sábado, 25 de febrero de 2012

NAPOLEÓN Y LOS JUDÍOS Por Ben Weider




Orgaización del culto israelita
Napoleón fue el primer jefe de Estado de Europa en acordar la libertad del culto para todas las religiones. En esta litografía de la época, se la concede al pueblo judío representado por la mujer que sostiene la ménorah. Estampa de la época.
Por el Doctor Ben Weider
Presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional
Caballero de la Legión de Honor
Miembro del Alto Consejo Honorario del Instituto Napoleónico México-Francia
Caballero de la Orden nacional de Québec
Miembro del Salón de la Fama Canadiense (Canadian Hall of Fame) del Centro Comunitario Judío de Montreal.
Conferencia leída durante el Congreso de la Sociedad Napoleónica Internacional en Alejandría, Italia, del 21 al 26 de junio de 1997.
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©.
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.


EL GRAN SANEDRÍN

“Jamás, desde la toma de Jerusalem por Titus, tantos hombres ilustrados pertenecientes a la religión Moisés pudieron reunirse en un mismo lugar. Dispersos y perseguidos, los judíos fueron sometidos ya sea a impuestos punitivos, ya sea a la abjuración de su fe, o bien a otras obligaciones y concesiones opuestas a sus intereses y a su religión. Las circunstancias presentes son desde todo punto de vista diferentes a las que existieron en cualquier otra época. Los judíos ya no deben abandonar su religión ni aceptar las modificaciones que la profanarían en la letra o en el espíritu.”

“Durante las persecuciones de los judíos y durante las épocas en que debieron esconderse para escapar a dichas persecuciones, diferentes tipos de doctrinas y de costumbres vieron el día. Los rabinos tomaron individualmente la libertad de interpretar los principios de su fe cada vez que se presentaba una necesidad de clarificación. Pero la línea recta de la fe religiosa no puede ser trazada por gente aislada; debe ser establecida por un gran congreso de judíos legal y libremente reunidos y que comprenda miembros de las comunidades españolas y portuguesas, italianas, alemanas y francesas, es decir representantes de los judíos de más de los tres cuartos de Europa”.

23 de agosto de 1806, Napoleón a su ministro del Interior. Tomado de “El espíritu de Napoleón: Una selección de sus escritos y de sus declaraciones” editado por J. Christophe Herold.

“Debían huir para escapar a las piedras”

“Es un hecho extraordinario que los judíos, aunque dispersos en el mundo entero, hayan conservado las mismas costumbres y los mismos rasgos característicos. Antes de la Revolución de 1789, los judíos del condado Venaissin (une enclave del territorio papal, cercano a Aviñón en Francia) vivían en horribles condiciones. Los cristianos de esta región no consideraban que un hijo de Israel era un ser humano similar a ellos. Los judíos debían residir en un barrio que les era asignado y del cual no podían salir más que durante espacios horarios estrictamente impuestos. Si, por mala suerte, se encontraban en una calle en la que pasaba una procesión cristiana (lo que era frecuente), debían huir para escapar a las piedras que les eran lanzadas de todos lados.”

“Siempre tenían que portar un sombrero amarillo: las judías tenían que llevar una mascada del mismo color cruzada sobre su pecho. Malhaya a quienes dejaban su barrio sin esos signos distintivos. Los judíos debían obligatoriamente, inclinándose respetuosamente, saludar a todos los cristianos, incluso los mendigos, quienes les decían entonces “haced una ofrenda”. El judío debía obedecer y dar cinco tostones. Sólo Dios sabe cuantas piezas de de veinticinco centavos un judío estaba obligado a pagar de esta manera cada vez que salía de su casa.”

(Elzear Blaze, « La vida militar bajo Napoleón », traducido por John R. Elting).

Una de las numerosas contribuciones de Napoleón a la mejora de las condiciones de vida de las poblaciones, y tal vez la más importante y la más durable, es el Código Civil. Comprometió su responsabilidad personal en la mayoría de los 2281 artículos que lo componen.

En esa época de la historia, los jefes políticos de la Revolución habían puesto trabas a las prácticas religiosas. Napoleón abrió las iglesias católicas cerradas desde hacía años y acordó la libertad de ce culto a los judíos y a los protestantes. En aplicación de la divisa « Libertad, Igualdad, Fraternidad », dio igualmente derecho de ciudadanía a los francmasones.

En aquel tiempo, los protestantes de Francia eran aproximadamente 680,000, o sea 480,000 calvinistas y 200,000 luteranos. Napoleón decidió que sus pastores recibirían un salario del Estado.


El Código Civil
o Código Napoleón
El Código Civil, también llamado Código Napoleón, promulgado en 1804, contiene 36 Leyes y 2281 artículos. Fue elaborado en cuatro meses de sesiones cotidianas, presididas en su mayoría por el Primer Cónsul en persona. El Código Napoleón sirvió de modelo a todos los juristas del Siglo XIX.



¿QUÉ LLEVÓ A NAPOLEÓN A INTERESARSE EN LOS JUDÍOS?

Napoleón Bonaparte no conoció judíos en su infancia, ni tal vez durante sus años de estudio en Francia. Su primer contacto con una comunidad judía se produjo el 9 de febrero de 1797 durante la Campaña de Italia.

Cuando Napoleón y su ejército entraron a Ancona, la comunidad judía de esa ciudad vivía confinada en un estrecho ghetto cerrado de noche. Le sorprendió constatar que ciertas personas llevaban gorros amarillos y brazales con la estrella de David. Preguntó la razón de ello a uno de sus oficiales. Éste le respondió que eran judíos que debían obligatoriamente regresar a su ghetto antes de la noche. Estaban marcados de esa manera para permitir verificar que no infringieran esta regla. Napoleón ordenó inmediatamente que los gorros y los brazales fueran quitados y los remplazó por la roseta tricolor. Suprimió el ghetto y dio instrucciones para que los judíos pudiesen practicar abiertamente su religión y vivir libremente en donde los desearan. Los judíos de Ancona estuvieron sorprendidos y encantados al constatar que los primeros soldados franceses que entraron en el ghetto eran judíos.

Más tarde, Napoleón liberó igualmente a los judíos de los ghettos de Roma, Venecia, Verona y Padua.

El “Liberador de Italia” abolió las leyes de la inquisición, y los judíos fueron finalmente libres.



¿POR QUÉ HIZO ESO NAPOLEÓN? ¿TENÍA UN MOTIVO?

He aquí otro hecho que merece ser señalado. El 12 de junio de 1798, cuando los franceses se apoderaron de Malta, Napoleón se enteró de que los Caballeros prohibían a los judíos practicar su religión en una sinagoga. Trataban a los prisioneros judíos como esclavos y los utilizaban o los vendían sin piedad. Napoleón dio inmediatamente a los judíos permiso de construir una sinagoga.

PREGUNTO NUEVAMENTE: ¿POR QUÉ NAPOLEÓN TUVO ESE COMPORTAMIENTO?
¿CUÁL PODÍA SER SU MOTIVACIÓN?

Pero he aquí un hecho sorprendente que es poco conocido.

Cuando los franceses asediaban San Juan de Acre, Napoleón había preparado una proclama creando en Palestina un Estado judío independiente.

Pensaba ocupar San Juan de Acre en los días siguientes y dirigirse enseguida a Jerusalem para lanzar ahí su proclama. A causa de los ingleses que acorrieron en ayuda de los turcos, no pudo realizar ese proyecto.

PROCLAMA A LA NACIÓN JUDÍA
Cuartel general Jerusalem,
1ero floreal, año VII de la República Francesa (20 de abril de 1799)
Bonaparte, comandante en jefe de las armadas de la República Francesa
en África y en Asia, a los herederos legítimos de la Palestina:

¡Israelitas, nación única que las conquistas y la tiranía han podido, durante miles de años, privar de su tierra ancestral, pero ni de su nombre, ni de su existencia nacional!

Los observadores atentos e imparciales del destino de las naciones, aún si no tienen los dones proféticos de Israel y de Joel, se dieron cuenta de la justeza de las predicciones de los grandes profetas quienes, la víspera de la destrucción de Sión, predijeron que los hijos del Señor regresarían a su patria con canciones y en la felicidad y que la tristeza y que los suspiros huirían para siempre jamás. (Isaías 35. 10).

¡De pie en la felicidad, los exiliados! Esta guerra sin ejemplo en toda la historia, ha sido emprendida por su propia defensa por una nación cuyas tierras hereditarias eran consideradas por sus enemigos como una presa ofrecida que desmenuzar. Ahora esta nación se venga de dos mil años de ignominia. Aunque la época y las circunstancias parecen poco favorables a la afirmación o hasta a la expresión de vuestras peticiones, esta guerra os ofrece hoy, contrariamente a toda espera, el patrimonio israelí.

La Providencia me ha enviado aquí con un joven ejército, guiado por la justicia y acompañado por la victoria. Mi cuartel general está en Jerusalem y en algunos días estaré en Damas, cuya proximidad ya no es de temer para la ciudad de David. ¡Herederos legítimos de la Palestina!

La Gran Nación que no trafica los hombres y los países según la manera de aquellos quienes han vendido vuestros ancestros a todos los pueblos (Joel 4. 6) no os llama a conquistar vuestro patrimonio. No, os pide tomar solamente lo que ya ha conquistado con su apoyo y su autorización de quedar amos de esta tierra y de conservarla a pesar de todos los adversarios.

¡Levantaos! Mostrad que todo el poder de vuestros opresores no ha podido aniquilar el valor de los descendientes de esos héroes que habrían hecho honor a Esparta y a Roma (Macabeo 12. 15). Mostrad que dos mil años de esclavitud no han sido suficientes para ahogar ese valor.

¡Apresuraos! Es el momento que tal vez no volverá de aquí a mil años, de reclamar la restauración de vuestros derechos civiles, de vuestro lugar entre los pueblos del mundo. Tenéis el derecho a una existencia política en tanto que nación entre las demás naciones. Tenéis el derecho de adorar libremente al Señor según vuestra religión. (Joel 4. 20).


Sin el fracaso frente a Acre, Napoleón, por medio de esta proclama impresa y fechada el 20 de abril de 1799, habría creado el Estado de Israel. Los judíos no hubieran debido esperar 150 años antes de volver a tener un estado independiente.

Esta proclama, sin embargo, produjo frutos. Dio nacimiento al sionismo al reforzar la idea de que era justo que los judíos recobraran una patria. Las ideas expresadas por Napoleón exaltaron el entusiasmo de todos aquellos que vieron en ellas la realización de la profecía bíblica según la cual los judíos recobrarían un día la posesión de la tierra de sus ancestros; muy especialmente en Inglaterra. Ciento dieciocho años más tarde, en 1917, el Conde de Balfour, que era el jefe del partido conservador, declaró que Inglaterra debía ayudar al pueblo judío a recuperar su patria en Palestina, pero no fue sino 31 años más tarde, en 1948, cuando el Estado de Israel será reconocido por un voto de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La declaración de Napoleón, ese primer día de Pascua de 1799, tendrá pues un papel importante en la creación del Estado de Israel.

En el Moniteur Universel de París, con fecha del 22 de mayo de 1799, hallamos: « Bonaparte ha publicado una proclama por medio de la cual invita a todos los judíos de Asia y de África a juntarse bajo su lábaro con miras a restablecer la antigua Jerusalem. Ya armó a un gran número, y sus batallones amenazan Alep. »

El 16 de agosto de 1800, Napoleón declaró: “Si yo gobernara una nación judía, restablecería el templo de Salomón.”



¿POR QUÉ HIZO NAPOLEÓN ESO?

Encontramos la respuesta a esta pregunta en el diario del doctor Barry O’Meara, el médico personal del Emperador en Santa Elena.

El 10 de noviembre de 1816, O’Meara había preguntado a Napoleón por qué había dado a los judíos tantos ánimos: El Emperador respondió, y lo cito: «Quería libertar a los judíos para hacer de ellos ciudadanos enteramente. Debían beneficiarse de las mismas ventajas que los católicos y los protestantes. Insistía en que fuesen tratados como hermanos puesto que somos todos herederos del judaísmo. Por lo demás, pensaba atraer a Francia un refuerzo precioso. Los judíos son numerosos y hubieran venido a instalarse en masa en un país que les acordaba más privilegios que cualquier otra parte. Sin los eventos de 1814, muchos judíos de toda Europa hubiesen ido a establecerse en Francia, en donde libertad, igualdad y fraternidad les eran aseguradas, y donde la puerta de los honores les estaba abierta. Así hubieran participado a la grandeza nacional».

A lo largo de su reinado, Napoleón sintió una gran simpatía por los judíos. Siempre hizo lo que le era posible para que éstos gozaran de los mismos derechos que los católicos y los protestantes.

La Revolución de 1789 había aligerado en Francia las medidas de ostracismo impuestas a los judíos. El 27 de noviembre de 1791, un decreto de la Asamblea Constituyente les había acordado la ciudadanía plenamente. De hecho, se trataba en este caso de una simple profesión de fe, sin dimensión práctica. En efecto, la Asamblea Legislativa no tomó ninguna medida de aplicación. En cuanto a la Convención, cerró las sinagogas, prohibió hablar hebreo y de una manera general le hizo la vida difícil a los judíos.

Durante el Directorio, las sinagogas fueron devueltas al culto y algunos judíos aislados pudieron dedicarse a los negocios o a una carrera política.

No obstante, la masa permaneció desaprobada o apenas tolerada. Cuando el poder es confiado a Napoleón en Francia, la condición de los judíos es pues precaria e inestable. Se halla sometida, según las regiones, al arbitrario de las costumbres locales, ora liberales, ora tiránicas. Las creencias personales de Napoleón en materia de religión nunca fueron demasiado marcadas. En cambio, tenía un espíritu de tolerancia fuera de comparación. Por doquier donde extendió su poder, estableció la libertad de cultos. Decía “La fe no es del dominio de la ley. Es un bien personal del hombre y nadie tiene derecho de pedirle que rinda cuentas sobre el tema”.

Él quería que los judíos tuvieran su Jerusalem en Francia

Metternich-Winneburg, quien era Cónsul de Austria en París, escribía en una carta dirigida en septiembre de 1806 al Conde Standion, Ministro de asuntos exteriores de Austria: « Todos los judíos ven en Napoleón a su Mesías. »

Napoleón fue el primer jefe de estado en acordar la igualdad a los judíos, en una época en que los demás los mantenían en la servidumbre. También suprimió los impuestos especiales impuestos a los judíos en Alemania y les dio, por vez primera, la igualdad cívica y política. Cuando una fuerte oposición se manifestó en Francia, Napoleón mantuvo firmemente su apoyo a los judíos.

Cuando Napoleón llegó al poder, no había más de 40,000 Judíos en toda Francia y estaban dispersos en diversas provincias. Era en Alsacia, en donde vivía la mitad de la población judía de Francia, donde las persecuciones eran más severas. En París, había aproximadamente 1,000 judíos. Les estaba prohibido dedicarse a los negocios, ocupar puestos oficiales y comprar propiedades.

Durante la elaboración de la ley del 8 de abril de 1802 sobre la organización de los cultos, el Consejero de Estado Jean-Etienne Portalis, principal autor del proyecto, declaró: “Los judíos gozarán, como los demás, de la libertad dictada por nuestras leyes.”

Aún cuando la oposición antisemita fue muy fuerte, Isaac Cerf-Beer, un ciudadano judío de los más eminentes, presentó a Portalis, recientemente nombrado ministro de los cultos, un notable plan de integración de los judíos en la nación. Este plan fue transmitido a Napoleón en el campo de Boloña en agosto de 1805. Lo aprobó y ordenó a Portalis ponerlo en práctica tan pronto como fuera posible.

En lo que concierne a los judíos, no cabe ninguna duda que las leyes de Napoleón constituyen el viraje decisivo que les permitió acceder a la libre sociedad tal como existe hoy en día.

Cerf-Beer jugó un papel importante en la abolición del gravamen impuesto a cada judío que pasaba un día en Estrasburgo. En la primavera de 1806, después de la campaña de Austerlitz, Napoleón intervendrá personalmente con el mayor vigor para que los judíos gocen realmente de una total libertad. Sin embargo, el «Mercure de France» publicó un artículo violentamente antisemita, en el cual se decía que para pretender a la libertad en Francia, los judíos deberían obligatoriamente convertirse al catolicismo. Una fuerte oposición dirigida por Molé, Beugnot, Ségur y Régnier trató de hacer abortar los planes de Napoleón a favor de los judíos.


Wieland y el Emperador Napoleón
Cristóbal Martín Wieland (1733-1813) era un poeta y filósofo judío de lo más respetado en Europa. Durante una estancia en Alemania, Napoleón insistió en conocerle.
Para dar fin a las arremetidas antisemitas retomadas por múltiples diarios, Napoleón declaró, lo cito: “No es de esta forma como se arreglará la cuestión judía. No se me podría proponer nada peor que expulsar de mis estados a un gran número de individuos que en ellos son hombres como los demás. Habría debilidad expulsando a los judíos, habrá fuerza asimilándolos.”

El 30 de mayo de 1806, un decreto prescribe la reunión en París de una asamblea compuesta por judíos de los más distinguidos y rabinos de todas las regiones de Francia con miras a estudiar y a establecer las formas propias para conferir a los israelitas la calidad política y civil de los franceses.

El sábado 26 de julio de 1806, ciento once representantes de la comunidad judía de los distritos de Francia y de Italia del norte se reúnen en la Capilla San Juan, una dependencia del ayuntamiento de París. Habían recibido una declaración del Emperador: « Mi deseo es hacer de los judíos de Francia ciudadanos útiles, conciliar sus creencias con su deber de franceses y alejar los reproches que pudieron hacérseles. Quiero que todos los hombres que viven en Francia sean iguales y gocen del conjunto de nuestras leyes. »


David Sintzheim (1745-1812)
Presidente del Gran Sanedrín, nombrado gran rabino del Consistorio central de los israelitas en el año 1808.
Desde la primera sesión, el banquero bordalés Abraham Furtado es elegido presidente. En su discurso inaugural hace, en términos vibrantes, elogio de Napoleón: “Aquel que quiso poner un fin a una sangrienta anarquía y a persecuciones seculares”.

La Asamblea va a estudiar diversas cuestiones en el transcurso de las sesiones llevadas a cabo en agosto y en septiembre. Si la mayoría no representan dificultades y suscitan respuestas francas, algunas, sin embargo, como los matrimonios mixtos y la definición de la usura dan lugar a debates confusos.

Es entonces cuando germina en el espíritu de Napoleón la idea de reunir al Gran Sanedrín a partir del año siguiente. De emanación esencialmente religiosa, el Gran Sanedrín es el consejo supremo de la nación judía. Esta asamblea había gobernado Israel de 170 antes de J.C. a 70 después de J.C.

El primero en levantarse contra este proyecto es Alejandro, el zar de Rusia. Se pronuncia violentamente contra la libertad acordada a los judíos y pide a la Iglesia Ortodoxa protestar con la mayor energía. Designa a Napoleón como « Anticristo y el enemigo de Dios ».

Un ataque ponzoñoso viene del Santo Sínodo de Moscú que proclama: « Con el fin de destruir las bases de las iglesias del Cristianismo el Emperador de los franceses ha invitado a su capital a todas las sinagogas judaicas y tiene el proyecto de fundar un nuevo Sanedrín hebreo, que es el mismo tribunal que osó antaño condenar a la cruz al Señor Jesús ».

En la católica Austria, la irritación es grande.

En Prusia, la iglesia luterana se muestra muy hostil y las reacciones en Italia, aunque menos virulentas, son sin embargo desfavorables. La reacción de Londres es también formal: « Rechazamos la política y la doctrina de semejante Asamblea. »

Napoleón no toma en cuenta esas protestas, aunque sean apoyadas, en la misma Francia, por personalidades muy influyentes.

Poco después de la victoria de Jena, dirige de Posen, el 29 de noviembre de 1806, una nota de ocho páginas en la que ya entrevé el estatuto que se le acordará a los judíos.

El Gran Sanedrín se reúne solemnemente el 9 de febrero de 1807 para llevar a cabo una sesión de un mes. El ceremonial es calcado de que se usaba en el Estado hebreo, hace dos mil años. La Capilla San Juan es dotada esta vez de una vasta mesa en semicírculo alrededor de la cual toman lugar los setenta y uno, como en el Templo de Jerusalem.

Comentando las disposiciones tomadas en el transcurso del Gran Sanedrín, el viejo rabino Sinzheim diría durante su alocución de clausura: “... y a tí, Napoleón, a tí, el bien amado, a tí, el ídolo de la Francia y de la Italia, a tí, el terror de los soberbios, el consolador del género humano, el apoyo de los afligidos, el padre de todos los pueblos, el elegido del Señor, Israel te eleva un templo en su corazón; todos sus pensamientos se dirigen sin cesar hacia todo lo que puede colmar tu felicidad. Dispón, sí, dispón completamente de la vida y de los sentimientos de aquellos a quienes acabas de poner en el rango de tus hijos, haciéndolos participar en todas las prerrogativas de tus más fieles súbditos.”


El Gran Sanedrín, que se reunió del 9 de febrero al 9 de marzo de 1807
El Gran Sanedrín era la más alta Asamblea de la nación judía. No había celebrado sesión desde hacía 18 siglos. Napoleón tuvo la idea de reunir a los principales notables judíos de toda Europa, con el fin de permitirles exponer los problemas que les concernían. Convocado por decreto del 23 de agosto de 1806, el Gran Sanedrín se reunió del 9 de febrero al 9 de marzo de 1807. Al final de la primera reunión, Napoleón fue proclamado el « Ciro » de los tiempos modernos (aquel rey de Persia, Cyrus el Grande, a quien se le debió la primera restauración de Israel). Fue calurosamente glorificado por todos los representantes unánimes.

El decreto de 1806 había liberado a los judíos de su aislamiento. El Gran Sanedrín de 1807, haciendo del judaísmo un tercer culto oficial, los ligaba estrechamente a su patria nueva. Las resoluciones del Sanedrín de 1807 conforman así una suerte de concordato que sigue siendo, aún hoy, la base orgánica del judaísmo francés.

Sin embargo, la oposición no se dio por vencida. El Cardenal Fesch, tío de Napoleón, le dijo “¿Sabéis que las Santas Escrituras predicen que el fin del mundo llegará cuando los judíos sean reconocidos como pertenecientes a una nación constituida?”.

El Mariscal Kellerman, apoyado por Molé, moviliza la oposición antisemita, lo que le cuesta ser objeto de las amonestaciones del Emperador: « Hay que impedirse reprochar al conjunto de los judíos lo que no es el hecho más que de una minoría de ellos. »

Chateaubriand declara: «... medidas impuestas que, de efecto en efecto, harán caer las finanzas del mundo en los quioscos de los judíos, y acarrearán por doquier una subversión total. »

A causa de toda esta oposición y tal vez sobretodo a razón de su luna de miel con el zar Alejandro, después de Tilsitt, Napoleón acepta firmar, el 17 de marzo de 1808, un decreto restrictivo que limitaba las libertades acordadas a los judíos.

El 11 abril 1808, Napoleón recibía al Sr. Furtado y a Maurice Levy de Nancy, quienes querían expresar la emoción de sus correligionarios acerca del decreto restrictivo. Después de haberlos escuchado, el Emperador dio inmediatamente la orden de anular este decreto en 13 distritos del sur, del suroeste y de las Vosges. En junio, fueron Livorno y los bajos Pirineos los que gozaron de esta medida.

Así, al cabo de tres meses, más de la mitad de los distritos restablecieron la libertad total para todos sus ciudadanos judíos.

En 1811, las últimas restricciones fueron levantadas en Alsacia. A partir de esta fecha nada en las actividades civiles o políticas en Francia distinguió a los judíos de los no judíos.

Una anécdota muestra hasta qué punto Napoleón era sensible a la causa judía. Una vez mientras condecoraba a un joven soldado, David Bloom, éste le dijo: “Majestad, yo soy de alsaciano y no puedo aceptar una condecoración mientras mis parientes no sean completamente libres.” El Emperador decidió entonces abolir las últimas restricciones.

Los judíos pudieron seguir los cursos de las Universidades y escoger su profesión en todas las ramas de la sociedad.

El Almanaque Imperial de 1811 menciona que la religión judía es una de las tres religiones oficiales de Francia. Las decisiones de Napoleón para libertar a los judíos se extendieron a todos los países bajo su autoridad. El Código Civil aseguró la libertad, igualdad, fraternidad para todos, cualesquiera que fuesen su religión o rango social.

En 1811, gracias a Napoleón, Portugal acordó a los judíos la total libertad y les permitió abrir sus sinagogas que estaban cerradas desde hacía más de 200 años.

En Alemania, en los Países Bajos y en Italia los judíos conocieron, por primera vez, la sensación de entrar en la vida moderna con la posibilidad de participar como hombres libres en la sociedad.

En las partes de España que no estaban bajo la autoridad de Francia, la inquisición proseguía sus torturas y sus perjuicios.

Después de Waterloo, la Santa Alianza reunida en Viena suprimió en toda Europa las leyes liberales de Napoleón. El retroceso más grave se produjo en los Estados del Papa. Era como si Pío VII hubiese querido vengarse sobre la población judía de las humillaciones que había sufrido en tiempos de Napoleón. Hizo restablecer los ghettos e impuso de nuevo la estrella amarilla.

En Francia y en Holanda, no fue hasta 1830 cuando los judíos recobraron la total libertad. Luego fue el caso en Suecia en 1834 y en Suiza en 1838. Es notable que en Inglaterra los judíos no fueron libertados hasta 1858. Lord Lionel Rothchild tuvo que ser elegido cinco veces antes de tener el derecho de tener un escaño en el Parlamento.

Es un hecho histórico que el final del reino de Napoleón conllevó un retroceso de la emancipación y hundió a los judíos en la desesperación. Hay que notar igualmente que las leyes de 1808 restablecidas en 1830, están todavía en vigor en Francia.

El encuentro del pueblo judío y de Napoleón marca un hito en la historia del judaísmo. En efecto, el Emperador es el primer jefe de Estado de los tiempos modernos en haberse interesado con lucidez y benevolencia en los problemas del pueblo judío y en haberle brindado soluciones satisfactorias y conformes a la ética universal de los derechos del hombre.

Napoleón hizo más que los demás jefes de Estado antes que él, para garantizar la seguridad y la libertad religiosa de los judíos en todas las naciones que controlaba. No tenía sin embargo sino bien pocas ventajas políticas que esperar de sus decisiones generosas, pues no había más de 40,000 judíos en esa época en Francia.

Los judíos de Francia y del Imperio reconocieron que sus beneficios eran la marca de un gran corazón y de su respeto por todas las etnias y religiones. Le estaban tan agradecidos, que compusieron la plegaria siguiente en su honor. Esta plegaria estaba comprendida en todos los misales de todas las sinagogas del Imperio. Como consecuencia, todos los fieles conocían esta plegaria que recitaban frecuentemente.

Plegaria de los hijos de Israel
Ciudadanos de Francia y de Italia
por el éxito y la prosperidad de nuestro Señor
el Emperador, el Rey Napoleón el Grande
(Que su gloria centellee)

Compuesta en el mes de Mar-Hechran, año 5567 (1807)
Salmos 20, 21, 27, 147

Imploro al Eterno, creador del cielo, de la tierra y de todo lo que en ellos vive. Tu as establecido todas las fronteras del mundo y fijado a cada pueblo su lenguaje. Tú has dado a los reyes el cetro del poder para que gobiernen con equidad, justicia y rectitud a fin de que cada uno, en su lugar, pueda vivir en paz.

Qué bienaventurados somos, cuan agradable es nuestra suerte desde que colocaste a Napoleón el Grande en los tronos de Francia y de Italia. Ningún otro hombre es tan digno de reinar, ni merece tantos honores y gratitud; él dirige a los pueblos con una autoridad benefactora y toda la bondad de su corazón.

Cuando los reyes de la tierra le han librado batalla, tú, Dios, le has prodigado tus beneficios, lo has protegido, le has permitido someter a sus enemigos. Le han pedido misericordia y él, en su generosidad, se las ha acordado.

Ahora, nuevamente, los reyes se han ligado para traicionar los tratados y remplazar la paz por la sangre de la guerra. Ejércitos se han juntado para combatir al Emperador; he aquí a los enemigos que avanzan y que nuestro amo con su poderosa armada se prepara a rechazar la agresión.

¡Oh Dios! Amo de la grandeza, de la fuerza, del poder y de la belleza, te imploramos mantenerte cerca de él. Ayúdale, sostenle, protégele y sálvale de todo mal. Dile « Yo soy tu salvador » y dale tu luz y tu verdad para guiarle.

Por piedad, desbarata los complots de todos sus enemigos. Que en las decisiones del Emperador aparezca tu esplendor. Refuerza y consolida sus legiones y a sus aliados, que todos sus movimientos estén marcados de inteligencia y de éxito.

Dale la victoria y obliga a sus enemigos a inclinarse ante él y a pedirle la paz. Esta paz, él se las concederá pues no desea sino la paz entre todas las naciones.

Dios de clemencia, Amo de la paz, implanta en el corazón de los reyes de la tierra sentimientos pacíficos para el mayor bien de toda la humanidad. No permitas a la espada venir donde nosotros a derramar la sangre de nuestros hermanos. Haz que todas las naciones vivan en la paz y la prosperidad eterna.

Amén.

BIBLIOGRAFÍA

1. Anchel, Napoléon et les Juifs, 1928
2. C. Roth, The Jews of Malta in: Transactions of the Jewish Historical Society of England, XII (1931).
3. The Jewish Press Magazine, abril de 1998, página 69.
4. The Memoirs of Dr. Barry O'Meara.
5. The New Judea, vol. 16, September 1949.
6. Simon Schwarz Fuchs, Napoleon, the Jews and the Sanhedrin.
7. Proctor Jones, The Memoirs of Baron Fain, First Secretary of the Emperor Cabinet, first edition, 1998.
8. Frans Kobler, Napoleon and the Jews (1975).
9. A.S. Yahuda, Conception d’un état juif par Napoléon, Evidences publication, 1951, nº 19, Mayo-Junio.

Ver también en este sitio:

- Napoleón, libertador castigado de los judíos, por el general Michel Franceschi.
- Cántico dirigido a Napoleón el Grande, por Moisés Milliaud.
- Napoleón, ¿un fundador del sionismo?, por Isis Wirth Armenteros..
- La interrogación napoleónica, por Douglas Lancelot Reed.
- Napoleón y los judíos, por isis Wirth Armenteros.



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