornarse más teórico-propagandístico, que no podría tratar de las cuestiones políticas específicas de cada país por separado, y se abstiene de dar una respuesta más definitiva.
Trotsky es quien toma la iniciativa de escribir al Unser Kamf, en 1932, para decir que su aparición fue un paso adelante de gran importancia, certificando en la misma carta que el grupo neoyorquino rechaza intransigentemente (sic) el principio bundista de federación de las organizaciones nacionales. Trotsky incentiva al diario a “desarrollarse y a fortalecerse para poder ejercer su influencia más allá de las fronteras de EE.UU. y Canadá: en América del Sur, Europa y Palestina”.
Trotsky en ese momento no duda sobre la importancia, para la Oposición, de un diario idische de características internacionalistas y circulación mundial, incluyendo al “viejo mundo y la URSS”. Trotsky, en esa carta, también atribuye un papel especial al proletariado judío, que ya no se limita a las fronteras de este o aquel país, o a la influencia positiva que pueda tener sobre los sectores aún desorganizados del proletariado de Francia o de EE.UU. Los judíos, dice Trotsky, por las condiciones históricas a las que fueron sometidos, se tornan especialmente suceptibles a las ideas del comunismo científico e internacionalista por su propia dispersión por el mundo. Debido a eso apenas (¿sería necesario más?) la Oposición Comunista de Izquierda podía contar con una gran influencia entre los proletarios judíos. Con un trabajo adecuado de la Oposición en un medio obrero judío, y un diario idische de circulación mundial, Trotsky vislumbraba la posibilidad de que las ideas de la Oposición ganaran terreno en Rusia a través de los obreros judíos. Los vínculos, de cultura y lengua comunes, que ponen en contacto a los trabajadores judíos de todo el mundo, podrían ayudar significativamente en la difusión de las ideas de la Oposición dentro de Rusia, el centro de la revolución mundial (39).
El antisemitismo ruso y la lucha contra la Oposición Trotskista
Los escritos siguientes de Trotsky sobre la “cuestión judía” abarcaron aspectos variados del problema, como la “asimilación” de los judíos y la utilización del idisch, el problema de la “región autónoma judía” del Birobidjan, el antisemitismo en la URSS, el sionismo, el conflicto árabe-judío en Palestina y el ascenso del nazismo.
El primero de sus artículos, “Sobre el problema judío”, en verdad una entrevista realizada en París, publicado en Class Struggle (publicación perteneciente a un grupo de corta vida, la Communist League of Struggle, liderada por Albert Weisbord), en febrero de 1934. En octubre del mismo año Trotsky escribió una “respuesta a una pregunta sobre Birobidjan”, dirigida al Ykslagor, un grupo judío de la Oposición de Izquierda en la URSS, que trabajaba en condiciones de severa represión.
Otra entrevista, titulada apenas “Entrevista con corresponsales judíos en México”, realizada el 18 de enero de 1937, fue publicada en idisch el 24 de enero, en el periódico socialista judío de Nueva York, Forverts, y al día siguiente, en forma fragmentada, en Inglaterra, en el Boletín diario de la ITA (agencia judía de noticias). La entrevista también fue publicada íntegramente en inglés, en la revista mensual de los trotskistas de EE.UU., Fourth International, en diciembre de 1945. La entrevista fue realizada en la casa del pintor mexicano Diego Rivera y estaban presentes P. Rozenberg por parte de la ITA, tres redactores del periódico idische publicado en México, Unzer Veg, y la secretaria que traducía las preguntas al francés. Todas las respuestas fueron dadas por escrito, también en francés (40).
Trotsky produjo el 22 de diciembre de 1938 su último escrito dedicado exclusivamente a la cuestión judía: una carta a un amigo en EE.UU., publicada como “Llamamiento a los judíos norteamericanos amenazados por el fascismo y el antisemitismo” en la ya mencionada Fourth International, de diciembre de 1945. Pero ese no fue su último comentario sobre el asunto. La preocupación por la “cuestión judía” impregna varios de sus artículos sobre el fascismo y sobre la situación mundial. Hasta poco antes de su asesinato, Trotsky continúa demostrando una gran preocupación por el destino de los judíos, como muestra un pasaje de “La guerra imperialista y la revolución proletaria mundial” (el manifiesto de la Conferencia de Emergencia de la Cuarta Internacional realizada en mayo de 1940), que volveremos a mencionar más adelante (41).
Mencionamos por último el artículo de Trotsky, “Thermidor y antisemitismo”, escrito el 22 de febrero de 1937 y publicado en The New International, mayo de 1941. El artículo analiza un asunto específico: el crecimiento del antisemitismo en la URSS después de la muerte de Lenin y su utilización contra Trotsky y sus aliados de la Oposición Comunista. El término “thermidor”, de acuerdo con el calendario proclamado por la Revolución Francesa, designa el mes en que los radicales jacobinos, liderados por Robespierre, fueron vencidos por un ala reaccionaria de la revolución, que no obstante no llegó a restaurar el régimen feudal. Trotsky usó el término en analogía histórica, para designar la toma del poder por la burocracia conservadora stalinista en el cuadro de las relaciones estatales de producción. Más allá de una simple analogía, el título del artículo indica cuál será su tesis central. Para Trotsky, la persistencia del antisemitismo en Rusia no se debía a la incapacidad de la revolución de combatirlo, sino a la necesidad de la contra-revolución stalinista de rescatarlo.
Como recuerda Glotzer, Trotsky fue el primero en denunciar el uso del antisemitismo por Stalin en las disputas internas del partido, primero en forma indirecta y velada, y después abiertamente, “hasta transformarse, de hecho, en tema dominante en el nuevo clima político impuesto bajo el stalinismo” (42). Pero las denuncias de Trotsky de que el antisemitismo venía utilizándose en forma creciente desde 1923, fueron recibidas con incredulidad y hasta indignación por los militantes y simpatizantes comunistas que no comprendían que la Rusia revolucionaria, que en 1917 había eliminado toda restricción legal a los judíos, y había penado rigurosamente el antisemitismo como un crimen y representaba el pensamiento progresista en el mundo, podía permitir el desarrollo del odio irracional a los judíos.
El editor del diario judío de Nueva York The Day, B.Z. Goldberg, y un conocido columnista del mismo diario, Aaron Glanza, son dos ejemplos de simpatizantes comunistas que manifestaron su indignación por las denuncias de Trotsky publicadas en la ya mencionada “Entrevista con corresponsales judíos en México” (24 de enero de 1937), en el diario Forverts, competidor de The Day.
Goldberg criticó a Trotsky en dos artículos, el 26 y 27 de enero de 1937: “En lo que se refiere a la cuestión judía, Trotsky hizo algo que es característico de todo político mediocre: utilizó la cuestión judía con objetivos políticos propios. Lo que es absolutamente indigno de León Trotsky. Para atacar a Stalin, Trotsky cree justificable proclamar que la Unión Soviética es antisemita… ¿Eso es verdad señor Trotsky? ¿Y si no es verdad, es correcto decir tal cosa? No importa qué tipo de reacción existe en este momento en la Unión Soviética *y yo no pretendo defender a Stalin o a la Unión Soviética*, lo que no puede ser dicho del actual régimen es que oprime a las minorías nacionales… El mismo Trotsky sabe que toda nacionalidad no sólo es libre en la URSS, sino que ésta garantiza la protección y preservación de su lengua y cultura, lo que vale para los judíos también… (Trotsky) también declara que los líderes bolcheviques están utilizando esa tendencia antisemita para desviar hacia los judíos la insatisfacción de las masas con la burocracia… Hasta el judío más ortodoxo, o el más conservador, dirá: ‘Stalin puede ser un desgraciado pero no permitirá que el antisemitismo se difunda en la Unión Soviética’…” (43).
En otras palabras, Glanz dijo aproximadamente lo mismo, cuando escribió a Max Shachtman, en México: “La entrevista de Trotsky sobre el antisemitismo en Rusia es incomprensible y dolorosa. Debo decir que, particularmente, considero esa acusación desafortunada. Nuestros judíos son muy sensibles a lo que dice respecto al antisemitismo, como creo que es lógico. En el cuadro de la judeofobia mundial, la posición oficial de la URSS que pena al antisemitismo con la muerte, es una excepción única, la única isla habitable, por así decir, que trata el asunto de esa manera. Los judíos de todas las clases y de todos los países aprecian eso tremendamente, y con toda razón. Por lo tanto, a no ser que Trotsky pueda facilitar pruebas, no debería haber hecho la acusación… Mi profunda estima por el grandioso exiliado se mantiene, es claro, inalterable. Transmítale mis saludos y el deseo de que le sea dada la oportunidad de presentar la verdad al mundo” (44).
Para Trotsky, declaraciones como las de Goldberg y Glanz eran típicas de un pensamiento ingenuo y poco dialéctico, acostumbrado a contraponer, en dos campos distintos e impermeables, el antisemitismo fascista alemán a la emancipación de los judíos realizada por la Revolución Rusa. El antisemitismo existía en la Unión Soviética, dice Trotsky, y tenía dos fuentes: la tradicional, que no desaparece en apenas una o dos generaciones, y el nuevo odio a la burocracia transformado, por ignorancia y simplificación de la realidad, en odio a los judíos. A pesar de que los judíos constituían apenas el 4,2% de la población de la Unión Soviética en 1917, llegaban a representar el 10%, 15% y hasta 25% de la población de las grandes ciudades. Los profesionales y funcionarios públicos en general se reclutaban en el medio urbano y no entre los campesinos (en gran medida semi-analfabetos). Los judíos en Rusia poseían desde hacía siglos una tradición urbana y una preocupación por el aprendizaje y la especialización profesional que los ubicaba en condiciones especiales de aptitud para los nuevos puestos de la administración pública.
Como afirmó Trotsky en 1937: “El régimen soviético, en la actualidad, inició una serie de nuevos fenómenos que, por causa de la pobreza y el bajo nivel cultural de la población, fueron capaces de generar nuevamente un clima antisemita. Los judíos forman típicamente una población urbana. Constituyen un porcentaje considerable de la población urbana en Ucrania, en la Rusia Blanca y hasta en la Gran Rusia. El régimen soviético, más que cualquier otro en el mundo, necesita de un gran número de funcionarios públicos. Los funcionarios públicos son reclutados entre la población más culta de las ciudades. Los judíos naturalmente ocuparon una porción desproporcionadamente grande de la burocracia, principalmente en sus niveles medio y bajo (…) El odio de los campesinos y trabajadores por la burocracia es un hecho fundamental en la vida soviética. El despotismo del régimen, la persecución a toda crítica, el atrofiamiento de todo pensamiento vivo, finalmente las farsas judiciales, son apenas el reflejo de este hecho básico. Incluso a través de un pensamiento apriorístico es imposible no concluir de que el odio por la burocracia asumirá una coloración antisemita” (45).
Trotsky escribe, un poco más adelante, en el mismo artículo: “Todo observador honesto y serio, especialmente aquel que vivió algún tiempo entre las masas trabajadoras, es testigo de la existencia del antisemitismo, no del viejo y hereditario, sino del nuevo antisemitismo ‘soviético’…”.
En el cuadro de este nuevo clima antisemita creado en la URSS, por la mezcla de las antiguas creencias antisemitas y las impresiones recientes acerca de que los judíos eran los nuevos explotadores de los trabajadores rusos, es que Stalin hace uso del antisemitismo para sus maniobras políticas, cada vez con más éxito. Para muchos en el mundo entero, el desprecio, para decir lo mínimo, de Stalin por los judíos sólo quedó claro cuando los ministros de Relaciones Exteriores ruso y alemán, Molotov y Von Ribbentrop, estrecharon sus manos con la firma del pacto Hitler-Stalin.
Como recuerda Arkady Vaksberg, “el hecho de que Stalin era un antisemita convencido y hasta fanático, sólo comenzó a discutirse recientemente. Los numerosos libros y artículos dedicados a él en los años veinte, treinta y después, se refieren a sus cualidades varias, los diversos aspectos de su personalidad que de ninguna forma pueden ser consideradas virtudes *su sed por el poder, de venganza, crueldad, traición, rencor, hipocresía, etcétera*. Pero su ‘antipatía’ hacia los judíos, igualmente poderosa, que fue el estímulo para una serie de actos criminales, no fue mencionada hasta bien recientemente. Hasta Trotsky, en su clásico de dos volúmenes, Stalin, silencia al respecto ese importante ‘detalle’…” (46). Hasta hace poco, era común decir que Stalin sólo se volvió antisemita a finales de los años 1940.
Aunque Vaksberg esté en lo cierto al decir que Trotsky no divisaba el antisemitismo personal de Stalin, no se pueden negar los esfuerzos de Trotsky para denunciar y luchar contra la utilización del antisemitismo por Stalin en el partido, desde los altos niveles a la base en las fábricas, como muestra el episodio narrado por el mismo Trotsky: “No sólo en el interior, inclusive en Moscú, en las fábricas, el ataque a la Oposición en 1926 asumía un carácter abiertamente antisemita. Muchos agitadores decían abiertamente: ‘Los judíos ya están conspirando’. Yo recibí centenas de cartas deplorando los métodos antisemitas en la lucha contra la Oposición. En una de las sesiones del Politburó escribí una nota a Bujarín: ‘Ya debe haber oído decir que hasta en Moscú los métodos demagógicos de las Centurias Negras (antisemitismo, etc) están siendo usados contra la Oposición’. Bujarín me respondió evasivamente, en el mismo pedazo de papel: ‘Casos aislados, es claro, ¡son posibles!’. Escribí nuevamente: ‘Lo que tengo en mente no son casos aislados, sino una agitación sistemática entre los secretarios del partido de las grandes industrias de Moscú. ¿Me acompañaría a la fábrica de Skorokhod para investigar un caso de esos? (conozco innumerables ejemplos)’; Bujarín respondió: ‘Bueno, entonces vamos’. Intenté en vano hacerle cumplir su promesa. Stalin se lo prohibió categóricamente” (47).
El episodio ocurrido un año después, en 1927, narrado por Leonard Schapiro, es bastante revelador: “Entre los papeles de Trotsky hay un registro de una reunión realizada en el partido en 1927 para exigir la expulsión de Trotsky, que fue una de las miles organizadas por el Secretariado como parte de la campaña por esa expulsión. La voz principal enfatizaba que la nacionalidad de Trotsky impedía que fuera un comunista ya que ‘mostraba que él debía estar a favor de la especulación’…” (48).
Según el análisis de Trotsky, la política antisemita de Stalin se intensificó juntamente con la profundización de la lucha contra la Oposición, y era ejecutada primordialmente en función de esa lucha. En un primer momento, entre 1923 y 1926 (cuando el judío Zinoviev y el medio judío Kamenev aún apoyaban a Stalin), la utilización del antisemitismo por parte de Stalin fue realizada de forma sutil y encubierta. Constantes referencias, en los diarios y eventos públicos, se hacían contra los “pequeñoburgueses de las ‘pequeñas ciudades’…” que apoyaban a Trotsky —una referencia al Shtetl, típica pequeña ciudad judía de la porción Oeste del antiguo imperio zarista.
La campaña de combate contra la Oposición, en 1926, asumió un tono abiertamente antisemita, y Trotsky escribe que “en los meses de preparación para la expulsión de las oposiciones del partido, las detenciones, los exilios (en el segundo semestre de 1927), la agitación antisemita, asumirán un carácter devastador. El slogan ‘abajo la Oposición’ frecuentemente tomaba la apariencia del viejo slogan ‘abajo los judíos y salve a Rusia’ …” (49).
Según Trotsky, proporcionalmente no había más judíos en la Oposición que en el partido en general o en la burocracia, pero Stalin estaba determinado a descubrir a los que lo eran y hacerlo público. Después que Kamenev y Zinoviev pasaron a la oposición, fueron llamados Rozenfeld y Radomislyski. El hijo menor de Trotsky, que se llamaba Serguei Sedov porque usaba el nombre de la madre, no judía, pasó a ser llamado Bronstein, a pesar de que el nombre “Trotsky” era mucho más conocido que Bronstein y esclarecía mejor la filiación de Serguei, si eso era lo que se buscaba.
Los métodos antisemitas de Stalin eran, según Trotsky, como mínimo repugnantes. El que jamás tuvo en consideración su origen nacional, que en más de una ocasión enfatizó que no pertenecía a nacionalidad alguna, que era sólo socialdemócrata e internacionalista, fue llevado a reconocer que “el antisemitismo había levantado cabeza juntamente con el anti-trotskismo”. Como recuerda Isaac Deutscher, “Trotsky, en su juventud, en los términos más categóricos había repudiado la demanda de ‘autonomía cultural’ para los judíos, que el Bund presentó en 1903. Lo hizo en nombre de la solidaridad del judío y no-judío con el socialismo. Casi un cuarto de siglo después, cuando emprendía la lucha desigual contra Stalin y se dirigia a las células del partido en Moscú para exponer sus puntos de vista, se encontró con alusiones a su judaísmo y hasta con insultos antisemitas abiertos. Las alusiones y los insultos provenían de miembros del partido, que él, junto con Lenin, había guiado durante la revolución y la guerra civil” (50).
Stalin dio la señal de largada para impulsar la campaña antisemita, y los otros miembros del alto comando soviético se embarcaron con mucha facilidad y desenvoltura. Según Glotzer, Bujarín y los miembros del Politburó, Rykov y Tomsky, pueden ser citados entre los que apoyaron a Stalin en todas sus medidas para alcanzar el poder absoluto, inclusive en el antisemitismo (51).
Purgas y antisemitismo
En 1936 comenzaron los “Procesos de Moscú”, juicios farsescos contra la Oposición que Stalin en ese momento quería eliminar. La fabricación de los procesos, con pruebas falsas y la utilización del antisemitismo para dar mayor “legitimidad” a la condena del acusado, llevó a Trotsky a comparar los “Procesos de Moscú” con otros juicios antisemitas ocurridos en la historia: los casos Beillis y Dreyfus.
Los métodos (antisemitismo, acusaciones falsas y sensacionalismo) y los objetivos (desviar la atención de las masas de los verdaderos culpables y los reales problemas del país) eran tan semejantes en los dos casos, que Trotsky afirmó que los casos Beillis y Dreyfus fueron los antecedentes históricos de los “Procesos de Moscú”. Como dice Volkogonov, “los procesos de Moscú no fueron apenas una purga general, fueron realizados para destruir a Trotsky moral, política y psicológicamente; la orden para aniquilarlo físicamente ya había sido dada mucho antes” (52).
El Estado soviético promovía el antisemitismo general del país y perseguía a los judíos (Trotsky y los opositores no eran los únicos judíos perseguidos, ni el antisemitismo stalinista concluyó luego de su eliminación: vease el caso del “Complot de los Médicos” en 1952 y el destino de Leopold Trepper, a manos de la policía rusa después de la Segunda Guerra Mundial, entre otros tantos ejemplos), al mismo tiempo que condenaba a muerte a los antisemitas. Stalin mantuvo la orden de condenar el antisemitismo mientras lanzaba su propia campaña antisemita. Según Vaksberg, no fueron sólo los procesos antisemitas las que crecieron en los años treinta, sino también los propios anti antisemitas (53). El Estado soviético fingía combatir el antisemitismo mientras promovía el antisemitismo.
Los procesos de Moscú consiguieron reunir las dos acusaciones *judaísmo y antisemitismo*… en la misma víctima: “El último proceso de Moscú, por ejemplo, fue escenificado con la intención muy mal encubierta de presentar a internacionalistas como judíos infieles capaces de venderse a la Gestapo alemana. Desde 1925 y principalmente desde 1926, la demagogia antisemita, bien camuflada, inatacable, se da de la mano con juicios simbólicos contra supuestos pogromistas” (54).
En la medida en que el dictador derrotó a Trotsky y sus aliados con métodos antisemitas, es lícito indagar si Trotsky fue derrotado porque era judío, como sostienen Wistrich y Volkogonov. Wistrich afirma inclusive que Winston Churchil no tenía dudas de que el judaísmo de Trotsky fue central para su derrota: “El era además un judío. Nada podía alterar eso”, diría el estadista británico (55).
Dimitri Volkogonov, basándose en un episodio que envolvió al antiguo populista Vasiliev, afirma que “no todo el mundo aceptaba a Trotsky como líder. Entre los bolcheviques estaban aquellos que no perdonaban su pasado no bolchevique, mientras que para la población en general, sus orígenes judíos confundían. La acusación de que Lenin estaba ‘rodeado de judíos’, fue hecha con bastante frecuencia. Entre la correspondencia que Lenin recibió sobre el asunto, estaba el telegrama de un antiguo miembro de la Voluntad del Pueblo [Narodnaya Volia, NdA], un simpatizante bolchevique llamado Makari Vasiliev: ‘Para salvar al bolchevismo, debería separar a una serie de bolcheviques extremamente respetados y populares: el gobierno soviético sería beneficiado con la renuncia inmediata de Zinoviev, Trotsky y Kamenev, cuyas presencias en los puestos más elevados e influyentes, no refleja el principio de autodeterminación nacional’. Vasiliev también exigió el ‘auto-alejamiento de Sverdlov, Ioffe, Steklov, y su reemplazo por personas de origen ruso’…”(56). No es necesario decir que Lenin ignoró al viejo populista Vasiliev.
Está claro que Stalin persiguió a Trotsky por la amenaza que representaba a su poder y no porque era judío. En el período en que Stalin persiguió y expulsó de Rusia a Trotsky y sus aliados, durante las décadas de 1920-1930, difícilmente perseguía judíos sólo por odio racial. No dejaba de ser peligroso contraponerse a los principios establecidos anteriormente por Lenin. O sea que Stalin, en la mayoría de los casos, no perseguía a los judíos porque era antisemita. Pero como en el fondo lo era, no le importaba utilizar y fomentar el antisemitismo de las masas rusas para legitimar la persecución a sus opositores. Pero todo indica que durante la década del ‘40 la poca racionalidad que había en la política antisemita de Stalin desaparece por completo y la persecución a los judíos (por más inexplicable que sea a través del análisis histórico) pasa a ser parte de los devaneos de una mente enferma.
Referencias
27. Idem, pág. 7.
28. A. Glotzer, Op. Cit. pág. 209.
29. Todos los pasajes se encuentran en: A. Glotzer, Op. Cit. pág. 208.
30. Dimitri Volkogonov, Trotsky. The eternal revolutionary. Nueva York, Free Press, 1996, págs. 206-207.
31. Ernest Mandel, Trotsky Como Alternativa. São Paulo, Xamã, 1995, pág. 203.
32. Cf. Meir Talmi, Análisis histórico del problema, en: Nahum Goldman et al. Nacionalidad Oprimida. “La minoria judía en la URSS”. Montevideo, Mordijai Anilevich, 1968, pág. 26.
33. R. Wistrich, Op. Cit. pág. 199.
34. E. Mandel, Op. Cit. pág. 203.
35. Citado por R. Wistrich, Op. Cit. pág. 199.
36. Citado por J. Harari, Op. Cit. pág. 8.
37. Leon Trotsky, “Letter to Klorkeit and to the Jewish workers in France”. On the Jewish Question. Nueva York, Pathfinder, 1994, pág. 15.
38. Leon Trotsky, “Greetings to Unser Kamf”, Idem, pág. 16.
39. Cf. Leon Trotsky, “Letter to Klorkeit and to the Jewish workers in France”, Idem, págs. 14-17.
40. Cf. J. Harari, Op. Cit. pág. 12.
41. Los artículos de Trotsky aqui citados se encuentran publicados en Leon Trotsky, On the Jewish Question. Nueva York, Pathfinder, 1994.
42. A. Glotzer, Op. Cit. pág. 218.
43. Citado por A. Glotzer, Op. Cit. págs. 222-224.
44. Idem.
45. León Trotsky, “Thermidor and anti-Semitism”, On the Jewish Question. Nueva York, Pathfinder, 1994, pág. 23.
46. Arkady Vaksberg, Stalin Against the Jews. Nueva York, Vintage, 1995, págs. 15-16.
47. León Trotsky, Op. Cit.. pág. 26.
48. Citado por A. Glotzer, Op. Cit. pág. 218.
49. León Trotsky, Op. Cit. pág. 26.
50. Isaac Deutscher, Los Judíos no Judíos. Buenos Aires, Kikiyon, 1969, pág. 37.
51. Cf. A. Glotzer, Op. Cit . págs. 217-218.
52. D. Volkogonov, Op. Cit. pág. 381.
53. Cf. A. Vaksberg, Op. Cit . pág. 70.
54. León Trotsky, “Interview with Jewish correspondents in Mexico”. On the Jewish Question. Nueva York, Pathfinder, 1994, pág. 21.
55. Cf. R. Wistrich, Op. Cit . pág. 201.
56. D. Volkogonov, Op. Cit. págs. 92-93

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